“Algunos hipster fueron a salvar gatitos y perros mientras Valparaíso ardía y miles de sus compatriotas luchaban por sus vidas.#verguenzaajena”

Este es el tweet que hizo arder las redes. El absurdo a veces avanza sin reparos. Conocer lo ocurrido con Rafael Gumucio y las reacciones a sus opiniones en tuíter acerca de los llamados “animalistas” parece una expresión de aquello. Si el pecado, mortal por lo que se ve, de Rafael es pedir que se privilegie al ser humano, hay muchos más pecadores de lo que probablemente imaginamos.

¿Por qué no podría causar sorpresa que se estime que es más importante la vida de un animal que la de una persona?

¿Por qué podría una opinión en este sentido generar tanto odio y reproches? ¿Por qué es políticamente incorrecto? ¿Por qué desde la imposición más extrema de sus creencias y desde la violencia, no existe otra opción razonable? De verdad cuesta entenderlo.

¿Merecen respeto quienes sienten afecto tan profundo por los animales? Seguro. Y ello no está ni ha estado en cuestión. ¿Pero por qué no podría existir desacuerdo con la idea de que esa preocupación sea más intensa que la que se siente por los humanos? ¿O por qué tolerar que la forma de expresar la discordancia con una opinión como la de Gumucio sea desde la violencia y la odiosidad? Parecen pretender los furiosos animalistas extremos que su posición es la única aceptable y que todo lo demás es locura, insania y exceso. Qué paradoja del exceso.

Son los fanatismos irracionales los que desconciertan. ¿Alguien podrá pensar que a Gumucio le es indiferente el dolor de un animal? ¿Por qué, de su reclamo, debe entenderse que está a favor de la tortura contra los animales? Es un tema de prioridades. Amar a las personas, esperar que se les privilegie no tiene nada de contradictorio con estar en contra de la tortura animal o con propiciar su maltrato o alegrarse de aquel. Qué absurda conclusión.

La odiosidad con la que lo han atacado, y junto a él a todos quienes creen que, sin descuido por los animales, resulta más urgente y relevante la vida y la integridad de las personas, es ilógica.

Cuando se construye una relación con una mascota, con la que se convive, con la que se comparten las horas de los días, cuando muchas veces pasa a ser parte integrante de las familias, existe un lazo de amor y afecto individualizado, de alguna manera personalizado que nada tiene que ver con la sorpresa del columnista. Es la generalización, muchas veces despreciando la preocupación por las personas, la que asombra.

Y si el factor que haría indiscutible privilegiar este cuidado es la indefensión de los animales, habría que acentuar el hecho de que muchas, muchísimas veces son las personas quienes están en mucha más débil situación.

Niños, ancianos, mujeres, inmigrantes, en la pobreza, en el abandono, en la violencia son seres que en la fragilidad de sus existencias viven en permanente riesgo de abusos y excesos. ¿Cómo no entregarles nuestro cuidado y atención prioritaria? O ¿por qué pretender que su vulnerabilidad es menor a la de un animal? El desamparo de muchas personas es evidente y puede ser más urgente que ninguna otra preferencia.

Si un pacifista como Gandhi dijo que “Un país, una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales”, ¿cómo podríamos entender que olvidaba considerar la forma en que las personas trataban a sus semejantes?

*Abogada y ex Defensora Nacional