Presencié una marcha de la CUT en Valpo que no era tan pequeña y patética, como suelen ser dichos eventos políticos, quizás porque algo del post incendio la invadía. Yo había ido de compras y andaba con paquetes y debía volver a mi casa a cocinar a mis hijas que estaban de visita, de lo contrario me hubiera sumado, más que nada para echar el pelo.

Me hubiera ido acompañando con mi alumno trosko que portaba una bandera del PTR (Partido de los Trabajadores Revolucionarios). Lo que hacía un poco insoportable la marcha es que vi banderas de la DC y del PS, y eso es impresentable. Dirigía la marcha la compañera Mabel Zúñiga, una jacobina de vozarrón potente que con un megáfono matizaba los contenidos fundamentales del momento exigicional: AFP, código laboral, reconstrucción, etc. Esta compañera es todo un patrimonio del mujerismo hegemónico y siempre habla como si estuviera dirigiendo un tribunal popular. El problema de estas comadres que son todo un fenómeno en mi Chile patuleco y mamón que con la Camila Vallejos tienen la vara alta por varias razones levemente misteriosas que no vamos a tratar aquí. A todo esto vi a la Camila en el contexto de un seminario organizado por ella misma sobre la reconstrucción en el parlamento y me pareció súper asertiva y propositiva, nada de incendiaria, muy en su pega.

En ese seminario y en otras instancias dialógicas locales siempre se me hace evidente una crisis del lenguaje y la conchadesumadre (técnicamente hablando). Es decir, los cara de chilenos no hablan sino que son hablados por una lengua madre que ya los tienen hablados, por eso su escena lingüística no dice nada semánticamente válido, no puede ser que la huérfana izquierda chilena hable en consignas o en frases hechas, carentes de contenido y dictadas por un canon inverosímil, mientras el sentido común de derecha impone sus términos ideológicos y sus parámetros de consumo, porque las peticiones de justicia de nuestro sector casi siempre tienen que ver con la adquisición de modelos ya instalados, como el de llegar a la universidad, como si eso fuera un gran logro existencial, cuando es sólo una meta aspiracional clasemedianística, y este es sólo un ejemplo entre muchos.

Y cuando los boludos hablan en las asambleas dicen puras huevadas, y lo digo con conocimiento de causa. Por lo general los saco de huevas que toman la palabra en las asambleas le tributan al sentido común isquierdistucho, carente del análisis necesario de una puesta en discurso. Repiten esos mantras o ideologemas del sentido común de izquierda que parte con la palabra compañero y enumera un par de deberes, y el resto es mandar al paredón al enemigo. No se diseñan políticas ni se innova a nivel de propuesta o de modelos resistenciales. No puede ser que el huevonaje esté siempre al aguaite de algún episodio social para ser capitalizado como situación prerrevolucionaria, a lo Salazar, y de ahí imponer arrogantemente el modelo conductor a unas masas inorgánicas. Ese paradigma leninomaquiavelista del siglo pasado tiene que variar, el intelectual orgásmico (u orgánico) o el militante referente y conductor, siempre fue un hijo de puta aprovechador y abusador que usando el modelo sacerdotal o santón se aprovechó de la feligresía, como el comandante que terminó violándose a su hijastra.

Si somos tributarios del marxismo tratemos de leer de modo razonable o con cierto nivel de verosimilitud. Yo no soy ducho en el tema, pero ser marxista no es un tema, necesariamente, de capacidad intelectual, es más que nada una actitud cultural que yo la relaciono metafóricamente con la escuela de la sospecha, que es una noción o concepto acuñado por el hermeneuta Paul Ricoeur y que aludía, creo, a un modo de leer signos y figuras de los discursos que operan en el campo discursivo, teniendo como hitos analíticos a Freud, Nietszche y el propio Marx. La acción política posterior depende de otro sistema de toma de decisiones operacionales, pero que en este caso, en lo personal, debe tener que ver con el funcionamiento óptimo de una república democrático parlamentaria y enfrentar los desafíos de una habitabilidad urbana problemática.

Parte de esta reflexión posible la hago al calor del paulatino apagamiento del entusiasmo ayudista del incendio de Valparaíso y acordándome de una conversación que escuché en un bus en que viajaban unos chicos ayudistas revolucionarios de una universidad santiaguina, que parecían más bien activistas, y que discutían, al menos dos de ellos, lo que significaba ser marxista. Me entretuvo mucho su conversación.

Nota: Agradezco a la muni de La Serena que después de tres meses me haya depositado la deuda. Ya lograremos, con la desmunicipalización de la educación y la cultura, que a los proveedores se nos pague una vez hecho el servicio.