El Rey ha muerto, perdón, el Rey ha abdicado, que no es lo mismo pero es igual porque su figura se seguirá viendo en los salones iluminados por lámparas de finos cristales, bebiendo Dom Pérignon y vinos franceses a costa de los ciudadanos europeos, como diríamos en Chile, pagados por Moya.

España se queda sin su monarca, el elegido por el dictador Francisco Franco para que conservara la España conservadora y anticomunista, y que a la primera de cambio le dio la espalda y abrió las puertas a la democracia. Democracia, por supuesto, sin justicia, sin castigo a los genocidas de la guerra civil, ni a los generales que se levantaron contra el gobierno constituido. Una democracia a la chilena, perdón, a la española, que es casi lo mismo.

Al comienzo don Juan Carlos estuvo a la altura como caudillo militar y político. No es posible olvidar aquella noche del 23 de febrero de 1981 cuando el Rey apareció en la televisión mundial, para denunciar al coronel Antonio Tejero de la Guardia Civil, que se había tomado el Palacio de la Cortes, y dar un golpe de Estado. Esa noche don Juan Carlos exigió la obediencia de todas las fuerzas armadas de España. En ese instante se le vio de uniforme de militar y portando las 5 estrellas que lo mostraban como el jefe de las Fuerzas Armadas españolas. Ese discurso logró la obediencia de los militares y conservar la democracia, y catapultó su fama que le acompañó más de 30 años. Esta democracia fue, tal como la nuestra, en la medida de lo posible, ya que los vencidos de la guerra civil nunca tuvieron la justicia necesaria.

Más de 30 años pasaron. Mucha agua corrió por el Tajo, el Guadalquivir, el Ebro y otros ríos desde aquella noche. España tuvo años de prosperidad, de olvido y de complacencia con el poder político. Los socialistas del PSOE y los derechistas del PP hicieron de ese país una especie de espejismo desarrollado, cautelado desde el Olimpo por el Rey y sus familiares. Fue por algunos años el paraíso. Pero todo lo que sube tiene que bajar, y bajó.

Bastó la crisis económico que empobreció a más de media España, y la imagen del Rey acompañado de una exótica mujer y el cadáver de un elefante, más los líos financieros del marido de su hija, los que dieron por el traste a la Monarquía. La monarquía borbónica anacrónica para un mundo donde todos, al menos en el papel, somos iguales, aunque, como dice un amigo, algunos son más iguales que otros.

España, seguramente, va hacia la división en feudos como lo fue antes, o a una República como también lo fue. La monarquía parece tener los días contados. Las familias “designadas” por dios para dirigir a los hombres y mujeres tienden a desaparecer. Que España sea la primera y las otras le sigan, será ese un gran paso en la historia de la humanidad. ¡Que así sea!

*Cristián Pérez
Historiador Universidad Diego Portales