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A las 6.30 de la mañana del lunes 13 de abril de 1931 en varios municipios de España se izó la bandera republicana (roja, amarilla y morada) en señal de victoria frente a la Monarquía. Hasta hoy muchos ayuntamientos reclaman el honor de haber sido el primero en hacerlo, sin que se sepa a ciencia cierta cuál de ellos fue.

El día anterior, domingo 12 de abril de 1931, se realizaron las elecciones municipales en todo el país. Debido a la aguda lucha política y a los problemas estructurales de una potencia en franca decadencia, estas fueron consideradas como un plebiscito acerca de si España debía seguir siendo una Monarquía representada por el rey Alfonso XIII como jefe de Estado o debía instaurarse la segunda república. La primera había tenido una efímera vida entre febrero de 1873 y diciembre de 1874.

El martes 14 de abril, al conocerse los resultados nacionales, que fueron concluyentes a favor de los republicanos; a los sones del himno del general liberal Rafael del Riego, y dando vítores a la República, una multitud nunca antes vista inundo el centro de Madrid, las grandes ciudades y también pequeños pueblos, como acertadamente lo refleja Fernando Trueba en su película Bélle Epoque.

La tarde del 14 de abril, por una puerta trasera, acompañado de una pequeña escolta, el Rey Alfonso XIII, se dirigió a Cartagena donde abordó el crucero Príncipe Alfonso con destino a Marsella, y luego a París. Abandonaba para siempre España. Ya no volvería a su patria hasta que el dictador Francisco Franco repatrió su cuerpo en 1980. Lo que no hizo ni se ha hecho aún con el más importante presidente republicano, Manuel Azaña, que falleció en Francia en 1940, y cuyos restos siguen en tierras foráneas. Es una más de las deudas de la “democracia” española. Poco después que el Rey abandonó el palacio, en andas del pueblo madrileño, ingresó el nuevo gobierno republicano, encabezado por Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña y otros.

Treinta y tres años antes, en 1898, cuando el joven Rey Alfonso XIII apenas comenzaba su mandato, España perdía las colonias de Puerto Rico y Cuba, comenzando una época de inestabilidad económica, y problemas sociales cada vez más apremiantes. Poco años más adelante, en 1906 cuando el soberano volvía de su boda, sufrió un atentado realizado por un grupo de anarquistas, que fallaron en el intento de asesinarlo, pero acabaron con la vida de numerosos escoltas. Era la señal de que España entraba en un ciclo de violencia política que no terminaría sino muchas décadas más tarde.

Esto estaba ligado con el deseo del Estado español y la necesidad económica de mantener posiciones militares fuera de sus fronteras naturales, que le dieran un lugar en la disputa por el mundo entre las grandes potencias. Estas luchas ocasionaban enormes gastos y cada cierto tiempo desastres militares de envergadura, que contribuían al alejamiento del pueblo de las posiciones realistas.

En ese marco, y buscando una salida por la fuerza, el 13 de septiembre de 1923, el general Primo de Rivera dio un golpe de Estado que fue avalado por el monarca, iniciándose de ese modo una dictadura, que suprimió las garantías individuales, y permitió terminar ciertos conflictos externos que tenía España, logrando conservar algunas posiciones .

Siete años de dictadura militar convencieron al Rey para que en 1930 despidiera a Primo de Rivera, quien murió al poco tiempo, y comenzara un periodo que la historia recoge como “dictablanda”, para diferenciarla de la anterior. Ingresaron civiles a los ministerios y se abrieron garantías para manifestarse y para el funcionamiento de las organizaciones políticas.
Ese mismo año un levantamiento militar en la base aérea de Cuatro Vientos de Madrid, encabezado por oficiales de alta graduación a favor de la República, terminó con el fusilamiento de los alzados, quienes fueron considerados héroes republicanos, cuyo sacrificio ayudó a la unidad de los partidos antimonárquicos.

En ese escenario se llega a las elecciones municipales del domingo 12 de abril de 1931, constituidas, como ya dijimos, en un plebiscito sobre la permanencia del Rey como jefe de Estado. Los resultados en una época sin computadoras y en donde los sectores rurales carecían de radios, se conocieron en toda España el martes 14. El Rey había perdido. Pocas horas después en un electrizante discurso Niceto Alcalá Zamora, asumía la jefatura del Estado.

La Segunda República quedaba consagrada por la voluntad de los españoles, y la bandera roja, amarilla y morada ondeaba en todo el país. Era la fiesta, la fiesta de la democracia.
Cinco años después un golpe militar intento acabar con la República, y al no conseguirlo se inició una guerra civil que duro tres años, y causo millones de víctimas. Los responsables de ese alzamiento nunca fueron juzgados.

Desde 1931 y hasta 1975 España no tuvo rey que ejerciera labores como jefe de Estado, hasta que Juan Carlos de Borbón, el recientemente abdicado, juro en nombre de los santos evangelios, fidelidad a la Constitución de Francisco Franco.

Cristián Pérez
Historiador CIP.
Facultad de Comunicaciones y Letras
Universidad Diego Portales (UDP)