Le incomoda dar entrevistas y no lo disimula. “Lo que importa son las fotos. ¿Qué importo yo? No sé qué contarte”. Marcelo Montecino (71) pertenece al grupo de fotógrafos chilenos que retrató los tiempos duros y que recién hace pocos años comenzaron a transar su hermetismo. Prefiere que las fotos hablen solas, quizás porque dan cuenta de escenas sobre las que no viene al caso agregar demasiado.

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Adicto a la cámara por amor al arte, un día a Montecino la realidad lo superó, le cambió el rumbo. “Fue exactamente el día del Golpe, después de ver el bombardeo a La Moneda desde el Mapocho. Sentí que eso era importante y si yo era fotógrafo, tenía que fotografiarlo. Fue un imperativo”. Sus fotos de esos días, y de otros períodos de la dictadura, son conocidas y fueron objeto de recientes exposiciones. Pero tras dejar el país y radicarse en Washington, Montecino siguió olfateando la pólvora política, como si buscara un desquite. Eso lo llevó a las revueltas guerrilleras que sacudieron Centroamérica entre fines de los 70 y comienzos de los 80, hechos que cubrió in situ para Newsweek, Washington Post e incluso Playboy. Una cuidada selección de ese registro, y de sus viajes “más tranquilos” por otros países de Latinoamérica, puede verse por primera vez en “Las Calles de las Penas”, su nueva exposición en el Museo de la Memoria.

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Fotógrafo-Marcelo-Montecino-ndígenas-desplazados,-Guatemala

Esta vez no hay fotos de Chile y eso para Montecino tiene un sabor particular. “Es muy importante para cualquier fotógrafo ir a lugares donde todo para ti es nuevo, ves todo fresco. Para mí Centroamérica era un misterio. Lo primero que me impresionó fue ver esa pobreza extrema, tropical, bastante más dura que la pobreza urbana que yo conocí en Chile. En el campo, literalmente no tenían nada. Y ver la explotación en las plantaciones bananeras también era muy fuerte”.

 

Viajó por primera vez a Centroamérica con una misión humanitaria, en 1975. Estuvo allí un mes. “Después, cuando aumentó el calor político, empecé a ir por mi cuenta, del año 78 en adelante. Fue la época más álgida, había insurrecciones en casi todos los países”. El Salvador y Nicaragua fueron sus destinos más frecuentes y donde el fuego cruzado era más intenso. A medida que conocía gente, Montecino podía convivir con quienes combatían y acercarse cada vez más a la acción. En Nicaragua, país que lo embrujó, la Revolución sandinista fue casi una guerra convencional, con millares de combatientes dotados incluso de armamento pesado y, para sorpresa del fotógrafo, muchas mujeres armadas y de uniforme. Con los sandinistas forjó una relación estrecha, y estuvo cuando las tropas entraron a Managua el 19 de julio de 1979. Lo vivió ese día como un ajuste de cuentas: “Cuando triunfó la Revolución en Nicaragua yo sentí una gran alegría de desquitarme con Chile. Finalmente nos habían dejado ganar en alguna parte”.

Fotógrafo-Marcelo-Montecino-Prisioneros-pol_ticos-en-Managua,-Nicaragua

Fotógrafo-Marcelo-Montecino-Quito,-Ecuador,-1982
Consultado por la primera foto de “Las Ciudad de las Penas” que se le viene a la cabeza, Montecino recuerda una de aquel 19 de julio. “Tiene una belleza contradictoria, porque es una cabra sandinista medio aristócrata, muy bien vestida de rojo y negro, con una bala en la mano y rodeada por tres guerrilleros, al frente de un tanque. Habían entrado las tropas a Managua y la gente salió a recibirlas. Yo les pedí que posaran ahí, cosa que nunca hago, yo no armo fotos” (ver galería).

Cinco años después, en Guatemala, sacó otra de sus favoritas. “Son unas mujeres indígenas sentadas en un promontorio, bellísimas, pero están ahí desplazadas. El gobierno sacaba a la población de las aldeas y la movía a los ‘polos de desarrollo’, que eran campamentos vigilados, cercados con alambre de púa. Y las cabras están ahí muy bien armaditas y sonriéndome. Está esa contradicción vital”.

Belleza en la amistad

Mostrar la realidad más dura y rescatar su belleza más impensable parece haber sido la apuesta de un fotógrafo que trabajó en torno a los DDHH, pero no quiere limitarse a dar cuenta de la violencia política. La pobreza y el desamparo –palabras pesadas que sus fotos saben cargar–, así como los movimientos sociales, también tienen un espacio en estas 51 imágenes que caminan desde México a Bolivia. ¿Cabe la alegría en “Las Calles de las Penas”? “Claro que sí. En la belleza del entorno, en la amistad de la gente. Es gente muy acogedora, siempre sentí una solidaridad muy grande”.

Esa solidaridad en condiciones adversas, quizás el leit motiv de su cámara, Montecino la conoció de cerca conviviendo con exiliados latinos en Washington. Pero esa experiencia también lo enfrentó al lado brutal. Fue muy cercano a Orlando Letelier hasta su muerte, y aún más a Rodrigo Rojas De Negri, fotógrafo quemado en Santiago en 1986 y que en EEUU, siendo un adolescente, pasaba jornadas enteras en su casa, trabajando en el laboratorio. Ya en los días posteriores al Golpe, Montecino había perdido a su hermano, asesinado en octubre por los militares. Sorprende, entonces, que insistiera en perseguir los frentes de batalla y las calles de las penas, pero él nunca se sintió estoico ni temerario. Una y otra vez, lo define como un impulso natural. “Era joven, uno busca salir de la casa y hacer cosas más importantes que fotografiar la Municipalidad. Lo que pasaba en Centroamérica era importante, por eso iba”.

 

Fotógrafo-Marcelo-Montecino-Ninos-en-las-calles-de-Bogotá,-Colombia

¿Sin miedo?
Cuando me iba de la casa sentía una gran aprensión, me costaba dormir, pero apenas aterrizaba el avión en Managua o en San Salvador, se me quitaba. Y tampoco soy fotógrafo de guerra, casi siempre llegaba cuando todavía salía humito. Tiroteos escuché miles de veces, pero nunca nadie me disparó, salvo una vez que los cabros estaban jugando con la metralleta en la pieza de al lado y se les fueron dos tiros. Las balas entraron por la muralla y me pasaron por encima de la cabeza, pero fue el susto nomás. Cuando estás en terreno, pones la cámara entremedio y el miedo se va. Cualquier fotógrafo lo sabe.

Las Calles de las Penas. / Museo de la Memoria (Matucana 501, Santiago). / Martes a domingo de 10:00 a 18:00 horas, hasta el 12 de octubre. / Entrada liberada.