La-Fama

Puedo ir del cerro Bellavista al San Juan de Dios utilizando las escaleras precisas. Hago el trayecto cuando voy a ver a mi tía Gracia. Ella cocina y hace pan, tomo el mate con ella y me traigo unos panes para mi casa. A veces cuando voy más temprano me convida algo de lo que cocinó para el almuerzo. Siempre hace comidas raras o que uno no está acostumbrado a consumir.

Sabores distintos, fuera de lo común. Yo sólo sé que ella vende comida, pero no tiene un restorán. Lo que sí está claro para mí es que cocina mucho mejor que mi mamá. Mi madre me recomienda que no me vaya ni me vuelva por la escalera que llaman La Fama, que es la que comienza en la esquina en donde está la botillería que lleva el mismo nombre, que es el nombre que le puso la gente o los clientes de la botillería que son los que más la usan para consumir lo que compraron.

Mi tía es joven y llena de vida, el lugar más importante de su casa es la cocina, ella siempre está ahí, amasando para hacer pan o atenta a alguna cocción de tiempo largo, como es la de la jibia o la de los locos. En su cocina conviven los productos del mar, las carnes rojas y blancas, y las legumbres, en un equilibrio fascinante. Un rasgo que la hace definitivamente diferente es que cocina el mote y la carne de equino, recuperando, según la he escuchado decir, modos antiguos de las viejas cocineras del puerto. Se podría decir que es exponente de la cocina patrimonial, al menos eso he escuchado decir a la gente de nuestro entorno, incluida mi madre, por supuesto.

Me gusta el modo como usa los cuchillos, sobre todo cuando corta el ajo y la cebolla, con esos cortes rapiditos que a mí me dan miedo por la posibilidad de cortarse un dedo. Su delantal negro con bordes blancos como que le contornea su cuerpo y la hace verse más esbelta. Siempre con el pelo tomado y con un pañuelo rojo que se lo cubre, y su piel bien morena, como suelen ser las más oriundas del puerto.

Sólo los días de lluvia mi madre me permite transitar por la Fama, porque esos días de mal tiempo los malditos que afean el paisaje no están o se han refugiado en sus madrigueras. Eso dice mi mamá que los odia y los desprecia y que añora el tiempo de mi general, en donde no había la permisividad abusiva que hay ahora. Le temen a la lluvia, los muy cerdos, porque los despierta y los enfrenta a su podredumbre. Pero mi mamá se equivoca, porque igual esas entidades miserables van igual a beber y a hacer cochinadas, solo baja la cantidad, como en todas partes cuando llueve. Si hasta desaparecen los taxistas que es cuando más se los necesita. Distintos son los fines de semana y los veranos en que prácticamente no se puede transitar por esa ruta.

Mi madre me manda, generalmente, con un abriguito color concho de vino, de esos que llaman Montgomery, que me regaló antes de que comenzara el invierno. En la mochila me echa un mate y una bolsa de nueces del nogal del patio, que es todo un orgullo familiar. También le llevo una mermelada de mosqueta que hace ella misma con la rosa mosqueta que nos mandó a recolectar en los cerros en marzo.

La prohibición de mi madre de no transitar por la Fama me complica, porque por ahí acorto camino. Esa noche en que me decidí a subir por ahí habíamos tomado una buena once con la tía Gracia, con harto pancito amasado y ese tecito que le queda tan rico, además del mate que siempre está corriendo. Esa tarde estábamos solos y cuando me da por mirarla amasando y cocinando entre ollones y sartenes, su cuerpo bamboleante y agitado, es toda una oferta que a mí me hace saltar el corazón. Por atrás o por delante su cuerpo se expone vitalmente y exhibe trozos de sí misma que me complican la existencia. En ese contexto tuve una erección que me fue difícil de disimular.

Ella siempre sonriendo me convenció de que me fuera temprano, quizás percibiendo mi calentura. Yo ya le había preguntado si ella era tía biológica o política, y eso la había incomodado. Igual cuando me despedí, porque yo soy un chico obediente, ella me abrazó cariñosamente y me besó en la mejilla y creo que sintió la dureza de mi pene que trataba de asomarse por la pretina de un jeans bien acinturado; a pesar de esa situación incómoda nunca dejó de sonreír.
Me fui por la Fama con plena conciencia que estaba cometiendo una falta, yo diría que iba levemente iracundo, pero seguro de mí mismo. En el primer descanso de la escalera, que no tiene menos de 80 metros había un trío de flaites que me pidieron unas monedas para comprar más chelas, seguí de largo con desprecio, a pesar de que obstaculizaban el paso, lo que implicó algún leve roce de hombros con ellos. Sólo escuché algún improperio. Seguí la escalada con rapidez y atento a los consejos de seguridad de mi madre y no miré hacia atrás con ánimo de desafío. En el otro descanso había unos estudiantes que bebían cerveza y tenían una discusión medio académica. En un giro que hace la escalera en donde hay un mirador, había varias comunidades tribales, entre las que logré destacar a unos panquetas rascas y unos jipones rancios, reconocí a uno que estaba en mi liceo y que era un maldito insoportable que ya en ese entonces pintaba como carretero sórdido. El olor a pito se advertía en un amplio radio.

Trato de no mirar a nadie. Más arriba, en el último descanso, uno que da al pasillo que conduce al paisaje Chopin, aparece una chica panqueta que estaba meando en un rincón y me pide plata. Su cara bien blanca parece iluminarse con su pelo teñido de rojo. Decido darle quinientos pesos para estimular su ambición, que es una estrategia que siempre utilizo con aquellas personas con las que quiero establecer contacto. Se puso contenta porque dijo que le alcanzaba para una de litro con lo que tenía en los bolsillos. Me ofrezco para acompañarla a comprar cerveza siempre y cuando me convide unos sorbos, pero le propongo no ir a la Fama, sino a una botillería de más arriba.

Me habla cosas incoherentes, pero me sigue, me pregunta si tengo cigarros, le digo que no fumo, pero que le puedo comprar. Me dice que parezco cuico y sonríe como si lo que me dijera fuera un chiste. Le pregunto si tiene frío porque está helado y ella sólo viste con una polera de manga corta y una chaquetita de cuero sin mangas. Exhibe mucho las tetas con un gran escote. Le ofrezco mi bufanda. Se da cuenta que le miro las tetas y me pregunta si ando caliente. Le respondo que sí y le cuento resumidamente lo de mi tía política, también aprovecho de comentarle que mi mamá me quiere pronto en la casa. Me propone chupármelo por otra chela. Le hago una contrapropuesta más radical, pensando que en la botillería venden condones. Apago el celular para evitar el llamado de mi madre que percibo inminente, a pesar de que me tiene prohibido que lo apague.

Cuando estábamos conversando y tratando de llegar a algún acuerdo, tomando cerveza en el pasillo antes mencionado, ella reacciona en relación a su propia conducta y me dice que no quiere parecer puta, y que sólo me va a hacer una paja y que si yo quiero compro más chela. Estábamos en esas tratativas cuando aparecieron los pacos y tuvimos que arrancar por el pasillo hacia el pasaje Strauss. Siempre que llega la autoridad a interrumpir algo es un como un coito interrupto, le digo, sin que ella entienda. El semen que derramé en su mano ella lo limpió en el Montgomery que me regalara mi madre, lo que me fastidió un poco. Pensé que una mancha de esas puede ser más inculpadora que una de sangre, incluso yo diría que las manchas de semen han reemplazado a las otras en el archivo de imágenes literario policiales.

Cuando estuvimos a salvo cruzando a una escalera del otro cerro le ofrecí uno de esos dispositivos gel sin enjuague y un paquetito de pañuelos desechables para que se limpiara, elementos que siempre mi mamá me guarda en los bolsillos. Luego de eso me confidenció que cuando tomaba chelas le daban muchas ganas de orinar y se bajó los pantalones casi ahí mismo, al borde de una reja de un edificio de departamentos que bordea la escalera, yo aproveché de hacer lo mismo porque la cerveza me produce los mismos efectos. Nos miramos con la felicidad de compartir algo muy personal.

Podríamos aprovechar de echar a pelear los meones, me dijo riéndose a carcajadas, haciendo referencia metafórica al coito, me imagino. En ese momento mi conciencia culpable impidió la erección inmediata, que hubiera sido lo lógico.

Mi pobre madre, a todo esto, estaría desesperada esperando mi llegada, probablemente ya se habría comunicado con mi tía Gracia. Y ella se sentiría culpable de cocinar delante de mí y entendería la razón de mi desvío de ruta. Y mientras intentábamos, afirmados de la reja que daba al edificio, consumar el acuerdo urinario, utilizando la modalidad llamada paraguaya, con leves variantes por la disparidad del terreno, aproveché de preguntarle si le gustaba la cocina patrimonial.