La-encomienda

Buscando acabar con los abusos de la primera Conquista, la monarquía española estableció en América el sistema de la encomienda. Los indios pasaban de ser esclavos en manos de los conquistadores a ser menores de edad por los que velaba un encomendero, que hacía de apoderado del encomendado. El sistema apenas encubría la esclavitud con un velo de evangelización.

Al mezclarle la sangre de los encomenderos con sus encomendados, la fuerza de la institución se fue debilitando. Cuando a mediados del siglo XVIII, los vascos y catalanes llegaron a América, el mosaico de esclavos negros, indios rebeldes, indios encomendados, mulatos e hijos naturales hizo imposible la aplicación de la medida real. Los nuevos dueños de las viejas haciendas abolieron la encomienda y decidieron evitar como la peste mezclarse con sus encomendados. La idea de una casta que casa a sus hijos entre ellos, o que los casa con algún extranjero libre de mestizaje, nace más que de un orgullo de raza, del horror ante la fragmentación de las tierras y los bienes en que terminó la primera aventura colonial.

Así, la segunda oleada de conquistadores abolió legalmente la encomienda para empezar a vivirla en la práctica. En el fundo, en la casa o en la fábrica, los mestizos fueron tratados como lo que antes habían sido por ley: menores de edad necesitados de padres que decidan por ellos. El padre podía ser abusivo o bondadoso, podía intentar educar a sus niños o violar su inocencia, podía tratar de evangelizarlo, como la vieja ley quería, o podía ir a jugar con los niños. Hiciera lo que hiciera, era siempre el padre.

Así la encomienda dejó de ser una institución para convertirse en una intuición que, quien más, quien menos, todos compartimos en Chile. “El Roto”, “Hijo de Ladrón”, “Este Domingo”, “El orden de las familias”, “Lumpérica”, “El Palacio de la Risa”, en novelas; “El Chacal de Nahueltoro”, “Machuca” y “La Nana” en películas, cualquier visita al arte en Chile deja en claro que nos guste o no, todos somos parte de la encomienda. Acabar con ese mundo es acabar con algo íntimo y profundo, como ver morir a un pariente abusivo e inútil, pero nuestro. Los gráficos de la OCDE poco o nada pueden dar cuenta de esa herencia íntima que flota en nuestra sangre. Somos, para bien o para mal, una gran familia que abriga y ahoga, que castra, pero también protege a los que son parte de ella. Con razón o sin ella, los conservadores de todos los bandos ven con desconfianza el fin de ese precario equilibrio en que vivimos.

Todos los intentos de repartir entre más la riqueza en Chile han chocado contra ese instinto primario que nos enseña, desde niños, que para que no nos castiguen no debemos nacer del todo, permanecer en eterno estado fetal a la espera que otros decidan por nosotros. O’Higgins terminó exiliado. Los partidarios del sentido común, los Gutemberg Martínez, los Escalona, los Brunner de entonces, dieron con todo tipo de incoherencias y abusos en su forma de gobernar.

Sin embargo, lo único realmente imperdonable fue el decreto que abolió los títulos nobiliarios y los escudos de armas sobre las puertas de las casas. A O’Higgins, eso le costó morir en el exilio. Un destino parecido le esperaba a Balmaceda, quien decidió suicidarse para hacer olvidar los infinitos errores de su gobierno. Infinitos errores que eran uno y el mismo: llenar su gabinete de “siúticos”. Alessandri cuarenta años después, a pesar de las amenazas, no se mató sino que se exilió. En su segundo gobierno aprendió la lección y se convirtió en el guardián del orden, que nadie más que él había puesto en cuestión.

La forma de gobernar de todos ellos fue imprudente, y en todos esos gobiernos hubo quienes lamentaron la falta de acuerdos. Lo mismo se le reprocharía a Frei Montalva, quien tendría luego la impertinencia de reprochárselo a Allende, que seguiría el camino de Balmaceda: suicidarse para que el fin de su gobierno no le salga gratis a los dueños del sentido común nacional. Ni Pinochet ni Aylwin ni Frei Ruiz Tagle ni Lagos ni la Bachelet del primer gobierno, ni mucho menos Piñera, pusieron en cuestión ese sentido común. Cometieron errores, pero se les perdonó todo porque, a grandes rasgos, ninguno de ellos rompió con el orden de la encomienda. La desigualdad, después de un largo régimen de prosperidad y calma, apenas se movió de su lugar. Más aún, lograron adaptar a ella una economía abierta con una nueva clase media que nada tenía que deberle al latifundio de ayer. La adaptación del orden antiguo a un mundo distinto es, más allá de los deseos y nostalgias, el gran legado de la Concertación.

Quienes la defienden, defienden eso también, un país que hizo de la desigualdad un motor de su desarrollo. El copago es el símbolo de esa traducción, hasta cierto punto genial, en que la nueva clase media no encontró otra manera de reconocer un lugar en nuestra cultura, que reproducir barreras y diferencias para no perderse en la inmensidad del nuevo espacio adquirido.

La tradición y la historia en un país que cree no tenerlas, son más fuertes que en ninguna parte. El Chile de hoy no se parece al de Allende, al de Alessandri, Balmaceda u O´Higgins. Eso explica la mayoría que ha alcanzado la presidenta Bachelet en todas las cámaras, incluidas las de televisión.

A Carlos Larraín o Karadima, el mundo lleno de pantallas, donde todo está siempre en cuestión, les ha costado el honor y el poder. Otros más sutiles quieren creer que la historia les ha reservado el lugar de profesor que anota lo mal que hacen todos los niños. Muchas veces tienen razón, las reformas llegan improvisadas, equivocadas, falta coordinación, mensajes que vocear, discursos creíbles. Críticas puntuales que disimulan mal que lo que se critica es lo otro, el intento de romper con una sociedad de cercos y límites donde unos pocos, que cambian de nombre y de apellidos, pero nunca de lugar, poseen una cantidad abochornante de dinero, poder, espacio y tiempo.

Ante esa realidad, que nadie se atrevió en cuarenta años a cuestionar siquiera, ¿no es legitimo otorgarle a este gobierno que las cuestiona el derecho a equivocarse, tropezar, calcular mal o perderse incluso? Las privatizaciones y concesiones, los cheques en blanco al sistema bancario y los grandes conglomerados de la prensa, ¿no fueron también conseguidos con tropiezos, errores y fracasos? ¿Por qué esa impaciencia cuando se hace lo que se promete? Una impaciencia que contrasta con la paciencia que nos pedían los autocomplacientes de ayer para admirar la perfecta sincronía de sus políticas sociales con las obligaciones de las páginas sociales. ¿Por qué es legitimo experimentar, como llevamos haciéndolo, con los pobres y las políticas focalizadas, y debería salir todo impecable a la primera cuando se trata de la clase media?

Cambiar la cultura de la sumisión, de la diferencia, de la desconfianza, pero también del regaloneo y el olvido, no se hace sin error, sin apuro. El acuerdo es por cierto deseable, pero de alguna forma también imposible. Sin que las reformas aún hayan salido a la luz del día, la oposición a ellas ha sacado de a poco todos los fantasmas: el desgobierno, la inexperiencia, el resentimiento, la sorna y la sordera. Quedan pocas ilusiones de que una vez en régimen, las reformas que buscan cambiar algo tan íntimo y tan antiguo como la encomienda, no obliguen a todos y a cada uno a pronunciarse, y posicionarse. Desde esta página aprovecho, antes que el ruido ahogue todo, en adherir a la urgencia de conseguir de una vez por todas un país de adultos en que nadie es dueño de nadie, un país de hombres y mujeres que se equivocan y aciertan, un país donde todos pueden jugar todos los juegos que quieran, pero donde a todos a la hora de los quiubos nos toca ser ciudadanos.