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“La palabra anarquista, anarquistoide, se te ocurre de inmediato cuando hablas de Nicanor Parra”, dice Jorge Edwards, recordando cuando a sus 20 años, en el departamento de Parra en la calle Mac Iver, fue testigo de la confección del Quebrantahuesos, el mítico diario/collage que mezclaba titulares de prensa para reducir el lenguaje informativo al absurdo. “El espíritu era quebrarle los huesos a todo: a lo que tuviera una estructura ósea, le caían los palos del Quebrantahuesos. Los más activos junto a Nicanor eran Jodorowsky y Enrique Lihn”.

Aquello ocurría el año 1952, y aunque muchos coinciden en que “anarquista” es la mejor definición para el Parra de esa época, nadie distingue ahí una postura ideológica. Se trataba más bien de un “un escepticismo histriónico, mezcla de Chaplin y Buster Keaton”, agrega el poeta Manuel Silva Acevedo y señala: “Nicanor es demasiado inteligente para cuadrarse con una ideología”. Décadas después, el aludido escribía en Hojas de Parra:

yo soy más dadaísta que anarquista
más anarquista que social-demócrata
más social-demócrata que estalinista

creo más en el verbo que en la acción
pero no se me juzgue por lo que digo
sino por lo que dejo de decir

Para el crítico Ignacio Echevarría, es importante distinguir que Parra no rivaliza con las ideologías, sino con los discursos: “La idea es poner en cuestión todo discurso con pretensiones de dar cuenta de una realidad que entretanto se manifiesta, como el individuo mismo, profundamente fragmentada”. Niall Binns, otro crítico especialista en Parra, sugiere que la suya podría ser “una ideología fluctuante y de raíces anarquistas, una ideología básicamente en contra, de la demolición”. La pregunta, entonces, es por qué Nicanor Parra necesita demoler. Y con qué pretende quedarse a cambio.

CONTRA LOS VICIOS DEL MUNDO MODERNO

“Estamos presos del lenguaje”. Esa sería, para Carlos Peña, la convicción más profunda de Parra y que le impide sostener una ideología: “Él percibe que el lenguaje no es en realidad un medio de comunicación, sino un depósito de preconcepciones, de prejuicios, y ese depósito es el que tiene la última palabra, no nosotros. Entonces nos llena de falsas promesas porque nos permite hacer preguntas, pero no responderlas”. Y creernos capaces de responder esas preguntas –convertir tincadas en teorías, dudas en certezas–, es lo que nos habría metido de cabeza en el más artificial de los mundos.

En el poema “Los vicios del mundo moderno”, Parra muestra cómo el “saber” occidental acumulado por siglos nos ha rodeado de máquinas y monstruos, abstracciones físicas y mentales sin cable a tierra. Apunta Edwards: “En Nicanor hay una crítica del teléfono, de la comunicación, del ruido, de la acumulación. Es una crítica de las deformaciones tecnológicas de la modernidad pero dando una nota desde acá, desde la periferia”. Por ejemplo:

Los vicios del mundo moderno:
El automóvil y el cine sonoro,
Las discriminaciones raciales,
El exterminio de los pieles rojas,
Los trucos de la alta banca,
La catástrofe de los ancianos,
El comercio clandestino de blancas realizado por sodomitas internacionales,
El auto-bombo y la gula
[…]
El culto de lo exótico,
Los accidentes aeronáuticos,
Las incineraciones, las purgas en masa, la retención de los pasaportes,
Todo esto porque sí,
Porque produce vértigo,
La interpretación de los sueños
Y la difusión de la radiomanía.

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Como hacía notar Enrique Lihn, aquí Parra moraliza confundido, llevando al absurdo su postura crítica porque él es otra víctima del problema y no el héroe que trae la solución. Esta es, por así decirlo, la esencia política de la antipoesía: su quiebre con el modelo del poeta que confía en el poder de su palabra para redimir al mundo. Del poema “Test”:

Qué es un antipoeta:
un comerciante en urnas y ataúdes?
un sacerdote que no cree en nada?
un general que duda de sí mismo?
[…]
un alquimista de los tiempos modernos?
un revolucionario de bolsillo?
un pequeño burgués?
un charlatán?

Leonidas Morales, autor de un reconocido libro de conversaciones con Parra, recuerda que “en Chile existía una gran poesía con un factor utópico: el mañana del hombre y la sociedad. Lo ‘anti’ de la antipoesía es anti eso: no deja espacio a que un sujeto emerja como vocero del destino de la humanidad. Porque Parra, muy intuitivo, fue dándose cuenta de que en Europa, después de la II Guerra Mundial, las ideas empezaban a girar hacia lo que después Fukuyama llamará ‘el fin de la historia’, el fin de las utopías”.

Este será su eterna disputa con Pablo Neruda, quien cuatro años antes, en la dirección contraria, había publicado el Canto general. Si Neruda es el profeta convencido que se apoya en el pueblo y en su ideología ilustrada, Parra es el crítico escéptico buscando refugio en las zonas opuestas: el individuo y la cultura popular.