La Segunda 01

El repudio al titular de La Segunda llegó ayer incluso desde el gobierno. Particularmente de parte de Paula Walker, directora de la Secretaría de Comunicaciones que lo calificaba de “irresponsable y y sensacionalista”. La Segunda pasaba de ser cómplice de un Estado de tiranía en dictadura a un Estado policial de terror en democracia. Además del titular “El retorno del miedo”, el vespertino de El Mercurio S.A. incluía análisis sociológicos y psicológicos del tipo “el atentado iguala la pauta que se viene observando en el resto del mundo: atacar medios masivos de transportes”, “se crea la sensación de que el próximo ataque será igual o peor”, y “queda la sensación de que todos pueden ser potenciales víctimas”. Incluso se dedicaron la sección de economía a expertos que dicen que el bombazo del lunes y los anteriores en realidad no cambian mucho la visión internacional porque eso se construye a largo plazo. De todas forman lo titularon como “Seguidilla de bombazos amenazarían imagen del país en el extranjero”. También una entrevista a Gonzalo Yuseff, ex director de la ANI, se titulaba con la cuña “la psicología de estas personas es como la de un yihadista”.

La edición del martes 9 de septiembre abría con la columna de María José O’Shea titulada “Un pasajero llamado miedo”. En ella, la periodista llega al Metro Escuela Militar y al Subcentro con miedo. Confiesa que le “dio mucho susto salir a la calle” y cae redondo en el juego político cuando se da cuenta que el Metro está lleno de Carabineros: “Claro que sí. Este miedo -que anda siempre al filo de la irracionalidad- se combate con un shock de protección, con entregar ese control a un otro más capaz para resolverlo”.

En 1976 en una conferencia en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Brasil, Foucault contesta una pregunta sobre la productividad que pretende lograr el poder en las prisiones. En parte de su respuesta dice: “cuanto más delincuentes existan más crímenes existirán, cuanto más crímenes haya más miedo tendrá la población y cuanto más miedo haya en la población más aceptable y deseable se vuelve el sistema de control policial”.

Desde ahí, yo entiendo el miedo que transmite en toda su columna María José y que se extiende por La Segunda. Fíjate, María José, que yo he sentido ese miedo paralizante. Hace poco viví seis meses en el Washington D.C. post Torres Gemelas, post Irak y post Afganistán. El día que aterricé hubo un tiroteo. En ese mismo mes, una mujer intentó entrar con su auto a la Casa Blanca y la policía la mató. También un hombre se quemó a lo bonzo frente al monumento a Washington (el obelisco), sin mayor cobertura mediática. Mi mayor miedo no era que me llegara un balazo en esos disparos desquiciados ni que el auto en fuga me atropellara. El horror me comía entera al imaginar ser detenida por un policía. En mi cabeza fantasiosa yo no le entendía alguna instrucción, él confundía un movimiento cualquiera con una amenaza y ahí quedaba yo: una sucada acribillada en la capital de la “libertad”. No mucho antes un niño hispano de 13 años había muerto a manos de la policía por caminar con un arma de juguete y una mujer embarazada había sido baleada al rascarse la espalda en un control de detención. En ese tiempo, y aunque el nivel de poder de la policía gringa es algo común, Ferguson estaba recién gestándose.

En su columna, a María José le pareció “chorito” que Rafael Gumucio dijera que no va a salir con miedo a la calle, porque después del bombazo, María José conoció “un miedo distinto. Un miedo que sólo había sentido un par de veces en algún viaje por alguna ciudad desconocida. Sí había tenido miedo a los ladrones, o a que me asaltaran. A personas. Nunca miedo a la ciudad. A mi ciudad”.

A mí también me da miedo la ciudad. Me da miedo que me den ganas de cagar y no tener un baño cerca, me da miedo que fiscalicen en la micro justo cuando me subí sin pagar, me da miedo que me pare un paco cuando acabo de comprar marihuana, me da miedo que un auto se pase la roja y me atropelle. A veces, también me da miedo que alguien se tome muy en serio al Jocker de Heath Leadger y quiera ver al mundo arder o que el holocausto zombie por fin llegue a Santiago. Pero hay miedos y miedos; y son muy pocos aquellos por los que vale la pena jugarse un titular y una columna llenos de pánico en un diario.

Yo no me atrevería a comparar, por ejemplo, mis miedos con el terror real. Con el que María José dice que “por un asunto generacional, no conozco la vida en una ciudad con miedo”. No hay que haber nacido en dictadura para conocer el terrorismo de Estado. Nada nos ha impedido nunca, a los nacidos en democracia, tomar un libro o ver un documental. Es más, para quienes elegimos la carrera del periodismo es casi imposible no haber conocido jamás a una víctima de tortura o a un hijo de un asesinado o desaparecido. El año pasado no más se lanzó el libro “Los crímenes que estremecieron a Chile”, de Javier Rebolledo, Nancy Guzmán, Pedro Vega y el Gato Escalante, colega torturado en La Esmeralda, en la Academia de Guerra, y en el Campo de Concentración Isla Riesco.

A lo que me refiero, es que temerle a tu ciudad, temerle de verdad, es no dormir tranquilo porque en medio de la noche puedan llegar agentes del Estado para llevarte con rumbo desconocido, sabiendo que fácilmente pueden hacerte desaparecer del mundo sin que tu familia llegue jamás a conocer la verdad de tu destino. Y no sé tú, María José, pero yo el lunes dormí de lo más bien.

El tema no es bajarle el perfil al atentado. La discusión no es si fue un hecho grave o no. Por supuesto que lo fue y por supuesto que hay gente con miedo. La pregunta es si La Segunda está reflejando ese temor ciudadano o si lo está elevando a niveles cinematográficos.

Una amiga española me pregunta por facebook si estamos todos bien. “Mucho ánimo”, me dice. “Entiendo lo que significa, porque nosotros también tuvimos un atentado terrible que nos marcó muchísimo”. Ella habla del 11 de marzo de 2004. De 192 muertos, de yihadistas y Al Qaeda. El titular de La Segunda parece mucho más apropiado para un hecho como ese, que para lo que nos tocó vivir a los chilenos el lunes.

Después de más de diez párrafos hablando del temor, de sangre, del “rictus preocupado” de los transeúntes, la columna de María José termina diciendo que no hay que dejar que el miedo nos venza, aunque no hay que olvidar que la ciudad ya no es la misma. Eso no es novedad. Lo que importa, es dónde te enmarcas en ese panorama nuevo: te paras, como Gumucio, desde la lucha contra el miedo; o te cuadras con ese terror infundado. El mismo que hace a la gente pedir “militares a la calle”, como lo hicieron luego del terremoto. El mismo que esa vez terminó con un hombre asesinado a golpes por uniformados por salir a comprar cigarros en la madrugada.