Antonio Skarmeta

En su columna del día domingo recién pasado en La Tercera, Sebastián Edwards comenta la tradicional polémica que genera el otorgamiento del premio Nacional de Literatura. Coincido con él en que es una soberana lata lo que se produce cada dos años con este tema. Siempre hay heridos, resentidos y muy pocos satisfechos. Las críticas son siempre del mismo estilo y los pronósticos también. Concuerdo también con él en que la composición del jurado es sumamente arbitraria y totalmente desactualizada. Sobre la eventual eliminación y su sustitución por uno de carácter privado, tengo algunos reparos. Eliminarlo sería un golpe muy grande al aporte y a la señal que se hace desde el Estado al desarrollo de la Cultura y las Artes en el país. Otra cosa es perfeccionarlo e incentivar la creación de uno de carácter privado. Chile, a diferencia de todos los países mencionados por Edwards en su columna, no es ni de cerca un país que se caracterice por tener una clase empresarial o individuos con un fuerte espíritu filantrópico. Tampoco podemos estar tan seguros de que aquellos que sí lo tengan, vayan a entregar la decisión final a un jurado absolutamente autónomo, de tal manera que queden ausentes todos los prejuicios religiosos, ideológicos o sociales.

No coincido con Edwards sobre el desprestigio al que habrían llegado los premios oficiales en España, puesto que el “Principe de Asturias” goza de gran prestigio, a diferencia del Premio Planeta, de carácter privado, que se ha constituido en un disfraz de anticipo a cuenta de derechos de autor y cuyo ganador jamás será un escritor que no asegure recuperar dicho anticipo con la venta futura de su novela.

Por otra parte, las actuales fundaciones en Chile son en su inmensa mayoría tan conservadoras como quienes las han creado. En la mayoría de los casos se premian entre pares y muchas veces son los mismos cada año. Tengo más confianza en lo atrabiliaria que pueda ser una decisión “oficial” que en una tomada por las AFP, bancos, mineras, etc.

Edwards propone que los dineros destinados a los Premios Nacionales sean redirigidos al fomento de la literatura, financiando a escritores jóvenes (a los mayores, aunque nóveles, ni maní). El presupuesto 2014 del Consejo Nacional del Libro para el fomento y creación literaria es de $ 420.000.000, vale decir que la propuesta de Edwards incrementaría en aproximadamente un 50% dicha inversión. En primer lugar quiero aclarar que, contra lo que él afirma, el Fondart no otorga ni un centavo a ningún autor ni menos a un puñado de autores. En segundo lugar me gustaría decirle que el financiamiento del Consejo tiene cerca de diez años de existencia y, desde su inicio, una buena parte de las obras y/o autores favorecidos no han llegado no solo a ninguna librería o editorial, ni siquiera a la imprenta. ¿Qué me dice de evaluar esta política antes de incrementar su fondo?

También existe un programa del Consejo, con fondos asignados, para la traducción de obras de autores chilenos a otras lenguas. Tengo entendido que jamás dicho financiamiento ha sido copado por las postulaciones. He participado como jurado en estas decisiones y es una lástima que un programa tan interesante no haya tenido los resultados esperados. Incluso, ante la falta de postulaciones y trabas burocráticas, entiendo que se debió rebajar el monto asignado.

EL CUENTO DEL IVA Y LOS HÁBITOS DE LECTURA

En el área de la cultura, este gobierno y todos los anteriores, desde el retorno de la democracia como mínimo, están en deuda. Como muy bien dijo Matías Rivas en una columna publicada en La Tercera: “Estamos asistiendo a una serie de demandas por mejorar la calidad de lo que sucede en las aulas y fuera de ellas; sin embargo, no hay alarma ni desvelo visible cuando constatamos lo mal que estamos en comprensión de lectura”.

Los recursos asignados a la compra de libros para bibliotecas por intermedio del Programa CRA del ministerio de Educación, los de la DIBAM y los del Consejo Nacional del Libro y la Lectura se han incrementado desde el año 2001 al 2011 en un 312%, llegando ese último año a $ 5.781.540.592, excluyendo la compra de textos escolares. La pregunta que surge es si estos fondos son insuficientes y también corresponde preguntarse: ¿en cuánto ha mejorado la lectoría en ese mismo período? Otro programa que debe ser evaluado.

Edwards se pregunta dónde está el proyecto para eliminar el IVA a los libros, como si con esto fuéramos a provocar un incremento sustancial en los hábitos de lectura. ¿De dónde sacó esto? ¿Quién le contó ese cuento? ¿Quién le dijo que había una relación directa entre el precio de los libros y el hábito de lectura? Si así fuera, las bibliotecas estarían llenas de público, y hay muy pocas en esa situación, a pesar de que ahí los libros son gratis. Él, como economista, debería conocer y entender el concepto de marginalidad, vale decir que ante una variación menor del precio (eliminación del IVA = -16%) el aumento en la demanda de libros será insignificante, dado que no existe un hábito de lectura insatisfecho por esta causa. El tema del IVA ha sido manejado demagógicamente por un grupo ignorante y populachero que no ha entendido nunca que el tema central de por qué los libros en Chile tienen un alto valor es por el tamaño del mercado y, simultáneamente, por el bajo hábito de lectura.

Nunca en Chile los libros serán baratos, para la inmensa mayoría de la población, en la medida que se impriman pocos ejemplares y que los costos de pre-prensa –vale decir los previos a la entrada en imprenta– deban ser amortizados o distribuidos en una pequeña cantidad de ejemplares impresos. Cualquiera que trabaje en la industria del libro sabe esto. El reclamo simplón por el IVA no conduce a nada. En Chile, me duele decirlo, los libros tienen el valor que corresponde al tamaño del mercado, le guste a quien le guste. Si quieren que cuesten menos, leamos más.

Para terminar con la majadería del IVA, quiero decir que en manos del jefe de asesores del actual ministro de Hacienda está el mejor y único proyecto bien fundamentado y con un mecanismo expedito para proceder a la eliminación del IVA, presentado por la Cámara Chilena del Libro hace más de cuatro meses. Ojalá pudiéramos resolver la eliminación del IVA directamente al lector, como está propuesto en el proyecto, para que de una buena vez nos metamos en lo importante, que es el desarrollo de hábitos lectores en la población infantil y de esta manera, a través del tiempo, una masa crítica amplia que logre mejores niveles de comprensión lectora y justifique ediciones de una mayor cantidad de ejemplares.

Lamentablemente hoy en día, al parecer, nadie le da pelota a nada que no tenga que ver con la reforma tributaria o la educacional. Estamos transformándonos en un país bidireccional. Perdón, acaba de haber una acción criminal y repudiable, han hecho explotar una bomba en la estación del Metro Escuela Militar, por lo que habrá que agregar un tercer tema a la agenda. Es de esperar que venga la bomba cultural en algún momento para entrar en la agenda de algún gobierno.
Una vez más se confirma que el título o sentencia del libro de Óscar Luis Molina se ajusta brutalmente a la realidad con que en Chile se enfrenta el tema del libro y la lectoría: Siempre mañana y nunca mañanamos.