EDITORIAL-563

Actualmente, parece que hubiera algunos empeñados en convencernos de que no existieron las marchas del 2011. Para ser más preciso y no caer en las caricaturizaciones del momento, lo que nos quieren decir es que no fueron tan significativas. Acto seguido acusan al gobierno de haberles prestado demasiada atención y haber seguido a la pata las instrucciones de sus pancartas. Respecto de esto último, quizás haya algo de verdad. Cundió el entusiasmo y una lectura lineal de lo acontecido, nada tan raro, en todo caso, para tiempos de campaña. Las primeras marchas de ese año, sin embargo, fueron mucho más que las pancartas que les sobrevivieron. De hecho, eso a lo que hemos llamado “la calle” fue mutando claramente a lo largo del tiempo. Irrumpió primero contra las grandes generadoras eléctricas que no consideraban su entorno humano y natural, es decir, datos que iban más allá de sus promesas de productividad, y que, a diferencia de sus ganancias, importaban a todos por igual. No era ninguna locura: son preocupaciones propias de las democracias avanzadas, aunque pensar como ellas, por estos lados, puede que parezca desquiciado. La “sustentabilidad”, palabra que alcanzó a tener su espacio durante la última contienda electoral, dista de ser una pretensión ridícula, no obstante tratarse del primer objetivo que se desecha a la hora de las urgencias. Después vinieron las marchas estudiantiles, por lejos las más numerosas, y que rápidamente acogieron, como un mall a sus boliches, las múltiples causas que irrumpieron. Ese año marcharon también los homosexuales, los mapuches, los zombis, los abortistas, los cristianos, y más de alguno se me queda en el tintero. Todos ellos llevaron sus banderas a las marchas de los estudiantes. Interpretaciones apuradas quisieron ver allí el nacimiento de un mundo nuevo. El sueño de la revolución es persistente y encantador, y simple, como todos los sueños. Cabe recordar que no había concertacionistas en esas marchas. Si se convirtieron en un carnaval, fue porque allí se también rompieron las jerarquías. Cambiar la educación involucraba la necesidad de barajar el naipe. Progresivamente, la dirigencia estudiantil fue monopolizando ese movimiento al que adhirieron las mayorías por intuiciones que los desbordaban. Llegó a tener el 80% de apoyo según encuestas de la época y la aprobación del gobierno se fue a los suelos. Luego, matices aparte, ganó la candidata que mejor representó esos anhelos. No creo que nos convocara el fin de un modelo –acá respiramos libre mercado– pero sí una convivencia más justa en su interior. Menospreciar lo que sucedió allí es tan absurdo como sostener que el futuro de Chile quedaba sellado en esos carteles. Recuerdo una vez más esta historia, porque si bien a ratos ha sonado la voz de “un cierto progresismo infantil”, como le llamó Ignacio Walker, llevamos meses escuchando el ronquido de la reacción. Han conseguido instalar el miedo. Las reformas planteadas pasan por un mal momento. Mientras unos las atacan por excesivas, otros las consideran miserables. La idea de una nueva constitución parece cada vez más lejana. Se ha ido Consolidando la alianza entre los que quieren cambiarlo todo y los que quieren que no cambie nada (¿la maldición de Lampedusa?). El resto, habitamos en ese menjunje de aspecto despreciable, equidistante de lo que hemos conseguido y lo que pretendemos, conscientes de que se puede estar mejor y peor al mismo tiempo. Y me excuso por escribir desde la confusión, pero resulta que de pronto nos dicen que no quisimos lo que quisimos, que los que ahí estuvimos, en verdad, no marchábamos por lo que decíamos. Y ya no se sabe qué pensar, porque “nosotros, los de entonces”, ¿acaso no somos los mismos?