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Camilo José mira Estados Unidos, ese país en que se supone nadie es un extranjero, como eso mismo, alguien que llegara de muy lejos sin saber nada más que lo que ve, sin querer ni mejorar ni empeorar lo que su lente registra con paciencia, con cuidado, sin la urgencia del periodismo, sin las trampas del artista de galería, con la mirada siempre abierta del “recién venido”, como decía Macedonio Fernández. Sus fotografías del Bronx, de Chicago, de New Jersey, de Detroit, escapan a todo glamour para enfocar con una irremediable ternura un panorama que cambia sin cesar para terminar siempre más o menos igual. Su trabajo de más de cuarenta años lo hicieron merecedor de toda suerte de premios y reconocimientos, el último de los cuales lo recibió de manos del mismo presidente Obama en la Casa Blanca.

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De alguna manera ser extranjero en el país en que ha vivido casi toda su vida adulta, le permitió integrarse a él, hacerse un espacio, un nombre desde el que contar su extrañeza. Es esa extrañeza lo que le permite, de vuelta a Chile, mirar las calles de Santiago y Valparaíso de un modo en que ningún otro chileno lo haría. De un modo en que ningún extranjero tampoco se le ocurriría a mirar.

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Ni de aquí ni allá, parado en la plataforma de la micro, Camilo José ve pasar por su lente unas calles que debería reconocer y no reconoce. Entra de a poco en barrios que no existían cuando vivía acá, sigue gestos y caras de absolutos desconocidos, no se queda, sin embargo, sigue de largo tratando de abarcar con su cámara más y más territorio, como si fotografiarlo fuese su única forma de comprenderlo, es decir de habitarlo.

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Puertas cerradas, rejas en las ventanas, grafitis sobre grafitis hasta el infinito, todo aparece en las fotos de Camilo José en el mismo plano, como si se tratara de un cuadro abstracto más que del registro de un instante. Los habitantes y los edificios son parte de una sola misma estructura, de una sola y misma demolición perpetua o construcción perpetua, no lo sabemos. Camilo José Vergara anula ante todo la perspectiva. O más bien la condensa, como si los años pasados lejos le obligara a juntar en una sola toma todo lo que no pudo registrar todos estos años. Sus fotografías son inquietantes por eso, porque todo en ella sucede al mismo tiempo. Porque los movimientos en ella son ilusorios, porque no reconocemos esquinas y calles que los chilenos conocemos perfectamente. Y los transeúntes ignoran los balcones que están a punto de caer sobre ellos, y los perros duermen en los paraderos, los carteles aplastan sin piedad las casas que los soportan, y el cielo también pesa, cuando el lente del fotógrafo tiene la piedad de mostrarnos que hay cielo aquí, que todo no es puro cemento y madera enchapada, pura vereda, envases, bolsas, bodegas y más bodegas sin fin.

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Las ciudades, como las personas, tienen su vida pública y su vida privada. Camilo José Vergara algo que está entre medio de las dos cosas. No denuncia lo que nadie ve sino que simplemente lo deja llegar a la foto. No busca el mejor ángulo o el peor sino que deja que la realidad se imprima a su modo, con su tiempo. Estas fotos desde la micro en marcha respiran cualquier cosa menos urgencia. Son postales que nadie va a mandar, son fotos de un instante que nadie va a recordar, son mapas sin recorrido que no van ni llegan a ninguna parte. Son testimonio de un encuentro improbable, el de un nativo con su propio país convertido en un país extraño. Es ese combate silencioso lo que le da a estas fotografías su fascinante incomodidad. Esto que debería ser conocido, que debería ser suyo, no es suyo y es desconocido. Esto que debería ser su país es una extraña tierra de nadie .

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“Esta es tierra de nadie pero es mía,” cantaba Charly García cuando su país se hundía en la dictadura. Algo de eso dicen esas fotos, señales de identidad perdida, viaje de ida y vuelta a un país en que para el testigo las distancias se han vuelto imposibles.

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