editorial-566

Cada tanto, no viene mal recordarlo: vivimos en un país lejanísimo, al final del cual la Tierra se desmiembra. Más al sur, los hielos. Los sucesos del mundo, por acá, apenas tienen cabida. Sus noticias llegan pálidas, desprovistas de toda urgencia. Arriban sin dedos, como las tropas de Diego de Almagro, y desangradas. Perfectamente al revés de lo que viví esta semana, invitado por la revista italiana Internazionale, en el festival periodístico de Ferrara. Reporteros y escritores provenientes de los lugares más disímiles, llegaron ahí a contar lo que habían visto últimamente alrededor suyo, en sus lugares de origen o durante sus viajes, y ya fuera en teatros despampanantes, en cines o en escenarios montados en las plazas, se lo narraban a los presentes, demostrando una vez más que nunca la tecnología reemplazará la fuerza de un testimonio vivo. Los habitantes de la ciudad de los Finzi Contini acudían en masa a escuchar estos relatos. Es cierto, Italia fue alguna vez el centro del mundo, el lugar del que zarpaban y al que llegaban comerciantes e invasores, y es, todavía hoy, la principal puerta de entrada a Europa para asiáticos y africanos desesperados. Llegan tras entregarle los ahorros de toda una vida a boteros ilegales que los trasladan como ganado en embarcaciones súper pobladas, que con frecuencia se hunden, como sucedió en las cercanías de Lampedusa el 3 de octubre del 2013 con un lanchón proveniente de Libia. Al ver las imágenes de ese bote, cuesta imaginar cómo entraron esos más de 500 pasajeros oriundos de Eritrea, Somalia y Ghana, en un navío diseñado cuando mucho para un par de decenas. Se calcula que los muertos fueron más de 360. Una semana después, a pocos kilómetros de ahí, se hundió otro lanchón, esta vez cargado de sirios y palestinos. Los cadáveres hallados fueron 34. No es raro que al notar la navegación en riesgo, capitanes avezados opten por arrojar pasajeros al mar. Eso hicieron con el hermano de la periodista siria Maisa Saleh. “Mi hermano, dijo, llegó moribundo, sin fuerzas siquiera para caminar, pero sobrevivió”. Ella, por su parte, había pasado 7 meses presa en las cárceles de Bashar al-Assad por simpatizar con la revolución que aspiraba a derrocarlo para conquistar algo parecido a la democracia. Entonces Assad era el enemigo de Occidente –hablamos apenas de un año atrás-, pero los hechos se suceden tan rápido en este mundo “moderno” que quien ayer era un dictador inhumano, ya fue superado en maldad. Maisa es oriunda de Aleppo, donde hace veinte años vi los mercados más alucinantes de oriente y un museo colmado de piezas antiquísimas, con algunos de los primeros rastros de civilización humana. Hoy yace bombardeada. “Ahí donde comenzó la historia –me dijo Ed Vulliamy, corresponsal de guerra del periódico inglés The Guardian- quizás sea donde primero debe terminar”. Hablamos de las orillas del río Éufrates, de la tierra de Abraham, de donde nació el primer abecedario. La hermana menor de Maisa, cuyo nombre no supe escribir, permanece raptada por los ejércitos de ISIS. Desde que la detuvieron, cerca de ar-Raqqah, no ha sabido nada de ella. Prefiere creer que se encuentra bien, que, como su hermano y como ella misma, sobrevivirá. Lo dice mientras increpa las políticas humanitarias europeas, porque, insiste, solo apuntan a los agónicos y no a los que quieren vivir mejor. “Ya nadie piensa en nuestra lucha por la libertad –agrega- y no es difícil entenderlo. Estamos viviendo en el centro del mal, donde cuesta tener esperanzas. Me preguntas si ha muerto la revolución, y no sé qué responderte, pero si está muerta, verás, tarde o temprano resucitará”. A no más de un par de cuadras, porque en Ferrara todo queda cerca, otros calculan los riesgos del ébola, que ya llegó a España. Analistas europeos intentan dimensionar la crisis económica del continente. En Italia, dicen, durante el 2014 ha cerrado una empresa cada media hora. Un poco más allá, donde el tema es Latinoamérica, recuerdan que acá está la Meca del narcotráfico, que se ha pasado de Colombia a México, y de los crímenes por necesidad, al goce de la matanza. No es que en Chile no acontezca nada malo, pero en momentos en que el mundo pasa por un período de espantos alarmantes, asoma como un rincón extremo en el que reina la tranquilidad.