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No le hace gracia salir del hotel para hacer las fotos de la entrevista. “Soy de bajo tierra, no veo el sol”, se queja. Pero conoce el ritual y coopera. Hace más de tres décadas que María Moreno (Cristina Forero para la ley) escribe crónicas en diarios y revistas, pero también ha hecho escuela propia como entrevistadora. Su técnica es “parecer boluda” y casi no hacer preguntas. Su fobia, que el entrevistador transcriba “muy buena tu pregunta”: “¡No, eso me indigna! Yo, por un tema de elegancia, hago que el entrevistado me humille”.

Suena a mujer brava y algo de eso hay, pero no le quita lo tímida. Lo supo un día el escritor José Bianco, quien a fuerza de humillar a la chica extravagante de pelo rizado y zapatos con plataforma que lo estaba entrevistando, la vio desmayarse frente a sus ojos. Han pasado unas décadas, pero todavía le aterra hablar en mesas redondas y ser entrevistada. Experta en llevar a la página la oralidad ajena, desconfía de la propia. “Me siento súper expuesta porque sé que puedo hablar de más, pierdo la noción de la escena… Pero ya que crucé la cordillera, ¡que la violación sea completa!”, dice dispuesta a comenzar la entrevista, aliviada, en realidad, porque acaba de cumplir con su última actividad en la Filba y sus nervios pasaron la prueba.

¿Vale la pena ir a escuchar en persona a los escritores que uno lee?
En general no, salvo por el cholulismo de ver el fetiche cerca, qué se yo… El escritor profesional tiene un ritual público que no suele ser interesante. Mi historia personal estuvo ligada a escritores a los que conocía físicamente, pero en los años 70, que fueron una época de bares. No había una diferencia entre el tipo al que leía y el que estaba en la mesa del bar.

Te formaste en un periodismo literario que pasaba mucho por esa conversación de bares. Dices que el tipo de crónica que salía de ahí ya no es posible.
Lo que ya no es posible es aquella formación no académica, autodidacta, que en realidad no era formarse solo sino formarse en todas partes. Esa cultura era muy de la época, con un Enrique Raab, un Rodolfo Walsh, que tenía el secundario incompleto… Gente que tenía maestros a los que elegía, no los de la universidad, pero donde la ciudad en sí misma era una gran usina para aprender. Había muchos centros de pensamiento, talleres de formación, los mismos grupos políticos clandestinos tenían escuelas de cuadros. Había tipos como Sciarretta, que era un maestro oral increíble de marxismo, los grupos del psicoanálisis también eran muy importantes… Por eso todos tenían saberes diversos, eran entre comillas cultos, ¿no? Eso para mí fue un caldo de cultivo y sobre todo a través de la palabra oral. Debo muchísimo a las conversaciones en los bares.

Y el paso de los saberes desde el bar a la academia, ¿es una involución?
No, simplemente hay un montón de elementos que lo hacen imposible, porque además eso se daba en el marco de unas izquierdas revolucionarias que perdieron.

¿Pero no es una pérdida que ya no se cultive esa transmisión oral de los saberes?
Eso sería decir “mi generación propuso un cambio que fue pervertido”, y no me animaría a decir eso. Ahora más personas escriben y tienen menos autoridades encima, fundan sus propios espacios en Internet… Lo que podría decir es que ahora, un periodista que va a hacer una nota a la villa, ¿qué hace? Toma testimonios. Pero no trae detrás, como podía traer un Walsh, nociones más amplias sobre ese espacio: una historia de las villas miserias, una historia del discurso popular. Ahora agarrás a una travesti, que además le falte una pierna, y que además sea nazi, y ya: tenemos una nota.

Pero la crónica está de moda.
Sí, está de moda, pero es un blef [bluff]. Mejor dicho, es en gran parte una construcción reciente de la academia norteamericana. Ella que valoraba el gran género, el género pija, que es la novela, de pronto tenía que encontrar otra cosa, entonces transformó a la crónica en un valor. Y un montón de periodistas que redactan, cosa que en cualquier otro momento hubiera sido lo mínimo para pedir, ahora se consideran cronistas. Ahí soy medio jerarquista, creo en la crónica literaria, la que hacían Darío, Vallejo, y que tuvo una función importante en la invención y formación de las ciudades modernas en Latinoamérica.

¿Esa crónica sobrevive cuando te van a leer desde un teléfono?
No tengo idea, no pienso en eso… Yo he estado recontra formateada por cada medio, pero para mí no hay una “zona pura” que no esté formateada por los medios. Escribo en medios y siento que siempre hice lo que quise. Aparte siempre trabajé en lugares como Página/12, etc., donde se podía esperar que hubiera un discurso literario.

Has dicho que la censura de la dictadura influyó mucho en tu estilo, porque forzaba a sugerir más que decir.
Sí. Como había un cerco informativo, las redacciones culturales de pronto se convirtieron en un laboratorio literario. Pero eso lo voy viendo ahora, en el momento no me recuerdo teniendo un pensamiento escondido detrás de ese estilo. Simplemente era un estilo menos afirmativo, gozoso quizás, donde por ahí importaba más el ritmo, la forma, que el sentido. Se valoraban modelos que ahora serían insoportables, como describir a alguien y recién a la página decir el nombre. Y cuando aparece la democracia, creo que empeora mi literatura, ¡ja, ja!

¿Por qué?
Porque el retorno de los discursos políticos me hace entrar en diálogos donde necesito decir cosas, más que esa experiencia formal. Muchos amigos me dicen que escribía mejor antes, porque ahora todas las palabras terminan en “ción”.

Por ahí definías tu estilo como “empapado en purpurina barroca con un fleco de jerga psicoanalítica, otro de materialismo dialéctico pop y otro de feminismo fashion, más algunas motas de argot farandulero y tartamudeo histérico”.
Es que a mí me gusta lo plebeyo. Uso los saberes de la cultura más tradicional pero sometidos a la contaminación de algo muy plebeyo, lunfardo incluso.

Pedro Lemebel se reía de los nuevos discursos de la diferencia que usan palabras como “heteronormatividad”. ¿Te simpatizan esos movimientos?
Por supuesto que me simpatizan, he trabajado con ellos, y por supuesto que las palabras de la política, como “heteronormatividad” o “desterritorialización”, te cagan el estilo. Yo no las uso y creo que Lemebel tampoco, hay otras maneras. En los tiempos de la izquierda tampoco usaba “enajenación”, ni me gustaba decir “clase”, todo eso me parecía jibarizar una cabeza. La izquierda nunca pensó más allá de sus dicotomías y creo que todavía no se articula con nuevos sujetos sociales, como las travestis, los gays… El pensamiento subjetivo sigue siendo lo que le falta. Lo incorporó como mercado, pero nunca hizo realmente el cruce entre políticas de la vida cotidiana, sexuales, etc., con la política-política.

“SOY TRANS”

Moreno, el apellido, se lo robó a su marido de entonces. Habrá sido una broma, pero bien resume su relación de ida y vuelta con los géneros. Desde los años 80 viene fundando suplementos y revistas feministas, además de El Teje, el primer periódico travesti latinoamericano. En “La pasarela del alcohol”, de las pocas crónicas en que se confiesa o aparenta hacerlo, aclara: “Las encuestas registran que mis ex amantes varones me consideran heterosexual y mis ex amantes mujeres, lesbiana. Pero es evidente que unos y otros están jactándose”.

¿Sigues siendo feminista?
Sí, claro, aunque siempre fui una feminista independiente, no una afiliada. Digamos que me siento más cercana al feminismo de la diferencia que al de masas. Por supuesto que defiendo el aborto legal, la igualdad de derechos y acompañé esos procesos jurídicos, pero me descorazona que todo se reduzca a una demanda de reconocimiento y una resolución jurídica. Tiene que haber derecho al chalecito, casarse, lo que sea, pero eso no me parece interesante. Creo que los movimientos feministas y gays trataban de pensar otra forma de vida.

¿Ese cambio no llegó?
A lo mejor sí, porque tendemos a traducir lo nuevo a lo mismo, y no es lo mismo, hay que mirar mejor. Yo creo que a todas estas nuevas familias, con una caída o redibujo del Edipo, todavía no las podemos mirar en lo que puedan tener de subversivo. Falta tiempo, son experiencias frágiles y todavía muy ligadas al reconocimiento jurídico.

¿A ti te llama lo trans?
Te diría que soy trans. Pero soy trans mucho más allá de lo sexual, tengo problemas con la identidad en general, me equivoco con las puertas de los baños… bueno, ya cambiar de nombre es correrse de la identidad. Lo que me llama de lo trans es empezar a escuchar nuevas novelas, pero fuera del formato jurídico y fuera de decir “heteronorma”, obvio. Por ahora prima el discurso del reconocimiento, me parece que la literatura va a aparecer más tarde. Es como la dictadura: el primer discurso se dedica a encontrar a los asesinos, a denunciar la tortura. Pero pasan los años y aparecen discursos desde lugares donde el enemigo ni siquiera participa, como Eduardo Jozami, un ex preso político que sacó su libro de memorias y cuenta que en prisión, al quedar eximido de sus deberes revolucionarios, pudo reconocer un deseo: quería ser escritor. Se hace escritor en la cárcel. Pienso que eso va a suceder también con estos grupos que hoy demandan reconocimiento.

¿Te provoca alguna fascinación que los géneros y las identidades se desdibujen?
A mí no me provoca fascinación nada. Pero nada, ¿eh?

¿Por qué?
Porque soy más bien escéptica. Creo en lo que decía Freud sobre la educación de los niños: se haga lo que se haga, va a salir mal.

Y ya que va a salir mal, ¿no hay un placer en contemplar cómo las identidades se vienen abajo?
No, lo que me provoca es una risa. Una risa de saber que todo se aburguesa, que un matrimonio sadomasoquista tiene un discurso más burgués que nadie sobre la pareja. Una risa de todas estas necesarias ilusiones, necesarias estrategias, y saber que siempre va a salir mal. O sea soy escéptica de… qué frase patética, pero soy escéptica respecto de la humanidad en general, ¡ja, ja, ja! Pero sí creo en los momentos fecundos, que son aquellos en que parece que hay algo que no se va a cristalizar. Hay de esos momentos.

¿También eres escéptica respecto del sexo?
¡Pero si es un gran mito!… Yo creo que dentro de unas décadas se van a morir de risa de que estábamos todos enajenados al sexo, que era la gran coacción, el gran deber ser. La gente no va a dejar de coger, pero esto de que el sexo es salud, que el sexo marca tu identidad, que el sexo es el bien, eso se va a volver totalmente irrisorio. Porque no es libertad sino todo lo contrario: son todos unos cuáqueros, pero que en vez de evitarlo tienen que cumplirlo. Incluso en estos grupos liberados algunos tienen más goce de identidad que goce de partenaire.

¿Una sexualidad reivindicativa?
Yo no creo que el saber modifique esas conductas. El matrimonio igualitario generó salidas del clóset, sin duda, pero los fantasmas sexuales se mantienen a pesar de las leyes. La angustia de ser sexual, la angustia de tu feminidad, del rollo que tengas ninguna ley te libera. Tampoco creo en esa otra pavada de que la prohibición favorece el goce, pero las chicas de los 70 sabíamos cómo no embarazarnos y sin embargo nos embarazábamos… Parece que todo el tiempo hay algo que se escapa, no somos máquinas enteras ligadas a la voluntad.

ILUSIONES Y ÉTICAS

El año 2001, en pleno fervor de la crisis política argentina (“que se vayan todos”), María salió a la calle a capturar voces. Entrevistó a intelectuales, dirigentes obreros, arregladores del mundo. De esos registros emergió mucho después La Comuna de Buenos Aires, un libro tardío que, sin quererlo, resultó incómodo.

¿Por qué necesitaste salir a escuchar en ese momento?
Esa fue una trama medio personal, porque yo estaba en una situación muy mala y aparte mi madre estaba muriendo, además por alzheimer, algo justamente relacionado con falta de memoria. Y yo estaba tomada por voces interiores, por así decirlo, y necesité salir a ser atravesada por otras voces. Así que fue poco política mi intención.

Al recoger voces de tanta gente, ¿descubriste algo que no podías intuir desde tu casa viéndolo por la tele?
No, para nada, es un registro de testimonios y siempre hay una posición ya tomada por quien va a registrar. Lo interesante, cuando lo publiqué mucho después, es que quedó como un documento de mil formas de ilusión, pero nadie que habló en esa época quería decir “yo me hago cargo de eso”.

¿Por qué?
Porque considerando lo que sucedió después, no hubo ahí ninguna claridad en el análisis político. Lo que había era una explosión popular y una esperanza en la izquierda de conducirla, pero nadie supo ver lo que venía. Y te diría que a muchos no les gustó que lo publicara, tuvieron pudor de lo que habían dicho. Pero el 2001 también hubo de esos momentos fecundos, que no tienen por qué capitalizarse, como la señora de derecha que salía a la calle con un discurso que dejaba corto a cualquier troskista. Esa experiencia valió por sí misma, no creo que había que ordenarla y capitalizarla.

Has dicho que la crónica asumió un “deber ser” político y dejó, por ejemplo, de cubrir a las clases altas.
Sí, el progresismo copó la cultura y hay un prejuicio sobre cubrir ciertos lugares. Es una pena, porque los ricos y sus espacios de privilegio son algo interesante, además se están muriendo grandes conchetos con vidas impresionantes. Aparte contar eso mismo puede hablar de lo otro, por contraste, ¿no? Pero hay un prejuicio, hay un pobrismo en la crónica, una debilidad por el “sujeto otro” marginado. Esa tradición justiciera está bien, pero lo otro también está bien.

¿La ética se volvió una impostura?
Depende, porque también hay distintas éticas. Cristián Alarcón, por ejemplo, ha hecho en las villas de Buenos Aires lo que él llama “crónica en sumersión”, y no es que se pase al otro y pretenda estar de su lado, pero sí, por ejemplo, una narcotraficante que fue clave en una de sus investigaciones, le encargó que fuera padrino de su hijo. Eso me parece bien: no usar y rajarte, hacer algún tipo de transacción. Pero mis ejemplos son investigadores que trabajan años, no el chico que va a la villa una sola vez y después hace su nota del “cronista en peligro”, que es el clásico. Me parece que son éticas diferentes.

¿Has creído en la idea de “darles voz a los sin voz”?
Es que esa es una expresión desgraciada, porque los “sin voz” tienen voz. Yo trabajé en una cárcel de varones, en Ezeiza, y mi laburo con ellos tenía más que ver con hacerles reconocer lo que ya sabían que con transmitirles algo. Lo que sabían de las cárceles, de hospitales, pobreza, villas… El proyecto era que ellos escribieran, eliminar al caficho que va y le pone un grabador al otro. Fue un fracaso, por supuesto.

¿Por?
Porque hay algo obvio: valorar la escritura y la autoría es algo nuestro, lo que ellos quieren es escapar de la cárcel. Al hablar hacían unos textos increíbles, criticaban “Los asesinos” de Hemingway desde su punto de vista de asesinos, o yo les leía un relato de Lemebel donde un asaltante lo perdona y ellos se acordaban de cuando le perdonaron la vida a alguien. Pero eso tenía un valor de texto en mi oreja, ellos hubieran preferido que yo fuera Moria Casán y los llevara a la tele. De hecho el delito en muchos de ellos venía del deseo de fama. Querían ser reconocidos como autores, pero de delitos.

EL MERCADO DE LA INTENSIDAD

Si uno quiere descubrir algo que no sabía, ¿siempre conviene buscar criminales, locos, alcohólicos?
No creo, hay locos con discurso de psiquiatra y los asesinos suelen ser de un moralismo extremo. Lo que yo veo es que a medida que se niega la experiencia, como en toda una batería de teorías recientes, al mismo tiempo hay una nostalgia tremenda de la experiencia. Y lo que vos decís lo veo como un síntoma de eso. Se lee a Lamborghini, pero se lo consume, se lo canibaliza como “vida intensa”. Y la vida intensa es la misma de siempre: sexualidad disipada, drogas, suicidio… Es un mercado del otro, de la intensidad, que sigue gustando.

Tú escribes en primera persona. ¿Cómo te llevas con el desprestigio del yo?
Es lo que te digo: están todas estas teorías de desprecio por el yo y sin embargo la gente come yo, canibaliza yo, desesperada. Interesante, ¿no? Es un síntoma.

¿Tu “yo” es confesional?
No, tengo una apariencia confesional pero es absolutamente construido, no es hablar de mí, para nada. Yo digo “yo” estratégicamente.
“La pasarela del alcohol”, donde hablas del alcoholismo, ¿sería una excepción?
Sí, pero es un texto donde el alcohol es una contraseña, en realidad es sobre mi generación, esta vida de los bares que te decía, una especie de conjunto de retratos. Y tiene un artificio extremo, muchas teorías internas, es un libro demasiado trabajado para decir que viene de la expresividad de una confesión. Aunque va a ser leído así.

Ése es el punto, ¿no?
La gente come intensidad. Yo escribí un montón de cosas, pero prefieren recordarme entrevistando a una máster sadomasoquista. Y ahora les gusta este texto.

Lo que dices en ese texto, ¿lo dirías en una entrevista?
No, pero puedes poner que estaba borracha, ¡ja, ja, ja! Y no sería tan falso porque me tomé un whisky después de la presentación para bajar los nervios, porque para mí es una angustia total. Pero no llevaría el tema del alcohol a lo oral. Creo que hay que leerlo como una operación literaria y dentro del libro. Te podría hacer ese show, pero prefiero que no. Por algo necesité ponerlo en un libro. Además soy muy consciente de cómo se construyen los espacios para ser leído, mi manera de integrarme al espacio cultural ha sido el lugar de la extravagancia, y el alcohol también forma parte de eso.

Si no ocuparas seudónimo, ¿tus libros dirían lo mismo?
No, no creo. Yo me muevo con María Moreno como si fuera un personaje, y puedo diferenciar lo que ella dice respecto a lo que diría yo, o sea Cristina Forero, que ya no existe.