prisioneros
Claudio Narea denuncia en su libro una especie de maquinación tan delirante como paciente para volverlo loco y quitarle todo lo que le pertenece. No sé si hubo alguna vez tal plan, aunque contemplando el resultado, no se puede negar que si lo hubo, funcionó. Claudio Narea fue, antes de la primera versión de este libro, el Prisionero con el que los periodistas solíamos poder hablar tranquilos y sin presión. Con un poco más de vuelo que Miguel Tapia, pero sin el temblor del genio de González, su sentido común era su principal capital.

Lo era también a la hora de tocar o más bien de militar en esa máquina impecable de música y leyendas que eran Los Prisioneros. Su falta de virtuosismo, su apego a la sencillez de un rock elemental, con resonancias de los años cincuenta y comienzo de los sesenta, su inobjetable destino sanmiguelino era un buen antídoto a la tendencia a lo barroco que, de vez en cuando, embargaba a Jorge González. Un ingrediente esencial a la mezcla que sin él justamente se extraviaba en el capricho de la autorreferencia, genial en Corazones (1990), inocuo en Manzana (2004), discos los dos con que dos veces el grupo terminó.

Narea siempre supo qué quería escuchar un fanático de Los Prisioneros, porque se parecía más que sus compañeros al público que repletaba los gimnasios primero y los estadios después. Era el Prisionero que para bien y para mal nunca se fue de Chile. El rockero de clase media que vivió con nosotros esos horribles y al mismo tiempo fascinantes años noventa en que acabaron de verdad los “12 juegos”. Esos años en que Jorge González aprendía en Nueva York a usar las máquinas y llenarse las venas de una música que no se hubiese permitido escuchar en Chile. Un camino que le llevó, cada vez más, a parecerse a sí mismo, a asumirse a sí mismo, que parece ser justamente el contrario que ha seguido a Narea, reconcentrado en escuchar ahora los mensajes secretos y no tanto que su excompañero de banda le dirigió todos esos años, en álbumes y singles que tuvo la desidia de no escuchar a tiempo, cuando podía haber sido también una salida a la impotencia artística que, con una honestidad sin par, Narea confiesa a cada paso de su libro.

Ese es el tema del libro, la impotencia artística. Lo que pudo ser y no fue. ¿Por qué él, y yo no? ¿Por qué lo mío le gusta tanto a él, por qué lo de él no puede ser también lo mío? Al final del libro, Narea se aventura en una larga disquisición sobre la envidia, sacando de Wikipedia y libros definiciones de ella. En una vieja canción González habla del sabor de la envidia como algo que “te da un encanto especial que no tendrías de otra manera”. El genio de González consiste quizás en encontrarle sabor a la envidia. De entender que hay una belleza oculta en el desprecio porque tiene más que tú, pero no es más que tú.

González entendió antes que nadie que esa era la tragedia de su generación, o sea la mía, la de haber crecido en una dictadura que nos aislaba del mundo al mismo tiempo que nos bombardeaba de música de afuera. En la Quinta Vergara, entre Julio Iglesias y Roberto Carlos, The Police, zapatillas Converse, bowling, cualquier cosa con tal de alejar los charangos y las flautas del Inti o del Quila, que mandaban desde París o Roma mensajes en clave para los que se quedaron encerrados adentro.

González y compañía nacieron sabiendo que la verdadera vida estaba en otra parte, que lo que pasaba aquí no era real. Educados para competir en una carrera de la que a nadie le importaban los resultados, aprovecharon las clases sin sentido y el patio sin salida para dibujar cómics, ponerse sobrenombres y escribir canciones que para la izquierda eran fruto de la cultura de la basura gringa y para la derecha eran el San Miguel de los Palestro que volvía a tener voz y voto.

La vida está en otra parte, lo que pasa aquí no es ni mentira ni verdad, el orgullo de las luchas de ayer quedó aplastado por la derrota, pero la resignación tampoco es posible porque eran jóvenes y tenían ganas y se reían de todo y de nada. Los Prisioneros se alojaron al centro mismo de esa incomodidad e hicieron lo que nadie esperaba que hicieran, cantar sobre fondos de sintetizadores y guitarras que rebotan, canciones como en inglés, pero en chileno de a pie.

Resentidos, los acusaron una y otra vez de ser. Y una y otra vez adoptaron ese mote como si fuera una medalla más. Resentido, o sea sentido dos veces, es decir muy sentido, es decir sin el sentido que ustedes quieren pegotearnos a la piel. Resentidos, o sea dueños de su propio sentido. “Lo hacemos perfecto, lo hacemos fantástico, sentimos envidia de los rockers de verdad, sin ninguna vergüenza”… Fueron antes que nadie los cantantes de la desconfianza, vigilantes que no le creían ni a los papás ni a los hermanos mayores, pero que lo hacían con algo de amor y de humor de contrabando.

Esta, la historia que todos conocen, la trata de contar Sudamerican Rockers en la tele. Eran jóvenes, eran pobres, dos cosas que, pensaron todos, con el éxito y los años se les iba a pasar. A Narea y a Tapia se les pasó, a González no. González estaba condenado a rebelarse no solo contra su clase o su país sino contra su cara, su vida, su propia música. Rebelarse y reconciliarse y volver a rebelarse en un movimiento que debe ser agotador para quienes viven cerca de él, pero que deja un par de obras maestras cada vez. Como Naipaul en literatura, en González el resentimiento social era sólo el síntoma de una incomodidad más profunda. Macho en un país castrado, héroe sin ejército, artista en una piel que sólo cubre la mitad de tus huesos, de tu cara, sus discos de Corazones en adelante exploran este incontinente desconocido, la sensación que hay algo “raro dentro de ti, una especie de programa con error, una tendencia, una exigencia, muchas diferencias de la que nunca puedes renegar”.

Lo más cómodo es llamar, a ese programa con error, droga u homosexualidad frustrada como pretende ahora Narea.

Catalogada esa tendencia, esa exigencia, esa diferencia, deja de ser nuestro problema. Puesto nombre a la enfermedad no corre el riesgo de contagiarnos. No se le ocurre a Narea pensar que quizás la cosa es al revés, que las drogas o las traiciones son efecto de algo anterior y más profundo que se llama ser artista en un país donde eso suena siempre a mariconada. No se le ocurre que ser parte de una de las aventuras musicales más inesperadas de la historia de Chile le obliga a asumir los costos de esta, que es justamente la de convivir con alguien que puede pasar del resentimiento al sentimiento y viceversa como nadie, contradecirse, desmentirse, ser sublime cuando canta y tonto cuando insulta.

Ser artista es mucho más difícil en Chile que ser homosexual, o bisexual, o heterosexual incluso. Ser artista es mucho más peligroso que ser drogadicto. Para los drogadictos hay rehabilitación, para los artistas no. Nos caemos del mapa, nuestros cuerpos nos están hechos para fluir, para gozar, para mostrarse, las palabras nos fallan a la mitad. El que lo intenta está condenado a conocer el sabor de la envidia. A sufrirlo y también a administrarlo, porque la envidia fluye en redondo y el que es envidiado suele ser también ridículamente envidioso.

El flujo en redondo de esa envidia es de lo que habla el libro sin saberlo. ¿Quién envidia a quién? ¿El hombre de familia al artista, el artista al hombre de familia? ¿Quién es el traidor y el héroe? No saber del todo nunca eso, es la tragedia y la función del arte. Saber eso con demasiada claridad es justamente la enfermedad que termina por volver loca a la gente normal.

El libro de Narea es el invaluable documento de ese minuto en que el sentido común choca contra experiencias que no tienen nada en común, se convierten en esquirlas, indicios, ideas recurrentes, obsesiones que buscan un culpable que nos alivien de esa verdad terrible: el talento es lo contrario del ébola, aunque todos lo poseemos solo muy pocos se contagian por todos nosotros. De su dolor somos, nos guste o no, todos responsables.