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Justo en momentos en que “la reacción” debía golpear la mesa para exigir orden y respeto, cuando correspondía frenar “la chacota” de los cambios, combatir esta idea de que el mundo puede comenzar de nuevo rebautizando incluso los cerros, justo entonces, el desprestigio tocó a su puerta. Esa autoridad construida sobre la base de la riqueza y, cada vez en menor medida, de la sangre, se vio menguada por la exhibición de sus pecados. Nadie le hace mucho caso al que grita órdenes mientras está desnudo. Si generalmente son pobres los que colman el imaginario delictual, últimamente han sido los ricos. Personajes de la más alta burguesía han estado en la mira de la justicia. No se trata de una generalización, pero entre los compañeros de clase, como dijo Engel, cunde la complicidad pasiva.

Ponce Lerou se enriqueció metiendo las manos en nuestras pensiones. La colusión de los pollos es paradigmática: la carne más consumida por los chilenos se nos vendió a precio de estafa. El maravilloso libre mercado, también puede ser una ratonera, otro tipo de economía planificada, esta vez, desde un principio para beneficiar a unos pocos. La tan ensalzada competencia no funciona cuando si los matones hacen lo que quieren. Durante los últimos días se ha hecho visible algo que siempre supimos, pero que hasta acá habíamos mantenido en secreto: no son pocos los políticos empleados de empresarios. No se trata de una dependencia ostentosa como en los países bananeros, pero a algunos les pasan dinero de la misma manera que se lo dan a sus esposas: prudentemente, con boletas fingidas, para evitar pagar impuestos. Es decir, un sistema de funcionamiento en los márgenes de la ley, como si esta solo fuera útil para controlar a los bichos anónimos, pero no a los que mueven el mundo, ha de pensar el poderoso. El asunto es que precisamente cuando la casta superior debía mostrar al pueblo su primacía moral, mostró la hilacha. Con lo que le gusta a esta tribu dictar cátedra, de momento percibe que no puede hacerlo con auténtica personalidad. Acaba de caer de su altar otro más de sus santones.

Alguna vez, el cura O`Reilly, con su peinado a la gomina y limpieza ostentosa, fue el santo de esa tribu. A sus misas en la Iglesia de Juan XXIII, a fines de los años 80, acudían adolescentes del barrio alto, para quienes su disciplinada sonrisa permanente era un faro, una luz que invitaba a asumir con responsabilidad el “don” del liderazgo. Ahí ser rico, ser blanco, ser católico, era ser mejor. Pero la llama ejemplar de este cura también se apagó. Repentinamente, pasó de gurú a pedófilo. Tras el caso de Karadima, esto le cayó como una pateadura en el suelo al conservadurismo religioso. Por eso cuando empezó a rondar la acusación de tolerancia contra los curas progresistas, el sentido común se reveló tan fuerte. El bando de los acusados no podía dárselas de juez. Y ahora, como si fuera poco, cuando un murmullo empezaba a cuestionar la gestión de la alcaldesa de Providencia, y algunos osaban añorar la eficacia de Labbé, el coronel cayó detenido por su participación en los crímenes de Tejas Verdes. Al parecer, fue profesor de torturas. Le enseñó a militares inexpertos las últimas técnicas inventadas para causar dolor. Dicen que su tenida de trabajo era un buzo Adidas. La Nueva Mediocridad, como está de moda llamar a La Nueva Mayoría, tendrá que buscar internamente su contrapeso. La derecha política y social se encuentra de capa caída. Es importante que aparezca, porque sólo los locos creen que es bueno hacer siempre lo que uno quiere.