EDITORIAL-569_Foto_Alejandro_Olivares

Después de la última encuesta, Bachelet debe haber apretado la boca. Desde que asumió, pocas veces se le ha visto verdaderamente contenta. No ríe como antes, cuando estallaba en carcajadas mientras su zapato volaba por el aire. Yo la entrevisté apenas volvió de Nueva York, y se encargó de dejarme claro, con sus gestos y palabras, que ella no quería esto, pero no podía hacerle el quite a la tarea. Sabía que si postulaba, la elegían. Su proyecto personal no incluía ambiciones políticas; había alcanzado a disfrutar del anonimato, y su familia la requería. Es decir, llegó para encabezar algo, sin ser su motor.
Una mezcla de convicción, rabias acumuladas y coquetería, la empujaron a diseñar un gobierno con independencia de los popes de la política concertacionista. Estos popes saben poco de entusiasmo, pero mucho sobre la dificultad. A los recién llegados les sucedía al revés. El asunto es que muy pocos nombres del gabinete han conseguido existir. El ejército del gobierno se ve débil. Los partidos, por definición ejércitos mercenarios, lo apoyan en tanto les remunere. En ninguno falta una facción hostil. No han constituido una fuerza imperial. La reina se debe sentir sola. Más allá de su estrechísimo tejido de confianzas, cunde el cuchicheo y la conspiración. Sabe perfectamente que todos los plazos se pueden alargar, menos la desaceleración económica. Que su alianza de gobierno puede debatir, pero no romperse. Entonces el desastre sería mayor. De encabezar el encanto, pasó a encabezar la desazón.
Los partidos retomaron su lugar. Ante una derecha destruida electoralmente y acosada por escándalos que la vinculan siempre a la plata y al mundo empresarial, la Nueva Mayoría emprendió un ajuste de cuentas interno. A la presidenta le podían caer muy bien los comunistas, pero la Democracia Cristiana es el partido más grande de la coalición, y no tiene por qué dejarse tratar como vagón de cola, dicen ellos. En el fondo, no es tanto el odio a los comunistas (desapareció la URSS), como dejar su impronta en un proyecto que los involucra. No son socialistas, son democratacristianos. Y en este raro congreso que sacaron de debajo de la manga lo dejaron en claro: ellos no quieren tanto ni tan poco. A Gutenberg lo hicieron a un lado por pasarse de la raya.
No hay nada menos democratacristiano que Michelle Bachelet, ni nada más pragmático. Sabe que tiene el río revuelto. Son muchos los frentes abiertos. La Reforma Educacional tiene su alma perdida. Se burocratizó. Nadie la secunda con entusiasmo. Para los derechistas es una barbaridad, para los izquierdistas una transaca, y para otros una preocupación. El arco de acuerdos es enorme (está en el programa), al menos para quien no piense en absolutos, y no obstante, el debate se ha centrado en las desavenencias. A esta historia le falta música. Fijar objetivos de distinto alcance. Un modo de llamarle es “conducción política”, si acaso por eso se entiende administrar las diferencias sin matar la fiesta. ¿De dónde sacará el ánimo para ponerse a bailar?