LIBROS

A Humberto Giannini

Los intelectuales han apoyado mil desastres en la historia, han pasado por alto la realidad y defendido tenazmente regímenes que hacían eco de sus versos en el discurso, mientras ordenaban callar brutalmente al ciudadano que los contradijera. Cuando se meten en política, no siempre son los mejores. Puede ocurrir que los encandile una pretensión excesiva. Pero mucho peores todavía son quienes desprecian a los intelectuales. Con ellos todo se vuelve rampante. Lo que podría ser una buena historia -donde lo inmediato es cuestionado en función de objetivos mayores y los aplausos rápidos no bastan para validar una medida-, se vive en sus actuaciones como una suma de sucesos confusos, de pataleos que levantan polvo y no dejan ver el camino. En el mundo de La Nueva Mayoría los intelectuales brillan por su ausencia. La época concertacionista estuvo plagada de ellos. Los que no militaban y la cuestionaban desde fuera, tenían un diálogo que podía ser duro, pero que fluía con los de adentro. Compartían mesas y hasta formaron matrimonios. Había muchos buenos lectores entre los ministros y dirigentes políticos. Varios de ellos entraron a militar con un puño en alto y el otro cargando un bolsón con libros. Poetas, pintores, cantantes y escritores se matriculaban con la causa. Formaban parte del debate. Se les nombraba en agregadurías culturales o embajadas. Hubo un tiempo en que los libros de análisis de la contingencia se convirtieron en best sellers. Jocelyn Holt, De la Parra, Moulian, el rabioso Armando Uribe, Manuel Antonio Garretón, por nombrar los primeros que se me vienen a la cabeza, polemizaban con Brunner, Tironi o Correa. Sus tesis, siempre discutibles, daban cuenta de una sociedad que se estaba pensando. El fin de la Concertación coincide con el silenciamiento de las voces críticas. Se instaló la costumbre y la profesionalización de la cultura. Hoy abundan las obras concursables, y escasean las con poder de interpelación. La última que lo consiguió fue la performance del Papa Fritas. “La política llenó de humo el cerebro de Malraux, envenenó los insomnios de César Vallejo, mató a García Lorca, abandonó al viejo Machado en un pueblo de los Pirineos, encerró a Pound en un manicomio, deshonró a Neruda y Aragón, ha puesto en ridículo a Sartre, le ha dado demasiado tarde la razón a Breton… Pero no podemos renegar de la política; sería peor que escupir contra el cielo: escupir contra nosotros mismos”, escribió Octavio Paz. Nada más aburrido y prescindible que las creaciones vaporosas, correctas y lindas. “La lindura –decía alguien por ahí- es enemiga de la belleza”. La Nueva Mayoría adolece dramáticamente de espesor cultural. (La derecha chilena rara vez lo ha conseguido). Una pocas voces –como la de Peña, Atria…- irrumpen cada tanto y luego titilan, como los astros, azules a lo lejos. Da igual de quién es la culpa, si de un arte que se relegó a sus sacristías, o de un mundo político que le dio la espalda, sin ni siquiera darse cuenta, por puro desinterés, y quién sabe si también con algo de resentimiento. Escasean las citas, la historia, las referencias. Los datos de la OCDE y las encuestas reemplazaron al universo de las literaturas. La política cayó en manos funcionarias precisamente mientras se tramitan reformas que apuntan al corazón de la cultura cívica. Va siendo hora que los intelectuales vuelvan a la plaza pública, hoy tomada por mercaderes y predicadores.