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Una alumna estaba acariciando el rostro de su novia para consolarla mientras lloraba cuando apareció la histórica inspectora general del Liceo Carmela Carvajal. Al ver la escena, la funcionaria les llamó la atención a ambas jóvenes. “Fue muy agresiva. Nos dijo que le estábamos faltando el respeto a la institución, desprestigiando el colegio. Y que no nos hiciéramos las tontas porque sabíamos perfectamente que lo que estábamos haciendo estaba mal”, cuenta una de las implicadas, que prefiere no revelar su nombre. La pareja argumentó que era solamente una muestra de cariño y entonces la inspectora añadió que las niñas más pequeñas, las de séptimo básico, podían malinterpretar esa situación. “Es una señora homofóbica, tiene toda la onda antigua porque viene de la época de Labbé”, cuenta una de sus compañeras de curso.

El hecho, ocurrido la semana pasada, es una muestra de la transición que viven los tres liceos femeninos de Providencia desde que asumieron sus nuevos directores con la llegada de Josefa Errázuriz a la alcaldía. Uno de los puntos de conflicto es precisamente el lesbianismo.

Tras el llamado de atención de la inspectora, otra alumna fue a denunciar el hecho a Marcela Ahumada, la nueva directora del establecimiento. Según la versión de una de las alumnas afectadas, la directora le dijo a la inspectora, “el lesbianismo es una realidad en el colegio y se debe respetar”. Al ser consultada por The Clinic, la inspectora general dijo que no daría declaraciones, pero que hablar de homosexualidad a esa edad no correspondía. El concepto correcto para ella sería “curiosidad”.

Dinosaurios en evolución

A María José Muñoz (24), más conocida como “La Azul”, la tenían fichada. El mismo año que llegó al Liceo Siete se cortó el pelo que antes llevaba hasta la cadera, tenía un piercing en la lengua, usaba jockey y buzo abajo del jumper. Para muchas de las funcionarias del establecimiento, esos eran indicadores claros de lesbianismo. La verdad es que tampoco se preocupaba de esconderlo: era una lesbiana asumida. Pese a que su familia conocía y aceptaba su orientación sexual, en el colegio la mandaron al sicólogo por trastorno sexual y las autoridades no le permitían abrazar a sus compañeras. “Después de graduarme se me prohibió la entrada al colegio. En las tardes iba a buscar a mi pareja, pero no podía entrar”, cuenta Muñoz. Recuerda que antes de salir del liceo, Cristián Núñez, entonces profesor de historia y actual director, se le acercó en uno de los pasillos: “Me preguntó que por qué no me gustaban los hombres, si además yo era una joven bonita. Le parecía anormal. Le respondí que a mí me gustaban las mujeres y que no me importaba lo que él pensara. Ahí me dijo que no me lo tomara a mal, que solo le llamaba la atención. Fue bien raro”.

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Núñez, que trabaja en el Liceo Siete desde 1996, no recuerda el hecho en particular, pero se acuerda perfecto de “La Azul” y la historia le hace sentido. “Estaba tratando de entender el fenómeno. En ese momento no vi que le podía incomodar mi comentario, para ella era una situación natural, pero las alumnas tampoco veían que para nosotros no estaba naturalizado. Era una incomprensión: había dos mundos culturales totalmente distintos viviendo en el mismo metro cuadrado. Yo siempre he pensado que nuestros colegios son como dinosaurios que viven en períodos anteriores. Ahora estamos en una transición”, cuenta el director, quien asumió el cargo el año 2013.

Cuando en 1981, bajo dictadura, los liceos pasaron a depender de la Municipalidad de Providencia, muchos mantuvieron a sus directores, cuyos cargos en ese entonces eran vitalicios. Los nuevos directores Cristián Núñez, Pedro Herrera y Marcela Ahumada –Liceo Siete, Tajamar y Carmela Carvajal respectivamente- son la primera camada en cuya elección participó el Consejo de Alta Dirección Pública, de acuerdo a la ley 20.501 que, en 2011, cambió el mecanismo de selección.

Desde entonces, los tres liceos están inmersos en un proceso de cambio en muchos ámbitos. Se cortó el aporte fiscal a las clases de catequesis, se están actualizando los manuales de convivencia, las alumnas han exigido la inclusión de clases de sexualidad y se ha abierto el diálogo respecto de la homosexualidad. Pese a eso, siguen habiendo figuras religiosas en los patios de los colegios y aún no existe un programa de educación sexual, lo que significa que las alumnas llevan dos años sin recibir información sobre el tema. El concejal del PRO Jaime Parada ha interpelado más de una vez a la Corporación de Desarrollo Social (CDS) por el tema: “Podría ser mucho más enfática en su trabajo hacia la diversidad sexual en colegios y creo que ha pecado de timidez. No creo que sea un problema de voluntad, sino de prioridades. Antes los liceos trataban de soterrar el tema, a la nueva administración no creo que le incomode, pero podría ser más enérgica”, recalca.

Parada es uno de los impulsores del nuevo departamento de Diversidad y no discriminación de la CDS, inspirado en la Ley Zamudio. La unidad opera en terreno desde principios de este año ofreciendo charlas sobre diversidad en los colegios de la comuna.

El legado del coronel

Era de noche cuando un grupo de siete alumnas forzó la chapa de la puerta de la oficina de Orientación. Corría el año 2011 y el liceo Carmela Carvajal llevaba casi siete meses en toma en un contexto marcado fuertemente por las movilizaciones estudiantiles. Una vez adentro, las jóvenes comenzaron a registrar el lugar. Encontraron un archivador cuyo contenido confirmó las sospechas que tenían desde hace ya un tiempo: había un seguimiento constante hacia algunas estudiantes del establecimiento. Mariel García (21), quien vio los expedientes, recuerda que cada una de las fichas tenía escrito el nombre y el curso de la estudiante en la parte superior, y abajo había anotaciones que indicaban desde el partido u organización donde militaba la alumna, hasta detalles como que andaba en skate hasta las dos de la mañana, que tenía problemas alimenticios y que nunca había pololeado. Eran cientos de papeles. “Salía anotado, por ejemplo, ‘Mariel se junta con la Javi, de este colectivo, amiga de esta otra que es curiosa’. Yo nunca, ni una sola vez, vi la palabra lesbiana, era tabú, las llamaban ‘curiosas’”, cuenta Danae Díaz (21), quien en ese entonces era la vocera de la toma.

Las alumnas creen que la persecución venía desde la municipalidad, pero nunca pudieron demostrarlo. Lo único que sabían con certeza es que la entonces directora del establecimiento, Rosa Del Valle, estaba casada con Heriberto García Pizarro, jefe superior en retiro de la policía de Investigaciones, y que tenía un estrecho vínculo con el alcalde de Providencia, Cristian Labbé, ex agente de la DINA. “No solo ella, todas las directoras de los colegios estaban estrechamente ligadas a Labbé”, dice García. “Eran parte de la derecha más fascista y acérrima del país”, añade Díaz.

El año 2012 el Carmela Carvajal se fue a toma nuevamente. La ocupación terminó con destrozos en el colegio, la quema de los expedientes antes mencionados y muros rayados. “Hetero o lesbiana, primero soy humana, vieja sapa y la ctm!”, escribieron con pintura roja en la puerta de la oficina de Orientación. Otras rezaban: “Me persiguen por ser lesbiana y le pasan chupando el choro a la podeRosa”, “¡Persecución política y sexual, si no nos dejan pensar no las dejaremos tranquilas!”, “Mis padres me odian y castigan por las weás que ustedes andan sapeando”, “Viejas culiás metanse sus expedientes por el choro”, “La dictadura ya pasó”. Además plagaron murallas con dibujos de mujeres desnudas, algunas con las piernas abiertas y sangrando en la entrepierna.

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La escena escandalizó a las autoridades del colegio cuando volvieron a sus puestos. Esta habría sido la razón por la cual se llevó un estudio cuyo resultado es un informe que se titula “Análisis y manejo de las manifestaciones gráficas dejadas por las alumnas que efectuaron la toma de su establecimiento, liceo Carmela Carvajal de Prat, entre el 26 de septiembre hasta el 4 de octubre de 2012”. El documento lo recibió en sus manos Harry Abrahams cuando recién asumió su cargo de secretario general de la CDS, después de que Josefa Errázuriz ganara las elecciones en Providencia y destronara, luego de 16 años de gobierno, a Labbé. “Fue un estudio contratado por la corporación para ver el impacto de la toma del liceo. Era descabellado. Recuerdo que una funcionaria de la gestión anterior me dijo: ‘Mira, el problema que tenemos en el Carmela es que hay una epidemia de lesbianismo’. Y claro, en el ala más conservadora de la Iglesia Católica la homosexualidad está considerada como un pecado”, dice Abrahams.

El informe de 52 páginas -al que tuvo acceso The Clinic-, cuenta con un anexo con fotografías de los muros pintados con sus respectivos análisis psicológicos. En la esquina superior izquierda aparece el logo de la consultora Delphoeduca, presidida por el magíster en estrategia militar Mortimer Jofré, uno de los coroneles del Ejército procesado en el caso Riggs.

En la página 13 se lee: “Se conceptualiza a la alumna carmeliana como la imagen femenina disciplinada, instruida y delicada (…) surge la necesidad de rebelarse y negar estos conceptos depositados en ellas, contraviniendo las expectativas sociales, institucionales y de sus padres, a través de la negación absoluta del concepto femenino establecido, siendo lesbiana y tomándose el liceo, destruyéndolo, insultando, hablando groserías, negando rotundamente el ser la “señorita” que se espera, tal como lo refleja la frase símbolo que atraviesa esta toma: “ni sumisa ni devota, te quiero linda, libre y loca”, frase asociada en su origen a los movimientos homosexuales actuales”.

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El informe confirma las sospechas de que las prácticas anti lésbicas de las cuales fueron víctimas venían de más arriba. En esa época Felipe Pizarro, ex apoderado del Liceo Siete y el Carmela Carvajal, presidía Apodérate, una organización de padres que, a pesar de golpear varias puertas, ni las autoridades municipales ni las directivas de los liceos se prestaron a recibir. “La persecución política era muy dura y el lesbianismo era parte de eso. Era un problema para la dirección anterior por un conservadurismo acérrimo, que era directamente proporcional al del municipio”, asegura Pizarro.

Dentro de las conclusiones generales del documento aparece la siguiente: “Se observa una manifestación grosera de la confusión de la identidad sexual, que si bien es propia de la adolescencia, en este caso escapa a sus márgenes y se proyecta hacia una confusión maligna y distorsionada de la identidad sexual, donde las adolescentes, carentes de una identidad clara, se apegan negativamente a lo reprimido, mostrándose con una rebeldía exacerbada ante el desarrollo sano esperado”. Más abajo se recalca la urgencia de que las autoras de los dibujos y los rayados sean derivadas a un sicoterapeuta, mencionando como riesgos el desencadenamiento del trastorno borderline o incluso el suicidio.

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Currículo oculto

Una de las alumnas que se ha puesto en contacto con el nuevo departamento de Diversidad sexual y no discriminación para generar instancias de diálogo es Noemí Vilches (18), del Liceo Siete. “La discriminación no es por parte de las compañeras, sino por inspectoras y profes. Por ejemplo a las niñas de cuarto no las dejan juntarse con las de séptimo, dicen que son muy chicas y las podemos contagiar, podemos pervertirlas. Hay especial cuidado con niñas que son ‘notoriamente lesbianas’, como yo, que tengo el pelo corto y voy con pantalones al colegio. Incluso se sabe que hay un registro de las niñas que han pololeado con otras”, afirma la integrante del centro de estudiantes.

A principios de esta semana, Evelyn Rosales, la madre de Noemí Vilches, estaba en la reunión de apoderados cuando la profesora jefe dijo que estaba tajantemente prohibido que las alumnas asistieran a la ceremonia de graduación con pantalones, como planea su hija. “Todos estuvieron de acuerdo con la medida”, afirma la mujer. “Hay discriminación hacia la homosexualidad. No la dejan abrazar a sus compañeras, la miran mal. Me da mucha pena que la coarten, si es cariño, no están teniendo sexo al abrazarse”, añade Rosales.

A pesar de esto, una de las profesoras del liceo consultadas insiste en que ni ahora ni antes ha habido trato discriminatorio, que simplemente se pide a las alumnas que no tengan muestras de cariño. Lo mismo, dice, que se haría en cualquier colegio mixto, visión que es compartida por el director.

En el mismo establecimiento, pero hace seis años, Danae Videla (22) estaba en clases cuando una de las inspectoras la sacó de la sala para llevarla a una charla de sexualidad. En el auditorio al que la llevaron había cerca de 50 estudiantes. Todas, incluida ella, eran lesbianas. “Invitaban a una enfermera que hacía una pincelada sobre sexualidad heterosexual y anticonceptivos para después centrarse en la homosexualidad. Era una excusa para hablarnos de eso. Lo que más recalcaban todo el rato era que la orientación homoerótica es una etapa y que tener experiencias sexuales con personas del mismo sexo no significa que eres gay. Todo estaba enfocado a contarte que no eras lesbiana”, afirma Videla. Cuando su profesora jefe supo que estaba pololeando, llamó de inmediato a reunión a los apoderados de ambas alumnas y sugirió que las mandaran al sicólogo para corregir aquellas “conductas extrañas”. Después de eso, nunca más las dejaron sentarse una al lado de la otra en la sala de clases y las llamaban de inspectoría para decirles que no podían andar tan “cariñosas” por los pasillos del colegio.
Situaciones como esta se dan, aunque en menor intensidad, en los tres liceos.

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Un mes atrás una de las alumnas del Liceo Tajamar estaba despidiéndose de su novia cuando el guardia del establecimiento comenzó a insultarlas. “Dijo que cómo no nos daba vergüenza, que estábamos mal de la cabeza, que habían niñas cerca, que nos hiciéramos ver. Luego nos acusó y la dirección nos dijo que, aunque no les importaba nuestra condición sexual, no podíamos hacerlo dentro del colegio. Que si nos volvían a ver en algo así, llamarían a nuestros apoderados”, relata la estudiante, que prefiere no revelar su nombre. Javiera Martínez (18), otra alumna del Tajamar, también pololea con una joven del mismo colegio. Nunca andan de la mano en el establecimiento y, menos aún, se saludan de beso en la boca. Hubo un tiempo donde incluso prohibieron ir a los baños durante los recreos tras descubrir a dos niñas besándose.

Se trata de reglas que, a pesar de que no suelen estar escritas en los reglamentos, son conocidas por las estudiantes y las inspectoras son tajantes al momento de hacerlas respetar. “Opera lo que se denomina un currículo oculto: son prácticas que no están sustentadas en normas escritas pero que se aplican en muchos establecimientos. Verificar eso a nivel documento es súper difícil”, explica Miguel Caro, profesor y especialista en currículo y problemáticas de educación pública.

Alejandra (23), al igual que el resto de sus compañeras del Carmela Carvajal, nunca supo de un registro formal con normas antilésbicas, pero sí manejaba las restricciones que imponía el colegio. “Si te pillaban de la mano con alguna alumna, podían retarte o interrogarte. Una vez yo andaba de la mano con una amiga y la inspectora general nos dijo que se veía raro, que se prestaba para malas interpretaciones”, relata. “Las inspectoras y los profes estaban todo el rato pendientes de las niñitas que andaban muy juntas o una encima de la otra. Actitudes de amigas las transformaban en otras cosas. Se acercaban y te pedían que te separaras porque eso no correspondía. No había nada explícito, no estaba escrito en el reglamento interno, pero se esperaba que fuera así”, añade Catallina (19), a quien, según dice, la expulsaron del liceo justo después de que circulara el rumor de que era lesbiana.

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Emerson Jeldres, presidente del Centro de Padres del Liceo Siete, afirma que en el último tiempo se ha visto una importante apertura a la diversidad sexual. “Siguen habiendo ribetes de discriminación por parte de algunos funcionarios que vienen de la administración anterior, pero las niñas de esta generación tienen clarito lo que quieren, lo que necesitan y lo van a exigir”, concluye.

Son pasadas las seis de la tarde en el Liceo Siete y dos alumnas salen por la puerta principal tomadas de la mano. En el patio del que vienen permanece la escultura de una virgen blanca que ya muchas alumnas han pedido que saquen. En la mesa que está al frente de la figura religiosa, unas letras de color verde forman la frase “Ale y Cata” junto a un corazón.