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La última conversación de Humberto Giannini, la tuvo con The Clinic. Daniel Hopenhayn apagó la grabadora, y el filósofo se desmoronó. Permaneció con él cerca de media hora, junto a su esposa y la empleada de la casa, esperando la llegada de la ambulancia. Él lo dio por muerto. Nunca volvió a hablar. Tenía cara de hombre bueno, y las apariencias solo engañan si se las mira al pasar. Sus últimas palabras están llamadas a ser memorables: “Yo sigo enseñando a Sócrates, padre del diálogo callejero, abierto, pero con un significado profundo… Sigo pensando en él. Y si se puede tener filosofía, mi filosofía de centro es el sentido común. No abandonar nunca el sentido común, la filosofía no podría abandonarlo. Ya que no tenemos universo, porque se fue muy lejos, tenemos mundo, el mundo de nosotros. Eso para mí es muy importante”. La filosofía, para estos efectos, no es abandonar el sentido común sino pensarlo. En la Ilustración, dice Giannini, “se hablaba de ciudadanía: qué es lo que se debe educar para un ciudadano”. Un reconocimiento independiente a las lógicas del mercado, de las que, al parecer, no es aconsejable privarlo, pero tampoco someterlo. El ciudadano es el individuo político, cuya prestancia no depende de la riqueza, sino de su participación en la comunidad. Ahí no todo es dinero, no todo son fuerzas desbocadas, no funciona la ley del más fuerte. Hasta la poesía tiene una razón de ser. Pero hoy la palabra ciudadanía se está usando de un modo raro. Su perversión ha llegado tan lejos, que de pronto se la confunde con la de consumidor, su gran antagonista. No son los mismos los derechos del consumidor que los del ciudadano; los primeros existen cuando se tiene dinero, mientras que los segundos por participar de una comunidad. En un caso el que paga más tiene derecho a exigir más, mientras que en el otro no. “No creo que los que quieren deshacer lo que ahora se está intentando, estén pensando en el ciudadano”, dice Giannini. La interpelación de la señora Hoffmann al ministro Eyzaguirre, sirvió para enfilar nuevamente la discusión educacional.

Más allá de las críticas que muchos tengan al proyecto, su manera de enfrentarlo reposicionó los ejes del debate. La realidad dirá cómo se acomoda la carga en el camino, cómo hacemos para no sacrificar los logros mientras diseñamos las mejoras, pero ¿debieran tener todos los niños derecho a una misma educación? No lo digo para imponer un destino a sangre y fuego, porque ya sabemos que las buenas intenciones pueden derivar en autoritarismos si prescinden de las circunstancias, pero a ratos, entre tanta discusión puntual, viene bien reponer lo lejano, la tan mancillada utopía, esa que cuando encandila mata y cuando falta desorienta. Más allá de los índices de crecimiento, ¿hacia dónde vamos? ¿En qué consiste la sociedad a que aspiramos? Para mí, al menos, la respuesta no es obvia, y esos para quienes sí lo es, me atemorizan. Quienes más gritan hoy, sin embargo, son los enemigos de la pregunta. Su sola formulación la viven como amenaza de Revolución. Están chillando como berracos. Nos quieren convencer de que acá seguimos las leyes de la naturaleza, sólo cuando obedecemos sus leyes. En este capítulo de la historia, el fanatismo está del lado de la derecha. Hablan de “clima crispado” cuando ellos son los únicos furiosos. Hay tribunos de izquierda que buscan rentar contestando a gritos sus alharacas, pero eso dista mucho del clima general. Nadie duda que se han cometido errores, pero lejos de lo que nos quieren hacer creer, no cunde el empecinamiento. Pronto vendrá un cambio de gabinete. Apuesto que será más bien tranquilizador. Dato central será si cambia o no el conductor de la hacienda. Si yo fuera la presidenta, lo sacrificaría –por razones que aquí no alcanzo a detallar– y acto seguido, me encargaría de ratificar hacia dónde va este barco, en el que nadie importa más que otro. Donde, como insinuó Giannini antes de apagarse, la filosofía no es esclava de la economía.