BARBONES FIDEL CASTRO

Las casas y edificios adornados con banderas cubanas, bandas de música en avenidas céntricas, gente jubilosa en las calles. Todos esperan al asaltante del Moncada, al expedicionario del Granma y combatiente de la Sierra Maestra, al hombre al que las masas se han sumado en la lucha contra la sangrienta tiranía.

Es el 8 de enero de 1959. Fidel se acerca a la ciudad en un tanque ocupado a las fuerzas enemigas y a la entrada de La Habana, en el Cotorro, se produce el encuentro con su hijo Fidelito. Luego, los trabajadores de la cervecería del Cotorro lo invitan a visitar la fábrica, a lo cual accede.

Fidel continúa viaje, ahora en un jeep. Pasan por la Virgen del Camino, la Calzada de Luyanó, Concha rumbo a Atarés, los elevados de la estación de ferrocarriles… En todos los lugares una multitud lo vitorea. En la Avenida del Puerto se detiene para ver el yate Granma, y saludar al compañero Collado, su timonel.

Luego sigue hasta llegar a Malecón y Prado, donde visita el Palacio Presidencial, desde cuya terraza dirige un breve discurso a la población allí congregada. Luego marcha por Malecón, 23, 41, 31, y, finalmente, al campamento militar de Columbia, otrora guarida del régimen derrocado, donde hablaría ya al anochecer al pueblo habanero.
A su paso por las calles, la caravana de Fidel casi no puede avanzar. Aquello es apoteósico: niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres del pueblo, todos quieren saludar y abrazar a Fidel y demás comandantes y oficiales que le acompañan. Entre ellos está el ya legendario Camilo Cienfuegos, al cual el jefe de la Revolución le tiene una gran confianza y afecto. Esa noche en su famoso discurso en Columbia, Fidel le dirá a su amigo “¿voy bien, Camilo?”. Todos recuerdan esa frase lo mismo que la paloma que se posó en el hombro del Comandante y no se le quitó de encima.

JAMÁS DEFRAUDAREMOS AL PUEBLO

En su memorable intervención aquel 8 de enero, Fidel, al referirse a la fuerza del pueblo y a su papel como principal defensor de la Revolución, destacó: “Nuestra más firme columna, nuestra mejor tropa, la única tropa que es capaz de ganar sola la guerra, esa tropa es el pueblo. Más que el pueblo no puede un general, más que el pueblo no puede un ejército. Porque el pueblo es invencible y el pueblo fue quien ganó esta guerra.

“De la disciplina del pueblo y del espíritu del pueblo me siento orgulloso, porque si algo realmente excelente ha hecho es demostrar su dignidad y civismo. Vale la pena sacrificarse por un pueblo así. ¡Jamás defraudaremos a nuestro pueblo!”.

Eran los primeros días del triunfo revolucionario. Un gran fervor y entusiasmo reinaban junto a una inmensa esperanza en todos los corazones. La huelga general, convocada por Fidel días antes, había dado al traste con la intentona de golpe de Estado organizada por la oligarquía con el beneplácito de la Embajada de Estados Unidos. La respuesta del movimiento obrero y de todo el pueblo, desde Pinar del Río hasta Oriente, fue contundente. La conjura había sido derrotada.

A la vez las tropas de los “barbudos”, desplegadas ya por todo el país, junto a las milicias armadas pertenecientes a las distintas organizaciones que lucharon contra la dictadura batistiana, ocupaban los cuarteles del ejército y estaciones de policías del régimen derribado. Se iniciaba así una nueva época en la historia de Cuba. El poder comenzaba a estar en manos del pueblo revolucionario y este empezaba a regir su propio destino por primera vez.

LA BESTIA BATISTA

Apoyado por Estados Unidos, Fulgencio Batista tomó el poder de Cuba el 10 de marzo de 1952. Era la segunda vez que llegaba al poder por vía armada. Y esta vez no estaba dispuesto a soltar la presa. Fidel Castro fue uno de los primeros en condenar el golpe de Estado. En el Tribunal de Urgencia de la Habana, el 24 de marzo de 1952, el joven abogado presentó una causa contra el dictador por “los delitos de sedición, traición, rebelión y ataque nocturno”. El tribunal hizo caso omiso a la acusación.

La violencia siguió en ascenso y el 26 de julio, Castro intentó la toma de los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes en la ciudad de Santiago de Cuba. Ambos centros militares eran núcleos de poder de Batista. La operación fracasó y en represalia Batista mandó a matar a 10 revolucionarios por cada uno de los soldados caídos.
Castro, detenido, denunció estos crímenes y las torturas hacia sus compañeros en un célebre alegato ante la justicia conocido como “La historia me absolverá”:

”Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó, ni se oyó un lamento ni una súplica; aún cuando los habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo más hombres que todos sus verdugos juntos. Las fotografías no mienten y esos cadáveres aparecen destrozados. Ensayaron otros medios; no podían con el valor de los hombres y probaron el valor de las mujeres”, declamó Castro.

El comandante permaneció preso en la cárcel Modelo de Isla de Pinos. Y se convirtió en el rostro de la revolución. Tras ser puesto en libertad, formó el movimiento 26 de julio para derrocar al que llamaban “¡Monstrum horrendum!”.
Batista intentó mantenerse en el poder aumentando el miedo y la violencia.

“El cuartel Moncada se convirtió en un taller de tortura y de muerte, y unos hombres indignos convirtieron el uniforme militar en delantales de carniceros. Los muros se salpicaron de sangre; en las paredes, las balas quedaron incrustadas con fragmentos de piel, sesos y cabellos humanos, chamuscados por los disparos a boca de jarro, y el césped se cubrió de oscura y pegajosa sangre.”, escribió Castro posteriormente en una carta popular.

Tras el triunfo de la revolución, la revista Bohemia estimó que durante la segunda dictadura de Batista,1952-1958, la cifra de muertos alcanzó los 20 mil. Hoy, el investigador cubano-americano Armando Lago, desmiente los datos y afirma que murieron 2 mil 700 cubanos, incluyendo a los hombres de Batista. Lago afirma, además, que hasta la fecha 5 mil 600 personas han sido ejecutadas por el castrismo.