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*Por Jon Lee Anderson

Una tarde de viernes de marzo, en el centro de La Habana se concentró una muchedumbre para manifestarse contra un incidente ocurrido la noche anterior en San Juan, Puerto Rico. Durante un partido entre Cuba y Holanda dentro del primer torneo internacional Clásico de Béisbol, un espectador levantó un cartel hacia las cámaras de televisión que decía “Abajo Fidel” y les gritó palabras similares a los cubanos que estaban en la cancha. Entre ellos estaba Antonio Castro, un cirujano ortopédico que es el médico de la selección cubana e hijo de Fidel Castro. Un funcionario cubano se enfrentó, indignado, al manifestante, y la policía puertorriqueña le detuvo. Quedó libre después de recibir un discurso sobre la libertad de expresión. Cuba ganó 11 a 2, pero, al día siguiente, en tono muy sentido, el periódico oficial del Partido Comunista Cubano, Granma, lamentó las “cínicas provocaciones contrarrevolucionarias” de los funcionarios estadounidenses y Puerto Rico.

La concentración se celebró, como casi todos los acontecimientos de este tipo últimamente en La Habana, ante la Sección de Intereses de EE UU, un moderno edificio de siete pisos en una curva del paseo marítimo de la ciudad, el Malecón. En ausencia de relaciones diplomáticas entre EE. UU. y Cuba, la Sección de Intereses sirve de Embajada de facto. (El edificio técnicamente forma parte de la Embajada Suiza). Hace seis años, durante la batalla por la custodia de Elián González, el niño de cinco años rescatado después de que su madre y otras personas se ahogaran mientras trataban de llegar a Florida en una lancha motora, Castro ordenó la construcción de un foro de protesta permanente en una isla de tráfico frente a la Sección. Hoy, el Tribunal AntiImperialista, como es conocido el lugar, está formado por un estrado elevado, lleno de focos, sobre un centro de mando que es una especie de búnker. Una gran pancarta muestra un fotomontaje de hombres armados, casas incendiadas, gente llorando y un torvo veredicto: “Ustedes hicieron esto”.

La concentración no estaba abierta al público en general. En las barricadas que protegían los accesos montaban guardia varias docenas de policías. Unos centenares de personas, mayoritariamente funcionarios deportivos, atletas y familiares, escuchaban cómo un jugador de béisbol decía a la multitud: “¡Pese al desvergonzado robo de nuestros jugadores, y los constantes ataques contra nuestra gente, no han podido disminuir la calidad de nuestro equipo!”. Un anciano negro subió al escenario para contar que, en su juventud, había jugado béisbol en EE.UU. “Conocí el racismo de aquel país personalmente, cuando me obligaban a sentarme en la parte trasera de los autobuses y a comer en la cocina”. A él le siguió la madre de uno de los jugadores. Después de denunciar la “provocación” de Puerto Rico, se despidió con un “¡Viva Fidel!”.

Fidel no estaba ahí, pese a que, como la mayoría de los cubanos, se toma el béisbol muy en serio. (Por años, un mito popular era que cuando estudiante, un equipo de la liga profesional norteamericana se había interesado por él). Castro, que cumplirá 80 años el 13 de agosto, aparece cada vez con menos frecuencia en público, y muy raramente en actos en los que hay extranjeros. Durante décadas, su legendaria energía le fue muy útil. Tenía 32 años cuando derrocó al dictador cubano Fulgencio Batista en 1959, con una guerrilla de barbudos que incluía a Ernesto Che Guevara. Castro se presentó como un nacionalista decidido a erradicar de Cuba la cultura de casinos dirigidos por gángsters y poner fin a su reputación de ser “el burdel del Caribe”. Una vez en el poder, dio un rápido giro hacia la izquierda, nacionalizó las grandes plantaciones (la de su madre, entre ellas) y empresas de propiedad extranjera, y se acercó a la URSS. En 1961, la CIA, con ayuda de exiliados cubanos, organizó la invasión de Bahía de Cochinos para sacar a Castro del poder. La invasión fue ignominiosamente derrotada y, desde entonces, a pesar del embargo comercial aplicado por EE. UU. y numerosos intentos de asesinato, Fidel Castro ha sobrevivido a nueve presidentes estadounidenses. Es el gobernante más antiguo del mundo.

En junio de 2001, Castro se desmayó debido al calor mientras se dirigía a una multitud, y en 2004, después de pronunciar un discurso, tropezó y se cayó, quedando con la rótula izquierda hecha pedazos y el brazo derecho roto. Aunque sigue pronunciando las largas peroratas por las que es famoso, a veces le tiembla la mano y camina de manera poco firme; ocasionalmente se le ve olvidadizo e incoherente; y de vez en cuando se duerme en público. En un informe presentado al Congreso el año pasado, la CIA reportó que Castro sufría la enfermedad de Parkinson. Castro se burló del documento, dijo que, aunque fuera cierto, era capaz de permanecer en el cargo, y citó al Papa Juan Pablo II como modelo.

Esta primavera, un amigo de Castro, y veterano miembro del Partido, me dijo que el líder cubano estaba angustiado por hacerse viejo y obsesionado por la idea de que el socialismo podría no sobrevivirle. Por eso, Castro ha lanzado su última gran lucha, la que denomina la Batalla de las Ideas.

Su objetivo es lograr que los cubanos vuelvan a comprometerse con los ideales de la revolución, sobre todo los jóvenes que alcanzaron la adultez durante el llamado Período Especial. En los primeros años noventa, la caída de la Unión Soviética precipitó el final de los subsidios a Cuba, y la economía se derrumbó. La crisis forzó a Castro a autorizar más apertura en la vida económica y civil de la isla, pero ahora parece empeñado en invertir eso.

En un discurso pronunciado el pasado noviembre, dijo: “Este país puede autodestruirse, esta revolución puede acabar consigo misma”. Refiriéndose a Estados Unidos declaró: “No pueden destruirla, pero nosotros sí. Podemos destruirla, y sería nuestra culpa”. Y en mayo, durante un airado debate televisivo de siete horas que convocó para protestar por su inclusión en la lista de los dirigentes más ricos del mundo según Forbes (la revista estimaba su fortuna en 900 millones de dólares), dijo: “Debemos seguir pulverizando las mentiras que se dicen en contra nuestra… Ésta es la batalla ideológica, todo es la Batalla de las Ideas”.

Castro ha abordado la campaña como un mariscal de campo, con un Mando Central de leales ideólogos sacados de la Unión de Juventudes Comunistas, la U.J.C. Algunos cubanos se refieren a ellos, sarcásticamente, como “Los Taliban”. Una mejor analogía sería compararlos con la Guardia Roja: en cierto sentido, la Batalla de las Ideas ha pasado a ser la Revolución Cultural de Cuba, aunque sin la violenta intensidad de ésta. El Mando Central de Castro organiza manifestaciones y despacha “batallones” especialmente reclutados de Trabajadores Sociales, que intervienen en casi todas las áreas de la vida diaria. A principios de este año, cuando Castro anunció que los cubanos debían empezar a usar más bombillas de ahorro, los batallones fueron casa por casa en todo el país para repartir las bombillas y asegurarse que fueran instaladas.

En privado, muchos cubanos consideran la Batalla de las Ideas como un espectáculo que tienen que tolerar pero que es irrelevante en sus vidas. Pocos ganan suficiente para comer bien ni mucho menos vivir confortablemente. Como consecuencia de las carencias endémicas de la isla, casi todo el mundo tiene algún contacto con el mercado negro. La tensión entre la Cuba pública de concentraciones y tribunales y esta otra oculta es cada vez mayor, y varios funcionarios cubanos y estadounidenses con los que he hablado temen que el caos contenido hasta ahora estalle en disturbios cuando muera Castro: saqueos, motines y asesinatos por venganzas. El senador Mel Martínez, de Florida, que salió de Cuba a los 15 años, en 1962, dice: “Mi esperanza es que haya una de esas maravillosas revoluciones europeas, como la Revolución de Terciopelo (el movimiento que en 1989 sacó pacíficamente del poder a los comunistas en Checoeslovaquia), sin violencia, pero, con todo lo que ha ocurrido -la represión y la mano de hierro de los que llevan tanto tiempo en el poder-, podría crearse un vacío, y eso favorecer la posibilidad de violencia”. A los cubanos les preocupa cómo reaccionen Estados Unidos y el exilio de Miami -que lleva décadas preparado para la desaparición de Castro. Tanto para ellos como para los posibles sucesores de Castro, éstos son tiempos de enorme ansiedad.

Hubo un tiempo en que las bromas sobre la supuesta inmortalidad de Fidel Castro eran un clásico en La Habana. En uno de ellos, le regalaban una tortuga de las Galápagos, pero él la rechazaba al enterarse que podía vivir más de cien años. “Ese es el problema con las mascotas”, dice Castro, “uno se encariña con ellas y se te mueren”. Ahora, casi todas las bromas son por lo opuesto. Por ejemplo: Castro muere y su cuerpo es expuesto. Los visitantes hacen cola para presentarle sus respetos. Encabeza la fila el canciller Felipe Pérez Roque, de 41 años, al que acostumbran llamar Felipito (aunque a sus espaldas también le llaman “Talibán”). Pérez Roque se para frente al ataúd e inclina la cabeza, mientras Ricardo Alarcón, el presidente de la Asamblea Nacional Cubana, espera su turno. Pasa un rato, Alarcón se impacienta y murmura: “Felipito, ¿qué esperas? Él está muerto, tú sabes”. Pérez Roque le susurra: “Yo sé que está muerto, sólo que todavía no sé cómo decírselo a él”. Son muy pocos los cubanos dispuestos a hablar abiertamente sobre “la sucesión”.

Recientemente, Castro confirmó que, tal como creían muchos, tiene previsto que su hermano Raúl, ministro de Defensa, herede la dirección del partido Comunista Cubano. En una entrevista con un periodista europeo, dijo que no tenía “ninguna duda” de que, si muere, la Asamblea Nacional elegirá a Raúl. Ahora bien, dada la edad de Raúl – tiene 75 años-, lo que se piensa en La Habana es que compartirá el poder con un triunvirato civil compuesto por Pérez Roque, Alarcón, que tiene 69, y Carlos Lage, el zar económico del país, de 54 años. Aurelio Alonso, sociólogo, editor y miembro del Partido Comunista, me dijo: “Éste solía ser un tema tabú, pero últimamente Fidel ha empezado a hablar de él. De todas maneras, la salida de Fidel no me preocupa en términos de quién le sucederá; ya se sabe que existe un equipo de recambio preparado”, y mencionó a Alarcón, Pérez Roque y Lage. “Eso no significa que no haya contratiempos. Los habrá”.

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Una tarde de abril, me entrevisté con Alarcón en el Salón Presidencial del venerable Hotel Nacional. El Nacional, cuyas habitaciones dan al Malecón, se construyó en 1930, y en su apogeo anterior a Castro era la residencia en La Habana de mafiosos como Meyer Lansky. Hoy es el hotel preferido de visitas como Leonardo DiCaprio, Muhammad Alí y Naomi Campbell. Mientras mirábamos los menús, el gerente me informó que, en una ocasión, Al Capone había cenado en esa misma sala.

Al oír eso, Alarcón sonrió con cierta incomodidad. Es un hombre delgado y hablador, de rostro juvenil y frente amplia, que usaba, como siempre, una guayabera blanca. Empezó a hablar sobre la larga y complicada relación con Washington. “Cincuenta años de la misma política, que -hay que decirlo- ha fracasado”, dijo. “Por supuesto, ahora ellos esperan a la próxima generación, basados en la idea de que este Gobierno está acabado. Pues bien, si es así, supongo que yo también estoy acabado, porque soy miembro de la generación que sale”. Alarcón hizo una pausa. “En Francia pasó medio siglo desde la época de la monarquía de Luis XVI, la gran revolución, la guillotina, la contrarrevolución posterior, el bonapartismo, la república burguesa de la década de 1830. Todos los giros y transformaciones que sufrió Francia se produjeron en el mismo período de tiempo durante el que hemos conseguido mantener la revolución cubana en el poder. Ni siquiera Robespierre pudo decir algo así; ni Napoleón. ¡Hemos hecho mucho!”.

Alarcón lleva más de cuarenta años tratando con los norteamericanos. Salió de la Universidad de La Habana para dirigir la oficina de EE. UU. del Ministerio de Exteriores en 1962, cuando tenía sólo 25 años, y se convirtió en embajador de Cuba ante la ONU en 1966. En 1992, Castro lo designó ministro del Exterior pero, menos de un año después, lo trasladó al cargo comparativamente de más bajo perfil de presidente de la Asamblea Nacional. En su momento, se consideró una degradación, pero le dio a Alarcón experiencia en política interior por primera vez desde su juventud. Él ha seguido siendo el principal asesor de Castro sobre EE. UU. (De hecho, interrumpió nuestra cena en el Hotel Nacional para atender una llamada de Castro en su teléfono móvil). Alarcón estuvo íntimamente relacionado con el caso de Elián González y fue el principal consejero del padre del niño, Juan Miguel González, que viajó a EE. UU. para disputar a los familiares la custodia de su hijo. Dos meses y medio después, cuando Elián regresó finalmente a casa, Alarcón le recibió en el aeropuerto. Para Castro, el regreso de Elián fue una gran victoria simbólica sobre sus adversarios de la comunidad en el exilio.

La última causa de Alarcón involucra a los Cinco Héroes, como se conoce en Cuba a los cinco espías cubanos que cumplen condenas en EE. UU. En enero de 1996, Alarcón, en plenas negociaciones secretas con la Administración de Clinton para mejorar las relaciones, notificó a los estadounidenses que Cuba había recibido informes de que Hermanos al Rescate, un grupo de exiliados de Miami, planeaba vuelos ilegales para lanzar panfletos sobre La Habana. Ya habían realizado vuelos de ese tipo antes, y el gobierno de Clinton se había ofrecido a hacer todo lo posible para detenerlos. La Casa Blanca transmitió los datos de Alarcón al cuartel general del FBI en Florida, pero no se hizo nada para impedir que los aviones despegaran. La Fuerza Aérea Cubana derribó dos de ellos y mató a cuatro estadounidenses de origen cubano. En represalia, el presidente Clinton firmó la Ley Helms-Burton, que reforzaba el embargo contra Cuba.

Asimismo, el FBI intensificó la búsqueda de las fuentes cubanas y, en 1998, los Cinco fueron arrestados. En el 2001, un jurado de Miami los declaró culpables de varios cargos que incluían “conspiración para el espionaje”, y a uno de ellos, del asesinato de los pilotos de Hermanos al Rescate. Los condenaron a penas entre 15 años y dos cadenas perpetuas consecutivas. (En agosto del año pasado, un tribunal de apelaciones ordenó un nuevo proceso, declarando que los hombres no habían tenido un juicio justo debido a los “prejuicios generalizados en la comunidad”).

Alarcón reconoce que los Cinco eran espías, pero argumenta que no pretendían dañar a Estados Unidos, y que su propósito era prevenir el terrorismo. “Mire, eran cinco personas que llevaban a cabo una misión”, dice, “igual que EE. UU. cree que debe tener más capacidad de saber y predecir, Cuba tiene desde hace mucho tiempo la necesidad de defenderse, con la diferencia de que el terrorismo contra Cuba ha sido patrocinado por Estados Unidos”.

Alarcón ha asumido como una cruzada personal llevar a los Cinco a casa; cualquier conversación con él termina hablando de ellos. Le pregunté si no había algo de conciencia culpable. ¿No había traicionado Cuba, indirectamente, la presencia de sus cinco hombres en Miami? Alarcón respondió: “No piense ni por un instante que Cuba cometió el error de dar una información que ofreció pistas a los americanos para dar con ellos. Puede que seamos amateurs en el béisbol, pero en este asunto somos verdaderos profesionales”.

Como la mayoría de los más íntimos colaboradores de Castro, Alarcón es decididamente discreto en público y nunca contradice a su jefe, pero su carácter afable y su larga experiencia con los estadounidenses -a los que, en general, les cae bien- hacen que casi todos los cubanos le vean como un moderado. Es una figura conocida y tranquilizadora para los extranjeros que visitan Cuba; durante mi estadía en La Habana, recibió a una delegación de Vietnam y a Louis Farrakhan (líder musulmán negro de Estados Unidos). Alarcón es, desde hace mucho, uno de los principales candidatos al puesto de primer ministro en un gobierno de transición. Pero no hay nada seguro; Castro acostumbra cambiar a la gente de repente de un puesto a otro. Alarcón puede tener seria competencia por parte de Pérez Roque, al que se considera principal portavoz de la Batalla de las Ideas de Castro.

Pérez Roque es un hombre bajo y fornido, con un aspecto que recuerda a un bull terrier. Fue secretario personal de Castro a los 21 años, y permaneció en el puesto otros siete. Nadie duda de que está dedicado en cuerpo y alma a Castro, cuyas opiniones y políticas adopta con un fervor que no tiene equivalente ni siquiera en Cuba. En 1999, Castro le nombró ministro de Exteriores. Pérez Roque tenía sólo 34 años, y parecía torpe y poco preparado; lo apodaron Fax, en el sentido de que era un mero transmisor de las opiniones de Castro. Desde entonces ha madurado y se ha ganado cierto respeto, aunque no popularidad. El viejo fiel al Partido me decía que era claro que Castro ha “escogido” a Pérez Roque para encabezar el equipo de sucesión bajo la supervisión temporal de Raúl, pero que Pérez Roque es “demasiado estrecho de miras” para la siguiente generación de cubanos. Otros cubanos con los que hablé estaban de acuerdo. Todos recuerdan que, cuando Castro se desmayó en 2001, fue Pérez Roque quien se acercó al micrófono y, en una muestra de celo, animó a la multitud con gritos de “¡Viva Fidel! ¡Viva Raúl!”.