Harald Beyer 03

Una de las notas que caracteriza de modo más notorio a la política chilena es que se trata de una actividad alérgica a la discusión de ideas. En nuestra “discusión pública” es razonable citar encuestas, investigaciones académicas o referencias a otros países, pero no ideas. Es decir, es mal visto hablar de lo que es justo o injusto o de que a través de la acción política construimos un país distinto y mejor. Al que lo hace le llueven descalificaciones del tipo “es iluminado”, “no sabe nada-de-nada-de-nada”, “es mesiánico”, “cree que hay solución para todo y no se da cuenta de que el problema es más complejo”, “solo usa refritos pasados de moda”, etc.

Esta alergia a las ideas se nota en cada detalle. En la afirmación, por ejemplo, de que estamos todos de acuerdo en los fines y solo estamos discutiendo medios (como si los medios no redefinieran los fines); o en las apelaciones constantes y obsesivas a lo que “sugiere la evidencia empírica” conforme al último “paper” o reporte de la OECD; o, por supuesto, la idea de que las encuestas son el árbitro definitivo de lo que “la gente” quiere.

En la discusión política chilena, las encuestas son utilizadas como sucedáneos de argumentos, de razones. Por eso cuando salen sus resultados los comentaristas se vuelven ingenuos, y olvidan que Adimark suspendió sus encuestas cuando no le convenían a Piñera o que el CEP fue intervenido por sus controladores porque su director se había vuelto heterodoxo. La más reciente manifestación de esto es la idea de que el programa de la Nueva Mayoría habría “sobreinterpretado” el malestar de “la gente”.

Lo que mostraría esa “sobreinterpretación” es que la popularidad de la presidenta está bajando. Y entonces los mismos que escriben odas a los “líderes” y “emprendedores” que no se dejan llevar por la corriente, los mismos que denuestan el “populismo”, nos dicen que las transformaciones deben ser abandonadas porque “la gente” no las quiere. Dicen que es irrelevante que la Nueva Mayoría haya ganado abrumadoramente la elección con un programa que contenía transformaciones profundas; que no importa que lo haya hecho después de una campaña en la que la necesidad de hacer esas transformaciones nunca fue escondida sino al revés (de hecho, son los mismos que advertían a la entonces candidata que estaba alimentando exageradas expectativas). Suponen que no viene al caso recordar que la derecha nunca había sido derrotada de un modo tan estruendoso y categórico. Su conclusión es que todo debe ser reorientado profundamente no porque alguien haya mostrado que el diagnóstico en que se basaba estaba equivocado o porque responda a una visión incorrecta o inadecuada de lo que el país necesita, sino porque la encuesta CEP y la Adimark lo “sugieren”.

El gobierno hoy enfrenta una baja en sus índices de popularidad medidos por encuestas. La derecha inmediatamente salta a la conclusión de que esto es porque “la gente” está contra las transformaciones profundas que la Nueva Mayoría pretende. Esta interpretación es antojadiza y oportunista, porque ignora que quienes defienden el modelo actual y han enarbolado la bandera de lo que ellos llaman “la clase media” están en una situación mucho peor. La manera razonable de interpretar estas encuestas es que ellas muestran cada vez más la deslegitimación y desafección ciudadana con la política institucional, que es vista como el negocio propio de una “clase” que persigue sus propios intereses. Y claro, si no hay discusión pública, porque la política en Chile ha devenido alérgica a las ideas, entonces todo lo que queda es negociación. Y la negociación, cuando no es un complemento de la discusión sino su reemplazo, es “la cocina”: un conjunto de “arreglines” entre “los políticos” que entonces podrán levantar emocionados sus manos en alto y decirnos que todo ha cambiado cuando todo sigue más o menos igual.

Si uno tuviera que dar importancia a las encuestas, este es el mensaje más claro que ellas están transmitiendo. Y la solución no es la que sugieren sus intérpretes habituales que urgen al gobierno a abandonar el empeño por transformaciones profundas, meter la reforma educacional a la cocina y… bueno, que los políticos hagan lo que saben hacer y cocinen un “gran acuerdo” que permita nuevas manos emocionadas en alto. La solución es que un gobierno que prometió transformaciones importantes las haga, que alguna vez sea verdaderamente relevante que el Presidente de la república es un “mandatario” (el primero, se supone) del pueblo, porque este gobierno ha recibido un mandato tan claro como es razonable esperar que un gobierno reciba. No es que la Nueva Mayoría o Michelle Bachelet hayan “sobreinterpretado”. Es que hay creciente desafección ciudadana, desafección con una política que entiende que tener una visión y pretender realizarla es pura “ideologización”, de modo que hay que dejar a los cocineros ponerse de acuerdo.