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¿Qué sentirán los protagonistas de este bullado caso judicial? Ni Délano ni Lavín imaginaron nunca que algo así les podía suceder. ¿Qué les dirán sus amigos? ¿Que estuvo bien lo que hicieron? ¿Que tuvieron una mala raja inmensa? ¿Que se trata de una persecución política? ¿Serán capaces de ver que su catástrofe particular, repleta de explicaciones posibles, escenifica un problema crucial de nuestra democracia?

Ahora hay correos que lo ratifican: centenas de millones de pesos salían de las chequeras de Penta hacia políticos que defienden “sus ideas”.

Hay que recordar que los negocios de Penta dependen de la defensa de “sus ideas”. Los seguros y las isapres –sus minas de oro- fueron paridas por ellas. Es decir, Penta es una empresa ideológica. No es como los autos o los helicópteros o los electrodomésticos, que teóricamente podrían existir en cualquier régimen. Es una empresa neoliberal, en cuerpo y alma. No capitalista. Neoliberal chilena.

Y a los neoliberales chilenos les molesta todo lo que restrinja la generación de riquezas. Detestan al Estado, porque interfiere, jode, predica sandeces. Tira para abajo. Frena a los capaces por una ridícula conmiseración hacia los débiles.

La palabra “regulación” les pone los pelos de punta.

En Chile llegaron a sentirse poseedores de una verdad indiscutible. Se convirtieron en santones que repartían parabienes y anatemas a diestra y siniestra. Aunque se separaran, estaban en contra del divorcio. Les gustaba controlar, pero no que los controlaran. Creyeron que ellos eran la ley.

La Udi popular los tenía por santos milagrosos. Penta proveía dinero si sus feligreses repetían sus oraciones, si eran fieles a la revelación, si atendían a sus llamados.

El caso de Wagner es escandaloso, el de Novoa es mafiosón, el de la Ena no debiera extrañarnos: tiempo atrás aseguró que su cuerpo no le pertenecía. Ahora resulta que además es mentirosa, y no se trata de una acusación al voleo, porque sus chivas quedaron grabadas.

El lenguaje de Moreira, a quién la Udi parece haber decidido sacrificar, por lo menos tiene chispeza: “Combustible para los últimos mil metros”, “para los últimos cien”, y después “el raspado de la olla”. Sus mails sonaban más a súplica pícara que a complicidad pomposa. Más a sacristán que se las arregla que a un impecable obispo pedófilo.

“Es un mundo que se derrumba”, escuché decir a Tironi. ¿Qué comentarán entre sus ruinas? ¿Cómo los recibirán en el balneario? ¿Les harán el quite los mismos que se tendían suplicantes a sus pies? Porque los pobres están acostumbrados a padecer humillaciones, pero los ricos no.