caricaturistas charli hedbo

Hay una palabra que se repite una y otra vez en la televisión y la radio francesa estos días, es la palabra amigo. Los que lo conocieron, los que apenas los vieron, los que los leyeron se sentía amigos de los redactores de “Charlie Hebdo”. Hasta sus enemigos más enconado sienten que perdieron no un oponentes o unos testigos sino unos cómplices que nunca se ponían por encima de nadie porque todo su poder consistía en revelar el lado tonto, el lado torpe, el lado humano al fin al cabo de ellos mismo y del resto. El humor necesita ser horizontal, pone a dios, al diablo, a Mahomad o a la suegra a la misma altura, la del suelo, o más abajo. Nadie agradece verse rebajado al principio, sólo cuando descubre que en la bajeza común hay más amigos que en las alturas, agradecen esos que nos enseñaron a no estar solo.

Es lo que siempre sentí por Charlie Hebdo, la sensación necesaria de que había gente en el mundo que pensaba como yo lo peor de todo el mundo. Gente que sentía que eso vergonzoso o ridículo es lo mejor que tenemos. Cuando niño me acuerdo haber visto en fiestas de viejos militantes de Mayo del 68 a Cabu y su chasquilla de príncipe valiente. Sabía quien era porque dibujaba en el programa infantil de Dorothe los miércoles. No sabía como hacía para dibujar mujeres desnudas y chistes verdes, rojos y amarillos y dibujar y hablar con los niños como si tuviera su misma edad. Se ahora que era parte de lo mismo. Wolinsky también salía en la tele hablando casi siempre de mujeres, aunque declaraba que nunca había dormido ni una noche bajo otro techo que su mujer. Una película con guión de él que mostraba la historia de una mujer que todos deseaban hasta que se opero la nariz y perdió todos sus atractivos, fue una de mis primeras calenturas. Su aspecto de caballero engominado contrastaba con el resto de la banda de Charlie Hebdo, el calvo e impredecible Profesor Chorón, el humorista Coluche, el escritor Cavana y sus bigotes blancos que caían por toda su mandibula, el misterioso Siné, todos borrachos o casi en un programa mítico de televisión donde despedían por primera vez a Charlie Hebdo por falta de financiamiento.

Porque Charlie Hebdo no podía ni quería tener auspiciadores, porque dilapidaba el dinero que llegaba en una fiesta eterna que yo miraba de niño con una mezcla de espanto, y envidia prometiéndome a mi mismo algún ser parte de algo parecido a esto. Para mi sorpresa es una de las pocas promesas de infancia que cumplí al final. Por una serie de azares, logré ser parte de algo parecido a ese equipo fundador de Charlie Hebdo (que antes se llamo Hara Kiri). Creo entender la tensión y el placer, la sensación de deber que eso también implica. El Clinic es mucho más serio y responsable que Charlie Hebdo, quizás también porque no se fundó en Paris, una cuidad que se enorgullece de la republica, los derechos humanos y la libertad de expresión. La tarea perpetua de Charlie Hebdo fue poner a prueba ese orgullo, probar hasta que punto era falso todos los que franceses le aleccionaban al resto. Lo obligaron a patadas en la raja a convertir esa promesa en verdad. Francia, ese país que Charlie Hebdo supo insultar como nadie, despierta sabiendo que ese derecho a la irresponsabilidad, a la insolencia, a la tontería genial, es lo único que le da sentido y razón de ser como país.

Charlie Hebdo perseguida, al borde de la quiebre hace una semana, olvidada, relegada no sería posible ni estados unidos, ni en Alemania, ni tan siquiera en Inglaterra. Francia, ese país que se quiere a si mismo ver como una gran universidad, se reconoce a si mismo hoy en el trabajo insiste de esos malos alumnos que se han empeñado toda una vida en quedarse al fondo de la sala de clase. Era quizás lo que me fascinaba de niños del mundo de Charlie Hebdo, su empeño en revendicar el derecho a no ser inteligentes. No ser inteligente en un grupo tan culto, tan sensible, resultaba un esfuerzo de malabarista. Para no olvidar su deber, recordaban en la portada que esta era La revista irresponsable. Vivieron esa irresponsabilidad con un sentido del deber, con una constancia, con un heroísmo que ningún periodistas de los serios e informados que conozco, han tenido jamás.

Cabu y Wolinsky habían pasado ya largamente la edad de la jubilación, habían conseguidos todos los honores posibles e imaginables y ahí estaban tratando de resucitar una revista amenazada por los islamistas, usando todos su talento con otros treinta años más jóvenes que ellos que debían trabajar en toda suerte de otros negocios para sobrevivir. Pasaban por ahí un economista que murió, una siquiatra y un señor de provincia que también perdió la vida. Todos colaboraban en un pauta que se llenaba de secciones al ritmo de los encuentros, porque alguien simplemente quería escribirla. Charlie Hebdo era lo que era (como es el clinic), porque la puerta estaba abierta y entraba gente a desahogarse o a vivir otra vida de la que vivían en público. Eso era algo que pasé lo que pasé, nunca más será.

De todas las perdidas irreparable, esta es la peor. Una revista de humor con guardias armadas a la entrada es el más cruel de los chistes. Cuando pienso en ello no puedo evitar llorar con una cierta emoción patriótica. Me emocionan los escritores, los dibujantes, el portero y el policía. Me emociona más que ningún otro nombre el de Mustaphad Ourrad, corrector de prueba que acababa de recibir la nacionalidad franceses. Para él, como para mi, Charlie Hebdo fue una forma de entrar en Francia, una forma más amable de comprender ese país que propaga la tolerancia y la practica tan poco. Esa revista tantas veces brutal, tanta veces adolescente, tan obstinadamente antipatriota es para mi la encarnación de la patria. Ese es el país al que pertenezco, al que quiero pertenecer. No la libertad de expresión en general, no la democracia como un especie de peor es nada, sino una libertad ejercía hasta el limite de si mismo, una democracia lanzada como un desafío hacia la oscuridad del ghetto, del templo o del calabozo. Un desafio que puede ser violento pero que nunca será criminal.

Mientras no puedo dejar de hablar con emoción y grandilocuencia de la libertad, la democracia, los derechos humanos, no puedo dejar de pensar en la múltiples formas con que los muertos de ese martes lograrían burlarse de su heroísmo y nuestros bellas palabras. Es eso lo que nos hace falta, es eso lo que siento nos hará falta por mucho tiempo más. Habrá otros tan talentosos como ellos, habrá algunos más virulentos quizás, pero ninguno de ellos podrá rivalizar en inocencia. Cuando pienso en el Cabu, o en el Wolinsky de mi infancia, pienso en esa inocencia total que les hizo creer que de alguna forma ser franceses les permitía jugar a reírse de todo y de todos. No podía, los vigilaban, los esperaban, lo terminaron por fusilar. La vida y la lucha para nosotros continua, pero de alguna forma después de su muerte reír resulta algo que la risa nunca debe ser: un deber.