Lalo-Meneses[1]

COMO EN BROOKLYN, PERO EN RENCA

Es paradójico que haya sido la televisión de Pinochet la que nos permitió saber lo que eran el breakdance, el rap, el grafiti, los dj: toda esa cultura callejera que había nacido diez años antes en las calles de Nueva York, de Los Ángeles, de Florida; en guetos gringos plagados de afroamericanos y de latinos, y que contenía una mirada social crítica y, a veces, subversiva. Pero así fue, y, para mí, encontrarme con ese mundo a los catorce años me abrió un camino sin vuelta atrás.

[…] Para 1985, la juventud de mi población ya se había enganchado con el hip-hop. La conexión se dio, primero, a través del break, un baile espectacular que reúne todo lo que un fenómeno masivo debe tener: cercanía, onda y la invitación a practicarlo solo por placer. En la Huama teníamos un piño de cuatro, y nos llamamos Electric Boys.

La Plaza de Renca era la arena de encuentro. Ahí hubo competencias bacanes, y algunos oponentes se veían increíbles. Recuerdo al Billy, vecino nuestro y maestro del boogie que vivía en la Villa Salvador. Todos sabían que él era el mejor de ese lado de la comuna. Su grupo, Dinamic Street, era más fuerte y numeroso que el nuestro.

Un día supimos de una competencia de baile en la Illanes (otra población de Renca, más central que la Huama), y entonces los Dinamic Street y los Electric Boys decidimos unirnos. Estábamos convencidos de que juntos le ganaríamos a cualquiera.

Esa primera gran competencia, un domingo de enero del 85, fue algo inolvidable para todos nosotros. Hacía un calor africano, y hoy pienso que fue como si la locura de Brooklyn o del Bronx se hubiese trasladado a Chile, a Renca, a una de nuestras calles. El puro ambiente me tenía en una nube de emoción, una cosa muy cuática; una especie de sueño en el que todos íbamos vestidos como los bailadores de Breakdance y Beat street, las dos películas gringas sobre hip-hop que más nos gustaban.

Había tanta gente, que ese día las micros que pasaban por ahí —como la Renca-Paradero 22½— tuvieron que desviarse. Estaba la cagá, lleno de breakers y de público; calculo unas cincuenta personas o más por cada piño. Era como ser parte de una película en la que yo actuaba de mí mismo. La euforia subía cada vez más, la música era increíble, todos hacían pasos en su lugar. Estábamos como volados en música y baile. Puros flaites de pobla creyéndonos dueños de la calle, pero no por weás de peleas ni de violencia, sino que por talento.

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Cuando en Televisión Nacional dieron la película Beat street, creo que en el invierno del 86, se lanzó a la masa lo que nosotros llevábamos dos años cultivando. Por esos días, La Tercera sacó un artículo con varios tipos parados de cabeza que desafiaban a los breakers gringos. Muchos en el barrio comentaron esa nota. Su llamado nos provocó una emoción extraña, una sensación muy punga: nos dimos cuenta de que había otros por ahí que estaban en la misma pará nuestra, y a los que podíamos llegar a conocer. Yo, que siempre había sentido superioridad frente a los oponentes, me vi sorprendido por esos chulos del diario que salían de cabeza, y a los que nunca había visto en persona.

Poco después se fijó un desafío en un callejón del centro de Santiago. El pasaje Bombero Ossa es un espacio sin mayor gracia, cercano a símbolos del poder económico, como la Bolsa de Comercio y el Club de la Unión. Quienes nos retaban eran piños en su mayoría de la zona sur —La Florida, San Miguel, La Cisterna— que venían juntándose ahí desde el 85. Creo que fueron los B14 y los TNT los primeros en colonizarlo al ritmo del breakdance.

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Un sábado de invierno hicimos entre todos las monedas para unos pasajes de micro, y partimos al centro.

Cuando llegamos y vimos el callejón con unos veinte breakers, todos vestidos tipo Beat street —parka sin mangas, polerón con gorro y zapatillas de caña—, quedamos locos. Eran todos muy buenos en pasos de piso, molinos con inercia y en giros de cabeza, de rodillas, de manos, sobre la espalda. Si había algo así como una meca del hip-hop chileno, estaba esa tarde en ese callejón.
Desde ese día Bombero Ossa fue el lugar donde se comenzó a juntar la gente que quería bailar y que llegaba de San Miguel, Maipú, La Florida, Pudahuel, Conchalí, Santiago, Puente Alto y, como nosotros, de Renca. Todos los sábados, después de las cinco de la tarde, el callejón de los Bajos York se transformaba en un espacio tipo película gringa. Todos llegábamos vestidos semideportivos, con muchos colores, zapatillas vistosas, cordones fosforescentes, casacas pintadas. Era un mundo aparte del resto de Santiago y, ciertamente, de la realidad politico-social de ese Chile de los ochenta. El ritmo de los temas de break salía de una gran radiocasetera a pilas que se escuchaba a varias cuadras, y eso le daba un gran ambiente al lugar.

LA CALLE

Me gustaba hacer la cimarra e ir al Paseo Ahumada, donde había cabros bailando. Me pegaba sus piques en micro, y así fui conociendo Santiago. De Renca a la Gran Avenida —paradero 18, 22, 30—, conocí varias comunas “de paradero a paradero”, como se decía en esa época.

Mis recorridos preferidos eran Matadero-Palma, Renca Paradero 18, Renca-La Florida, Pila-Cementerio, y Colón Oriente. Me echaba toda la mañana, y después me bajaba en el centro, estaba un rato y me iba para la casa.

Con el Pita a veces salíamos con su radio, nos íbamos al Paseo Ahumada, y yo bailaba y él pasaba el gorro. Así, con esas monedas, nos comprábamos cigarros, bebidas, y nos salvábamos del hambre de esas largas jornadas de cimarra.

Al final me echaron del colegio por estar metido en una pelea en la que a un cabro le quebraron un palo en la cabeza después de una pichanga. Quedó pa’l gato. No fui yo el que le pegó, pero es cierto que estuve metido y, además, ya tenía mi nombre. Era chico, pero era choro. […] Intenté dos veces reingresar al colegio, pero luego ya no intenté más. Me salí del colegio porque, para mí, las cosas interesantes estaban pasando en la calle, y nunca me arrepentí de no haber vuelto. En realidad, creo que más tarde me fui educando por mi cuenta cuando me fui haciendo militante, cuando me acerqué a la gente de izquierda con la que me rodeé. El rap te obligaba a educarte.
Con los cabros de la Huama a veces íbamos a machetear a poblaciones y barrios súper alejados, como el sector Independencia-Gamero, que tiene otro tipo de ambiente. Llegábamos a las casas.

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—Hola, ¿me da una moneda? ¿Tiene algo pa’ comer?
Era chico, pero tenía esa actitud del que se cree grande. Empecé a juntarme con weones mayores, como el Tripa, y a callejear mucho. En la calle empecé a cachar cómo juntar cobre. Y empecé a vender, y a llegar a la casa con plata. Robé bicicletas y varias otras weás, pero nunca con dolor, jamás participé en un cogoteo. Con el Tripa escalábamos las murallas y mirábamos adentro de las casas, y luego otro más chico bajaba y tiraba las bicicletas p’arriba. Pero teníai que venderla al tiro, no podíai luego ir a pasearte con algo que te habíai robado tres poblaciones más allá. Había un viejo que compraba bicicletas, y eso te dejaba con tres, con cinco lucas: pa’ un cabro chico era harta plata.

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En la pobla siempre hay que pelear a combos, nomás, y en eso también se basó el respeto que nuestro piño tuvo desde siempre. La pobla fue testigo de varias peleas que ganamos a golpes y palos por defender a nuestros amigos o familia contra Los Rivera, Los Columbos, Los Paperos y contra weones que andaban cocodrileando en la misma pobla. Éramos patoteros, y peleamos en varios lados con gente de la Damascal o de la Renacer, por ejemplo, siempre en pos de la defensa de los nuestros.

[…] En esos años había tres opciones de vida bien marcadas en la Huama: te hacías evangélico, político o flaite. Había una juventud de entre veinte y treinta años que estaba enloquecida por el régimen. Muchos cabros ya se habían reventado en neoprén, ñoco, pepas, chicota, tilines, anfetas o —los más vivos o desenvueltos— en católicas. La hierba también era popular, aun cuando no había paraguaya prensada y la marihuana la traían de Los Andes (así es que no estaba todo el año).
Pero nosotros éramos súper sanos. Yo empecé a fumar marihuana después, de grande, porque en tiempos del breakdance no fumaba, no tomaba copete, ninguna weá. Habíamos asumido una actitud de ser como los karatekas de la pobla, y entonces salíamos a correr, hacíamos artes marciales; como mucho nos tomábamos una coca-cola. Éramos súper milicos con eso, y yo era de la escuela de no fumar ni tomar nada. Después, con los años, conocí los efectos positivos y medicinales de la marihuana.

LA JOTA

Desde cabro yo había vivido cerca del mundo de izquierda de mi pobla, pero cuando fui ya un joven entendí realmente cuál era la onda. Yo era un breaker, estaba en la esquina y veía pasar a los jotosos. Nos saludábamos y conversábamos. Así conocí a la Carmen, una cabra de la Huama, de la Jota, que tenía una chapa (no puedo decir cuál era). […] Por la Carmen ingresé más tarde a la Jota. Nunca quise mezclar esa militancia con el grupo, porque me parecía que los otros Panteras todavía eran muy chicos y para qué (la única excepción fue Kalkin). A mí me interesaba ir a reuniones, y ayudar en lo que se pudiera dentro de la población. Con algunos cabros de la cuadra íbamos a las ferias más cercanas de la Huama, y los feriantes que simpatizaban con la lucha nos aportaban para la olla común. Llegábamos con porotos, papas, acelgas, pescados, un pollo, pan. Mi ligazón con la política era algo natural. Más allá de una cosa ideológica, me parecía bonito todo lo que se armaba cuando, por ejemplo, dos, tres o cuatro familias estaban sin pega y los vecinos se organizaban para compartir la comida y alimentarlas.

Por supuesto que también participé en la organización de protestas, ayudando a juntar neumáticos y otros cachivaches. Las generaciones más jóvenes no han visto a los milicos con la cara pintada, en camiones y tanquetas, avanzando por las calles, brígidos, en plan de guerra, patrullando pasajes de las poblaciones en busca de opositores a Pinochet. En la Huama se ponía un camión en cada entrada, ejerciendo así un temor sicológico y visual sobre la gente. A veces no hacían nada, pero como a las cinco de la tarde empezaban a dar vueltas hasta que llegaba el toque de queda. Allanaban algunas casas. A veces, tiraban lacrimógenas. Una vez estaba en mi pieza y de repente vi a unos weones con cara de pungas saltando desde mi patio a la casa del lado: eran tipos de la CNI que querían revisar a los vecinos.

Balazos, ráfagas, apaleos de los milicos, allanamientos y ejecuciones camufladas en enfrentamientos. Nunca se irán esas imágenes de mi cabeza. Así vivimos los de mi piño los inicios del hip-hop: entre la influencia gigante de los gringos, con sus películas y seriales de moda, y la cruda realidad de una dictadura brutal y asesina, que esparció alrededor nuestro la pobreza, el hambre y el miedo.

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En la Jota no duré más de dos años. Entré en 1988, y para 1990 ya estaba fuera, así es que no participé de toda esa cosa solemne que les dio por hacer en la transición, donde te sacaban una foto, te daban un carnet y te invitaban a unas cenas de recepción. Cuando se fueron los milicos y se terminó la dictadura, varios de los dirigentes de base bajaron todas las acciones de autodefensa y el trabajo en poblaciones, que en el fondo es lo más vital (organizar el barrio y trabajar junto a otras fuerzas de izquierda en pro del Chile más necesitado y marginado), y consideraron la opción de hacer carrera política como concejales, alcaldes o diputados. Fueron viendo que les convenía ser parte de la máquina gubernamental que había creado Pinochet. Yo ya no quise estar ahí.

Eran cosas que para mí, en la realidad en la que vivíamos, no tenían pies ni cabeza. Siempre tuve diferencias grandes con los comunistas, en parte por mi simpatía por el Frente, en parte porque los weones nos discriminaban. Nunca cacharon qué era el hip-hop ni les importó. Ahí te dabas cuenta de que muchos compañeros estaban cerrados en su propia volá. Los políticos suben a un artista a cantar, y a veces ni cachan las canciones. Les da lo mismo lo que se cante, porque el artista es para ellos un mero adorno en el contexto del acto.

—Oye, pero ustedes cantan muy rápido, no se les entiende. ¿Qué chucha están cantando?
—Rap.
—¿Rock?
—No, es rap.
—¿Y por qué hacen esa weá? Esa weá es de los gringos.

EL FRENTE

Para mí lo más parecido al Black Panther Party y la lucha afroamericana de la que leía y escuchaba en esa época era el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Su gracia principal era que tenía como militantes a gente pobladora, a diferencia del MIR que había nacido en la universidad. Tremendos mandos militares eran obreros, gente humilde. El rodriguismo era muy de base, con gente inserta en sindicatos y juntas de vecinos, y a la que si vos le decíai: “Mañana a las tres de la mañana tenís que recoger al Pita en Caupolicán con Balmaceda”, estaba ahí a las tres de la mañana y se llevaba al Pita.

Los rodriguistas eran personas preparadas para hacer acciones, y así trabajaban. En ese sentido, eran como la mejor gente, porque estaban dispuestos a cualquier cosa: desde organizar ollas comunes a tomarse una radio. A la pobla llevaron varias veces camiones “recuperados”, y repartían su cargamento de pollos, mercadería, zapatos y ropa entre quienes más lo necesitaban. En el barrio eran gente querida y respetada. Su acción se veía, y por eso eran un grupo con credibilidad.

Un día, en un acto cultural en el que tocamos, se me acercó una señora:
—Los cabros del Frente te mandan saludos. Dicen que los vayai a visitarlos a la Pública.
Le conté a la Carmen de la invitación, y ella, que era muy respetada al interior del mundo comunista, coordinó mi visita. La Cárcel Pública era, en esos años, la cárcel de los presos políticos. En las dos primeras galerías estaban los comunistas y los miristas; después seguían los del Lautaro; y los del Frente estaban al final, en la Galería 12. En ese tiempo debe haber habido por lo menos sus cuatrocientos, quinientos presos, y se estaban trasladando algunos pa’ la Peni, y además a algunos los estaban soltando por las libertades que se implementaron cuando ganó el No.
Fue así que entablé amistad con algunos de los presos. Allí conocí al Lino y al Pedro, cabros de la zona norte, casi de mi misma edad. Nuestra amistad fue potente desde el principio: hubo un aprendizaje recíproco y una complicidad a prueba de todo. A través suyo conocí al Miguel, al Richard y al Negro Muz, que eran los que llevaban el liderazgo en la cana. También recuerdo al Iguana, al Ronco, al Rucio Lavín y al Ñungo. Eran hombres tranquilos que cargaban con combates y luchas, y que posteriormente tuvieron que aguantar torturas y agresiones criminales de la CNI. Estaban llenos de convicciones inquebrantables, esculpidas a sangre y fuego. Estar con ellos era para mí puro aprendizaje, y así lo valoraba.

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Quizás uno de los recitales más emocionantes de mi vida fue en La Victoria, para un aniversario de la pobla.

Estábamos en medio del show cuando llegaron los saludos con demostraciones armadas. ¡Pa-Pa-Pa!, sonaban los rafagazos. Distintos grupos milicianos —el MIR, el Lautaro, el Frente— iban apareciendo y hacían sus demostraciones de fuerza. Esos momentos marcaron fuertemente nuestra música, y nos unieron como piño. Así empezamos a crear canciones más radicales, poniendo al rodriguismo en nuestro rap.

Mi participación en el Frente fue amplia, porque iba de lo musical a lo militar. Fue una cosa mía, no de los Panteras —aunque a veces los cabros sí ayudaban—, y se asoció a lo que entonces se llamaba el Área Norte (de La Pincoya a Pudahuel), que en teoría tenía un jefe pero que en la práctica quedaba medio sin control, porque, a esas alturas ya muchos de los rodriguistas más viejos habían caído presos.

Recibí entrenamiento militar que, en ese tiempo y en una primera etapa, era algo muy básico: manejo y desarme de armas cortas (revólveres, pistolas), y acarreo de armas largas, tipo M-16. Había que conocer los fierros y manejar algunas tácticas de guerrilla urbana.

Todo esto te lo enseñaban en casas, y además había mucha conversa. A uno le gustaba esa adrenalina, y había sentimientos profundos, y por eso nos atrevimos a dar más que apoyo. Lo vivido en las calles sirvió para ponerse en acción, y conocer varios aspectos técnicos de la lucha militar urbana. Todo ese aprendizaje luego lo llevé a mi barrio y a los Panteras.
Más tarde participé de ciertas acciones. Se hacían weás locas, como volar monumentos. Esa estatua de Arturo Prat que está ahí cerca del Mercado Central, una vez apareció sin cabeza. Bueno, ahí estuve yo.

[…] No puedo negar que tener acceso a las armas fue algo fascinante para mí, pero no podía ser que en nuestra sala de ensayos convivieran máquinas de ritmos, teclados, tornamesas, escopetas, pistolas y revólveres. Estaba arriesgando mi casa y a mi familia. En un momento mi mamá me peló el cable, y estuvo varios días gritando, llorando, diciéndome weás.

—No, mamá. Si son puras cosas de la música —le decía yo. Pero no la convencía.
Como el 93 atiné a hacer todo fuera de mi casa. Me empecé a juntar en otros lados y a cuidar mi comportamiento. Creo que asumía todo eso como el cabro que era, irreflexivo. Quizás ahora me daría miedo pasar por lo mismo, pero no en ese momento.

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Uno puede cachar qué pasó con Chile en los años noventa mirando lo que pasó con la música. El grupo más importante fue Los Tres, que como que decían pero no decían. Eran parte de una cultura, la de la Concertación, que venía entera arreglada, como para mostrar que sí se habían abierto nuevos espacios, pero donde veías siempre a los mismos apitutados. Los Tres me merecen respeto, porque igual aportaron una luz de originalidad en medio de tanta copia, y además demostraron que no era cuestión de llegar y tocar, nomás. Tienen su onda, pero la verdad es que no los cacho.
Cuando salieron Los Tetas con “Corazón de sandía”, me molestó que rapearan esa frase que dice: “Oye, pato malo: tu cara no me gusta / tu tajo feo / no me asusta”, porque se estaban metiendo sin saber con weás que son de los barrios. Fue un tiempo en que salieron todos estos grupos nuevos que se llenaban la boca con el rap, con el funk, con la música negra, como si De Kiruza y Panteras nunca hubieran existido. Era música de cabros cuicos. Era funky, no funk, aunque la gente no entendía la diferencia. No es que uno esperara que todos los grupos fueran políticos, pero al menos uno quería claridad.

Lalo-Meneses 4

REYES DE LA JUNGLA.
Historia visual de Panteras Negras
Lalo Meneses
Ocho Libros Editores, 2014