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Orlando Carvajal camina por un túnel. Viste pantalón de cotelé, chaleco azul, y un peto amarillo con la palabra “imputado” estampada en su espalda. Hace unos minutos, el Octavo Juzgado de Garantía de Santiago ha decretado que es un peligro para la sociedad y ordenó su prisión preventiva. El fiscal Carlos Gajardo, jefe de la Fiscalía de Alta Complejidad, lo acusa de participar de una intrincada red de contadores y funcionarios del Servicio de Impuestos Internos, que defraudaron al fisco en 2.700 millones de pesos. Hasta hoy, Carvajal era un hombre intachable: 49 años de vida sin haber cometido jamás una infracción.

El túnel parece interminable, una vía de ida y vuelta que une las cárceles de Santiago Uno y la ex Penitenciaría, con el Centro de Justicia. El pasadizo mide casi dos cuadras y fue inaugurado en mayo de 2008 para evitar las fugas de los detenidos durante los traslados. Al año, más de 44.000 presos pasan por allí. Carvajal hace el recorrido por primera vez. Va acompañado de otros tres presos, lleva las manos esposadas a los pies, y dos gendarmes lo custodian. En algunos tramos el camino se vuelve un laberinto de rejas, con pórticos que detectan metales, máquinas de inspección de rayos X, y un moderno sistema de vigilancia que registra cada uno de sus movimientos.
Mientras cruza las puertas electromagnéticas para entrar a su celda, la cárcel le habla por primera vez:

-¡Llegaron las lavadoras! ¡Llegaron las lavadoras! –le gritan algunos presos desde las piezas.
-Acá hace falta una. Tráiganlo pa’ acá –replica otro.

Carvajal camina cerca de 25 metros escuchando el mensaje de bienvenida que le da la población penal: acaba de entrar y ya es candidato a transformarse en “perkin”, como le dicen en la cárcel a los presos que hacen las labores domésticas. En la entrada al módulo cuatro, un gendarme le asigna la pieza número uno, un sitio de tránsito que deberá compartir con un peruano acusado de homicidio, mientras a ambos les buscan un espacio definitivo y seguro. La habitación es un cubo de concreto de tres metros cuadrados: sin luz, sin agua, con una cama empotrada a la pared, un baño, y un receptáculo para la ducha. En medio de la oscuridad, Carvajal busca un espacio donde echar los huesos antes de dormir. Ovilla su cuerpo en la loza y reza en voz baja. Les ruega a los santos una segunda oportunidad, piensa en su esposa, en sus hijos, y en la cagada que ha dejado afuera. A tientas, también, aplasta cientos de chinches que se pasean por su cuerpo chupándole la sangre.
Carvajal se ha convertido en el primer detenido por el fraude al FUT: una bola de nieve que, meses más tarde, destapará el mayor escándalo de financiamiento a la política del que se tenga registro en el país.

EL OBRERO

Orlando Carvajal estaba casado y tenía una hija, cuando en 1994 conoció a Jorge Valdivia. Tenía 29 años y trabajaba como obrero. Llegó a la casa del martillero por recomendación de Carlos Barahona, uno de los mejores amigos de Valdivia. Allá lo contrataron para que terminara de construir unas oficinas y se demoró un par de días en sacar la pega. A la semana siguiente, Carvajal volvió a visitar esa casa. Esta vez, lo llamaron para que garzoneara en la celebración del bautizo de uno de los hijos de Barahona, donde el ex martillero era el padrino.

“Yo prácticamente era el obrero de la casa”, recuerda Carvajal. “Cada vez que había que hacer algo, ordenar mercadería o reparar el techo, me llamaba a mí”, agrega.

Carvajal llegó a Santiago cuando tenía cinco años. Su familia entera se mudó de Valparaíso a la población Escritores de Chile, en Recoleta. Por ese tiempo, su padre se dedicaba al montaje industrial para la minería, pero el trabajo era inestable. A medida que los hijos fueron creciendo, algunos abandonaron el colegio para ayudar económicamente en la casa. Carvajal lo hizo a la mitad de cuarto medio, cuando le quedaba poco para terminar. Un par de años más tarde, Valdivia se transformó en su jefe: “Para él yo era como un tonto útil: le reparaba su vehículo, su casa, arreglaba el techo de la casa de su señora, todo lo que se le ocurriera, pero era muy malo para pagar”. Fue por esa razón que decidió terminar cuarto medio, no quería llegar a viejo como obrero. En 1997 ingresó a estudiar auditoría en el Centro de Estudios Contables ECACEC. Cuatro años más tarde egresó, pero le fue mal: “Busqué trabajo por el diario y todos los avisos eran para personas recién egresadas menores de 25 o para gente con cuatro años de experiencia”, recuerda.

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Decidió partir de cero: renunció como jefe de bodega y se fue a una empresa que por menos plata lo contrató para que auditara un negocio. Luego de dos meses, Carvajal determinó que la compañía tenía pérdidas y el dueño cerró el local: “Me sentí usado”, dice al recordar el triste episodio que dejó a 20 personas sin trabajo. Luego de ese fracaso laboral decidió emplearse en una faena minera en el Norte. Trabajaba quince días y descansaba siete. Cuando estaba en Santiago, Jorge Valdivia le encargaba pequeñas tareas de construcción. Cuando no había nada que hacer, reclutaba a pequeños comerciantes, para llevarles la contabilidad. A cada uno le cobraba entre cinco y treinta mil pesos mensuales. A mediados de 2003 recibió un llamado del martillero: “Me pedía que regresara, que me tenía trabajo estable”. Carvajal le debía más de 200 mil pesos por un auto Fiat 147 que le había comprado. Con eso lo tentó: “Me dijo que me lo regalaba si me volvía a trabajar con él”.

Carvajal llegó a hacerse cargo de la contabilidad de Valdivia. Le preparaba el IVA todos los meses, la declaración de renta anual y estaba disponible para todo lo que se le ocurriera construir en la casa. Varias personas cercanas le advirtieron sobre los peligros de esta relación: “Te vas a condenar por ser el contador de Jorge Valdivia”, recuerda que le decían.

LOS NEGOCIOS

A los tres meses aparecieron los primeros problemas. Carvajal reclamaba que Valdivia no le pagaba cuando correspondía, así que decidió emplearse en el montaje industrial. Trabajó en distintas faenas en el área minera, forestal y la industria del cristal, hasta que en el 2007 llegó a trabajar a la minera Los Pelambres. Volvió al mismo sistema: en sus ratos libres siguió realizando los trámites contables de sus clientes, incluidos los de Jorge Valdivia.

El martillero se había convertido en una buena fuente de ingresos. A través de él, conoció a algunos pequeños empresarios, a quienes les cobraba medio millón de pesos mensuales por llevarles la contabilidad. De a poco su trabajo se transformó en un muy buen negocio. Cuando decidió renunciar a la minera, para convertirse en independiente, Carvajal había acumulado una lista de 50 clientes y ganaba casi tres millones de pesos al mes.

Orlando Carvajal entró en el círculo íntimo de Jorge Valdivia en el 2008. Aunque se veían diariamente, no eran amigos. Pese a eso, logró conocerlo muy bien: “don Jorge salía siempre en las mañanas, volvía sagradamente a las dos de la tarde, dormía una siesta y luego aparecía como a las cuatro”, dice, mientras trata de recordar más detalles de la rutina de su ex jefe. “Su negocio era comprar autos malos, arreglarlos y venderlos. Yo sabía que él era tránsfuga, pero era muy simpático”, agrega.

Según cuenta Carvajal, Valdivia adquiría los autos siniestrados que estaban en poder de Penta, mandaba a un grupo de amigos, entre los que estaba el contador, para que los arreglaran y los comercializaran: “el problema era que ninguno de nosotros era mecánico, y los vehículos andaban dos cuadras y se detenían”. Cuando los dueños iban a reclamar, Valdivia nunca daba la cara. Monitoreaba el pasaje con un ingenioso sistema de vigilancia compuesto de tres cámaras repartidas en la cuadra, por lo que siempre sabía quién lo buscaba.

Carvajal cuenta que el martillero siempre se jactaba que Hugo Bravo, el ex gerente general de Penta, era su jefe. Cuando cayó preso en 1999 por portar una granada, éste le pagó la fianza y le regaló una camioneta. A partir de ese momento, el martillero se transformó en el hombre de confianza de Bravo. Una vez, por ejemplo, le encargó que siguiera a su esposa para saber si tenía un amante: “Estábamos almorzando y lo llamó. Don Jorge le decía que la estaba viendo y que estaba con otro hombre, pero todo era mentira: estábamos todos cagados de la risa comiendo pollo en su casa”, recuerda el contador.

Carvajal cuenta que a Valdivia le pagaban un sueldo en Penta. En dos ocasiones, el mismo le pasó unas boletas para justificar unos pagos por un total de 9 millones de pesos que Empresas Penta le había hecho. Aunque ganaba mucho dinero, Valdivia había ideado un sistema para vivir sin gastar efectivo. Dos veces al año, por ejemplo, cobraba unos vales para comprar ropa en una tienda en Providencia y todos los días almorzaba con “cheques restorant”: “Tenía una caja de zapatos llena de talonarios. Se los pasaba Hugo Bravo y todo lo pagaba con eso, incluso la mercadería, que la compraba en los supermercados Los Alpes”.

La relación laboral entre Valdivia y Carvajal comenzó a distanciarse a mediados de 2010. En ese año, el contador se dio cuenta que el martillero tenía un extraño negocio en su contabilidad. Un día, un ejecutivo de un banco lo llamó para explicarle que habían dos balances completamente diferentes, y que eso era incongruente a la hora de pedir un crédito. Cuando tuvo posibilidad de revisar los números en el computador, se dio cuenta que alguien más había intervenido la cuenta. Apenas pudo lo encaró y le pidió que fuera honesto, que “si tenía una movida” debía decírselo, porque él era responsable: “No te preocupís, negrito, tengo un amigo en el Servicio de Impuestos Internos que es un genio”, recuerda Carvajal que le habría dicho durante esa conversación.

EL FRAUDE

A mediados de 2011, Carvajal diversificó su negocio. Además de llevar la contabilidad de 50 clientes, comenzó a trabajar con tres amigos de Jorge Valdivia: Roberto Freeman, un abogado que durante un par de meses lo mandó a cuidar un terreno que estaba en litigio; Lautaro Toledo, con quien formó en noviembre de ese año un negocio donde vendían artículos obtenidos en remates; y Conrado Civit, su socio en la venta de autos siniestrados y uno de sus mejores amigos en el grupo.
Fue Conrado, comerciante de la Quinta región, quien metió a Carvajal en el fraude. A comienzos de 2012, le planteó la posibilidad de sacar dinero del fisco. Lo único que tenía que hacer -le dijo-, era pasar los RUT y las claves con las que sus clientes entraban al portal del Servicio de Impuestos Internos. Por cada una ofreció pagarle 500 mil pesos, pero él se negó. Aunque desconocía completamente la operatoria, estaba seguro que el cerebro del fraude no era un contador. Llegó a la conclusión de esto, al analizar sus propias capacidades. Las matemáticas no le daban por ningún lado. No había nada que pudiera hacer para lograr que el fisco, “mágicamente”, le depositara plata a alguien. Entonces recordó aquella conversación con Jorge Valdivia sobre “un amigo genio”. Así descubrió que el “negocio” que le planteaba Conrado era el mismo en el que había pillado a su ex jefe: “En ese tiempo, él y don Jorge andaban ofreciendo esto como si estuvieran vendiendo fruta en la feria. Querían meter a todo el mundo, decían que se había abierto una oportunidad en el fisco”, recuerda.

Carvajal se quedó pensando en la idea. Le dio vueltas en la cabeza durante dos meses y la tentación lo obnubiló. Se puso a soñar: “Yo, decía: tengo 50 clientes, a lo mejor logro mis metas más rápido, me puedo comprar mi casa, un auto nuevo… por eso a la larga acepté. No tenía necesidad económica, así que lo hice por ambición”.

El primer RUT que pasó fue el de un amigo. El segundo, el de su suegra. El tercero, el de una vecina que lo conocía de chico. Dice que lo hizo por confianza, aunque lo cierto es que fue una traición: ninguno de los contribuyentes sabía lo que Carvajal estaba haciendo a sus espaldas. “Ahí la embarré, por último debería haberles contado”, afirma arrepentido. A los pocos días, la lista de RUT que le entregó a Conrado Civit se amplió: metió a un mecánico, a un pequeño contratista, a una almacenera, y a una señora que tenía una confitería. En total, ocho contribuyentes.

La primera rectificatoria se realizó el 21 de marzo de 2012. El mecánico, que durante el año tributario de 2009 había presentado un saldo de 18 mil pesos, mágicamente quedó con 10 millones a su favor. Dos días después ocurrió lo mismo con el contratista y la almacenera. A fines de abril, cinco clientes habían recibido un total de 50 millones de pesos. La operación se repitió en junio de ese mismo año, por la misma cifra. Los pagos se demoraron muy poco en salir. En 20 días, cada uno de los contribuyentes tenía el dinero en la cuenta del banco. Carvajal se arrepintió el mismo día en que un amigo –el primero de la lista- lo llamó para preguntarle por qué le habían transferido tanta plata de la tesorería: “Conrado me mandó a cobrarles el 50% del depósito, pero no lo hice. Al final, todos sabían que había tirado pa’ la cola”. Luego de unos días, visitó uno por uno a todos los clientes involucrados. No le tomó mucho tiempo para convencerlos de que se gastaran la plata sin contemplar la comisión: su vecina del barrio le pagó un tratamiento de ortodoncia y la universidad a su hija; la almacenera canceló todas sus deudas, arregló una sepultura y ayudó a su hermana que tenía un hijo enfermo; el contratista repartió la plata entre sus hermanos y sus padres, y lo que sobró se lo gastó en comer afuera los fines de semana. La única que guardó el dinero fue su suegra. “Mientras Hugo Bravo hacía esto para aumentar su riqueza, mis clientes gastaron su dinero en cosas para bien, porque todos son pobres. En un momento me sentí poderoso, como un Robin Hood, y mira la cagá que me mandé”, se lamenta.

Aunque la gente estaba agradecida, Carvajal se sentía asustado. Por un lado, Jorge Valdivia lo hostigaba cada vez que podía, porque creía que se había quedado con toda la plata que habían sacado. Por otro, le había llegado un rumor de que en el Servicio estaba la cagada con el fraude. Después del 18 de septiembre de 2012, Carvajal se sinceró con su esposa. La invitó a caminar y luego de contarle todo, le dijo que hiciera una denuncia por abandono de hogar. No quería que nadie de su núcleo familiar resultara afectado: ya era suficiente con la suegra, los amigos y los vecinos. A ellos también los visitó. Cuando se enteraron que todo era una mentira, su imagen de súper héroe se desplomó. La incredulidad dio paso al odio. Ese fin de año, Carvajal suspendió un viaje a Brasil que tenía programado con su señora y Conrado Civit. El 4 de enero de 2013 el Servicio de Impuestos Internos lo citó a declarar y contó la verdad. Allá se enteró que, dos meses antes, sus clientes ya habían visitado el departamento de delitos tributarios. Luego de eso, Carvajal entró en paranoia: “me quedaba tres días a la semana en la casa, el resto los pasaba en el auto o en casas de amigos, donde estaba hasta tarde para que me invitaran a dormir”.

Durante la celebración del día del padre de ese año, Conrado Civit murió de una fulminante dolencia al páncreas. Falleció sin que nadie lo llamara a declarar, pero la investigación terminó por vincular a su sobrino Francisco Civit con el fraude. El 22 de octubre de 2013, un extenso reportaje del diario La Segunda, destapó el caso, una clara señal de que las cosas habían llegado a su fin. El artículo mencionaba a una red de contadores y funcionarios del SII liderados por Iván Álvarez, un fiscalizador a quien se le atribuía ser el cerebro del grupo. Cuando Carvajal terminó de leer, recordó haber visto a Álvarez varias veces en la casa de Jorge Valdivia. Tuvo la certeza de que él era el “amigo genio” que modificaba los datos en el Servicio, para que luego los contribuyentes recibieran los pagos.

El 3 de diciembre de 2013, Carvajal quedó preso.

LA CÁRCEL

La primera noche que Carvajal durmió en la cárcel supo inmediatamente que de todos los lugares que conocía, éste era el peor del mundo. Al día siguiente lo reubicaron en un módulo de seguridad, en el que convivían ex funcionarios policiales con imputados por violación, abuso, homicidio, y fraude. Le tocó una pieza para él solo. La cama tenía un colchón y unas sábanas sucias. El único vestigio del anterior inquilino era una botella con detergente para pisos: “Con el Poett me bañaba, me lavaba el pelo, limpiaba el piso, y lavaba la ropa”. Todas las noches, antes de acostarse, Carvajal restregaba su única vestimenta para ponérsela semi húmeda al día siguiente. Luego de una semana, gendarmería autorizó para que su familia le llevara unas mudas de recambio.
En la cárcel no le costó mucho hacer amigos. Conoció a un preso que le pasó plata para que se comprara un cepillo de dientes y un jabón en el economato del penal, y a otro que le dio un sabio consejo: “En las visitas no debes llorar, tienes que ser fuerte, para que tu familia se vaya tranquila”, recuerda Carvajal que le habría dicho antes de que su esposa lo viera por primera vez.
A la semana siguiente, un preso que había llegado la noche anterior lo paró en el patio. Se presentó como Juan Carlos Prieto y le dijo que era contador. Aunque no se conocían, ambos estaban allí por el mismo fraude. Se hicieron amigos y vivieron en la misma pieza. De a poco, el módulo 12 se empezó a llenar de contadores. El 19 de diciembre llegó Iván Álvarez.

Carvajal lo reconoció durante una salida al patio. La pieza central del puzzle, el “amigo genio” del martillero, estaba al frente suyo: “Al principio me negó todo, pero después lo reconoció”. Álvarez estuvo dos semanas allí y luego lo trasladaron al anexo cárcel Capitán Yáber.

En julio de 2014, Jorge Valdivia murió de cáncer al colon. Antes, alcanzó a relatarle al fiscal todo lo que sabía. Durante los meses siguientes, el Fraude al FUT adquirió ribetes inesperados. La red de contadores y funcionarios del SII que intervinieron superó los diez y los contribuyentes involucrados alcanzaron los 122. Entre ellos, estaba Hugo Bravo, quien luego de reconocer todos sus vínculos con el martillero -los laborales y los personales-, acusó a Carlos Alberto Délano y Carlos Eugenio Lavín, los dueños del grupo Penta, de evadir impuestos inflando gastos y de financiar campañas políticas de forma ilegal. El fiscal separó las investigaciones.

En octubre de 2014, a Carvajal le llegó a su celda un expediente de 4.400 páginas del caso por el que estaba detenido. Se lo leyó en un mes. Se dio cuenta que sus clientes reafirmaban su versión, en cuanto a que no les había cobrado ningún peso, y entendió cómo se generaban los pagos. Donde otros veían declaraciones de impuestos con números inconexos, él se imaginaba a Iván Álvarez rectificando declaraciones, burlando el sistema desde su escritorio, para que los contribuyentes cobraran devoluciones inexistentes que luego debían repartir con el resto de los involucrados. Tras un largo período de estudio, llegó a una conclusión: aunque esto se le hubiese ocurrido a un contador, jamás podría haberlo hecho sin la complicidad de un funcionario.

El 24 de diciembre pasado y luego de 380 días de prisión, Carvajal aceptó todos los cargos que se le imputaban. Durante la realización de un juicio abreviado, el tribunal le impuso una pena de cinco años de libertad vigilada y lo multó con 309 millones de pesos, pagaderos en diez cuotas. Se transformó en el primer condenado por el Fraude al FUT.

LOS EMBARGOS

El teléfono de Carvajal suena seguido. Algunos quieren saber cómo está y qué ha hecho estos primeros días en libertad. Otros, lo telefonean solo para darle más problemas. Durante estas semanas, no ha parado de hablar con los clientes involucrados. Al igual que él, ellos también están endeudados con el fisco. La gran mayoría debe casi 50 millones de pesos, entre el dinero que se gastaron, las multas y los intereses.

Carvajal les ha dicho que él es el único responsable por sus problemas y que quiere ayudar en todo lo que pueda, pero las soluciones están lejos de su alcance. Ya no se siente poderoso. Durante las noches, lo embarga una culpa que no lo deja dormir. Desvaría con la idea de sacarse un premio en un juego de azar para cubrir las deudas, pero los llamados telefónicos siempre lo regresan a la realidad. Hace pocos días recibió uno que lo deprimió. Era una vecina involucrada que le contaba que había recibido una notificación de embargo. Como no había pagado la deuda, el fisco había tasado en 25 millones de pesos la vivienda social en la que vivía. Como nadie ha podido cumplir con los estrictos pagos ordenados, todos sus clientes corren el mismo riesgo: “La gente quiere devolver la plata que se gastó, pero no puede pagarla en diez cuotas. Yo mismo debo 300 millones. Para cumplir tendría que ganar 30 millones de pesos al mes, lo mismo que le pagaban a Hugo Bravo en Penta, pero ni mis clientes ni yo somos Hugo Bravo”, se queja. “Mira la estupidez que están haciendo. Pretenden embargar viviendas sociales a gente que no tiene dónde ir: van a solucionar un problema generando otro”, agrega.

Hace poco tuvo su primera reunión con su tutora de gendarmería. Fue acompañado de su esposa, para demostrar que está comprometido familiarmente a no meterse en nuevos líos. Debe demostrar, además, que es capaz de conseguir un trabajo. En el mes que lleva en la calle, sin embargo, encontrar clientes no ha sido fácil. Se ha reunido con varias personas, a quienes les ha contado toda la verdad, pero sólo una confió en él: “Mientras no me caguís a mí, todo está bien”, le dijo para cerrar el trato. Carvajal ha pensado mucho en su época de estudiante: “En la escuela de contadores, a nosotros nos enseñaron dónde estaba el límite de la legalidad, pero también nos dieron las herramientas para cruzarlo. Eso lo aprendí analizando el caso de Feliciano Palma, el autor de uno de los fraudes tributarios más grandes que ha existido en el país. En el futuro, va a pasar lo mismo con el Fraude al FUT: todos nosotros vamos a ser material de estudio para las próximas generaciones de contadores”.