protestas nisman efe

*

Entrevisté al fiscal Alberto Nisman en 2009, año en que la Corte Suprema ordenó reabrir la investigación por la voladura de la AMIA. Quince años después del atentado más grave de la Argentina, la injusticia seguía ahí. Los procesados habían sido absueltos en un juicio que se anuló por irregularidades en la investigación.

Durante 10 meses trabajé en un documental para The History Channel y conocí a varias personas vinculadas a la causa.

A Nisman lo recuerdo joven, locuaz, extrovertido, algo ansioso y vehemente con la pista de Irán como autor intelectual del atentado y Hezbolá de brazo ejecutor. Los expedientes superaban los mil cuerpos y ocupaban más de una habitación. “Conozco y entiendo la desconfianza que hay en la Argentina con esta causa, desde el año 2005 que se está haciendo un trabajo con absoluto apego a la legalidad. Creo que se han logrado muchísimos avances después de mucho tiempo”, dijo. Se refería no sólo a que por fin parecía encaminarse la causa sobre la dinámica del atentado (a cargo del juez Rodolfo Canicoba Corral), sino a los avances en la que investiga el encubrimiento (a cargo de Ariel Lijo). Dijo que había sido amenazado alguna vez, pero que “gracias a Dios nunca pasó nada. Es parte del trabajo”.

Tras la entrevista a Nisman estuve en las oficinas de Carlos Telleldín, un armador de autos que pasó 10 años en prisión, acusado de entregar la Traffic con la que -una de las versiones dice- se voló el edificio. Telleldín es la cara más conocida de “la conexión local”, que comprometió a 22 personas, y uno de los principales hilos por donde se anuló el primer juicio. El detalle más televisado: el pago del ex juez Galeano de 400 mil dólares a Telleldín a cambio de la confesión que compromete en el atentado a policías bonaerenses. Mientras estuvo preso, Telleldín se recibió de abogado. Ahora viste de traje y corbata, atiende a una clientela VIP, quiere armar un partido político de presos, y está otra vez cerca de un juicio oral.

Un colega que seguía el tema desde los primeros días me aconsejó leer los primeros cuerpos de la causa, para detectar qué es lo que se pretendía encubrir. No soy una persona miedosa, menos aún cuando trabajo, pero mientras investigué el atentado a la AMIA tenía todo el tiempo la sensación de que algo muy siniestro estaba por ocurrir.

Pocas horas después de la emisión del documental, un entrevistado, Claudio Lifschitz, ex secretario de Galeano y testigo de las maniobras de encubrimiento, llamó a las tres de la madrugada a mi celular: quería dar a conocer que, aunque tenía custodia, habían intentado matarlo a tiros desde un auto en plena calle. Acusaba a la Secretaría de Inteligencia (SI) y a uno de sus agentes, Jaime Stiuso. Stiuso formaba parte de la cúpula de la SI y fue desplazado hace unas semanas en los cambios de autoridades en esa secretaría, que depende de la Presidencia de la Nación y tiene rango de ministerio. “La actividad de la SI a lo largo de la causa es algo que nadie revisó”, decía un funcionario judicial en ese documental. Y Horacio Verbitsky, en su nota de Página/12 a propósito de la muerte del fiscal, deja picando: “En el mes transcurrido desde el descabezamiento de la SI abundaron las opiniones críticas sobre la promiscuidad entre los servicios de informaciones y la justicia federal. Pero esto no comenzó ahora. Es un hilo que viene desde tiempos de la dictadura y se continuó a través de los gobiernos de la democracia”.

La semana pasada rememoré “Nuestro hombre en La Habana” esa novela de espías de Graham Greene donde la realidad y la ficción se superponen con violencia. Después pensé en la sensación extraña al terminar el documental: la de un puzzle trucho. Las piezas no encajan. Tras leer y escuchar tantas versiones, la única verdad eran 85 muertos. Quiénes y cómo ejecutaron el atentado, sigue siendo un misterio. Ahora suma un muerto más. Lamentablemente, no creo -como publicó el diario La Nación, que Nisman sea “el fiscal que se ganó un lugar en la historia por denunciar a la Presidenta en la causa AMIA”. Me apena y duele su muerte. Me cuesta creer que alguien muera en la víspera. Lo justo hubiera sido escucharlo, debatir su denuncia en los tribunales. L​a extraña muerte del fiscal -en el barrio más seguro del país, en una torre blindada, con 10 custodios de la Policía Federal dedicados a cuidarlo- me arrastra de nuevo a la novela de espías, a los que embarran la cancha, a la mancha de la impunidad en un país que no ha conseguido avanzar en este tema, por más que ha logrado condenar a otros que hace años parecían imposibles de juzgar.

*Periodista argentina. Prosecretaria de Redacción
de la agencia Infojus Noticias.