Valparaíso

El Valparaíso de la pátina o costra de mierda canina (y de orina pendejística carretera y demases) que pone jabonoso el pavimento los días de llovizna o vaguada costera, y con el que puedes sacarte la cresta. Ese Valpo es el dominante para los que padecen el día a día, pero no para los especuladores ni para la empresa portuaria ni para las familias económicas que pretenden construir un muro costero en su borde y dejar la ciudad imposibilitada de su acceso natural al mar (dicho así, sin delirio). El Valpo precario y pauperizado (o poetizado y hasta patrimonial) no es necesariamente el proyecto alternativo al especulador que viene de la época de cuando los milicos privatizaron el Estado y se lo entregan a los grupos económicos.

Una ciudad es muchas cosas, subjetivas y objetivas, de ahí pueden surgir relaciones de amor y odio con ella, pero de lo que no cabe duda es de que los hijos de puta (empresarios, políticos y especuladores) la desprecian profundamente, sobre todo por omisión. Aunque el odio parido, suponemos, debe tener como objeto a los grupos gentrificadores que pertenecen a su misma etnia, por no decir clase (para complejizar el término). Parecido al odio que le tenemos a los negros UDI (el alcalde de Valpo sin ir más lejos, antiguamente los llamábamos desclasados). Recuerdo una reunión fallida para informar sobre el proyecto Terminal 2 en la Sala Rubén Darío de la UV en que una de las empresas aleonó (y acarreó) a trabajadores portuarios en contra del “cuiquerío santiaguino” que hacía peligrar sus pegas, que es una de las promesas de campaña empresarial.
Lo concreto es que una ciudad como a la que apuestan los nuevos grupos gentrificadores es la que más respeta el modelo original, con su anfiteatro natural y su modo particular de vida, que busca compatibilizar visiones y no imponer un modelo de desarrollo basado en la ausencia de Estado, sobre todo en un contexto en que el municipio asume la cuestión patrimonial. El bulling que padecen estos grupos, tanto de la derecha como de la izquierda boluda (Bullying es el nombre de una óptica clásica que hay en la Plaza Aníbal Pinto que a estas alturas deviene simbólica) no los amilana, porque muchos de ellos son de la zona y no son ingenuos, y afirman su derecho a la vida pública.

Estos nuevos residentes, incluidos algunos extranjero(a)s, son una inversión de capital simbólico y del otro. Esto se ve en la iniciativa, por ejemplo, de Puerto de Ideas, Festival de las Artes de Valparaíso y en Dinamarca, que es un complejo de oficinas emergentes, talleres y de asociatividades interdisciplinarias, como me comenta Daniel Morales, y en muchas otras iniciativas privadas o colectivas. El contraste es radical, son muy pocas las autoridades locales las que residen en Valpo. Una de ellas es el alcalde, uno de los pocos. Es probable que la imagen culturosa que ha adquirido Valpo tenga una incidencia potente en este nuevo marco. El hecho de que el ministerio del ramo esté en Valpo debiera ser algo mucho más notorio a nivel de presencia del Estado. Por eso se necesita su intervención decidida en este enclave urbano llamado Valparaíso, no sólo para protegerlo, sino por autoafirmación territorial, para no usar la palabra identidad. Habrá que reconocer que el único territorio chileno en que el Estado intervino radicalmente (y personalizadamente) fue la carretera austral con Pinochet, y eso se nota.

En alguna oportunidad conversaba con amigos sobre esta palabrota de gentrificación y concluíamos que no eran muchas las oportunidades históricas en que sectores de clase alta chilena (para no llamarle oligarquía) copiaba asumía como propios modelos populares de ocupación territorial, siempre fue al revés.

El nuevo país posible tiene impronta territorial, por eso necesitamos contratar un Estado que se haga cargo de nosotros. O al menos de coordinar el Valpo del negocio portuario, el Valpo de los pescadores, el Valpo de los cerros, el de los políticos mafiosos y el Valpo patrimonial, y el Valpo culturoso, porque parecen ir cada uno por su lado y casi no se topan.