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* Este texto fue construido a partir de una entrevista telefónica realizada por la periodista Melissa Gutiérrez.

Yo nací en una familia que fue perseguida desde el inicio por la dictadura. Entonces tenía a la mitad de mi familia exiliada, tenía a mi abuelo desaparecido, muchos amigos de mis padres habían tenido que vivir en la clandestinidad, mi padre trabajaba en la Vicaría de la Solidaridad, por lo tanto yo sabía lo que ocurría en el país. Mi madre, mis tías, mis abuelas participaban en la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, por lo tanto los que éramos niños en esa época éramos muy consientes de lo que estaba haciendo la dictadura. Nosotros sabíamos, por ejemplo, que a Manuel (Guerrero) lo habían perseguido, que había estado preso. O sea, no vivíamos en una burbuja, sabíamos perfectamente lo que pasaba.

No sé cuáles son los primeros recuerdos que tengo de él. La verdad es que esto pasó hace 30 años y yo tenía 11 años cuando lo mataron. Entonces como que tengo recuerdos generales de él, de la playa, de cómo jugábamos, de cómo él era súper creativo. Nos hacía cuentos que los pintaba él mismo, nos ayudaba en los trabajos del colegio de una manera muy lúdica y de una atención muy única que tenía por todos nosotros. Yo igual sí que logré vivir harto con él, entonces siempre lo he tenido muy presente. Tuve la suerte de poder vivir con él, jugar con él y que me enseñara muchas cosas. Él está muy presente en mi vida.

Yo me iba del colegio muchas veces a la Vicaría y pasaba ahí las tardes. Y sabía lo que estaban haciendo, veía a los familiares de desaparecidos o presos o ejecutados que llegaban ahí. Ahí funcionaba la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Yo acompañaba a mi papá muchos días sábado en que él estaba trabajando en los archivos de la Vicaría, por eso digo que la educación en los Derechos Humanos es algo fundamental. Nosotros como familia, por mucho que hemos sufrido, jamás se nos ha ocurrido que los criminales que atentaron contra la vida de Manuel, de Santiago y de mi padre deberían ser privados de sus derechos fundamentales y eso es algo en lo que nosotros crecimos y por lo tanto creemos. No es algo que uno pueda pensar de un momento a otro, es una educación. Una educación en la diversidad, de respeto al que piensa distinto, y yo creo que nosotros somos así porque mi familia se ha preocupado de eso y porque hemos vivido rodeados de gente que ha hecho de la causa de los Derechos Humanos la causa de su vida.

Mis padres eran comunistas, tenían amigos comunistas, era parte de sus vidas. Mi abuelo, Fernando Ortiz, que el año ’76 fue detenido y estuvo desaparecido hasta el 2001, fue Secretario General del partido comunista, entonces es parte de mi historia.

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Desde que yo nací mi papá trabajó en la Vicaría. Fue parte del Comité Pro Paz que existía antes de la Vicaría, como chofer. Y luego cuando se formó la Vicaría pasó a formar parte de ella, pero toda mi familia trabajaba en Derechos Humanos. Mi tía abuela Paz Rojas trabajó en el Codepu (Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo)y se ha dedicado su vida a investigar casos de violaciones a los Derechos Humanos y los efectos que ha tenido en las víctimas y en los victimarios. Mi abuela María Eugenia Rojas fundó y fue directora ejecutiva del PIDEE (Fundación de Protección a la Infancia Dañada por los Estados de Emergencia), que era una ONG que se preocupaba de los hijos de presos políticos retornados, hijos de ejecutados. Mi abuela María Maluenda fundó el Codepu, por lo tanto no es que ellos en un momento de la dictadura decidieron defender los Derechos Humanos, sino que inmediatamente cuando comenzó la dictadura, mi familia en su conjunto se dedicó a defender los Derechos Humanos, a defender a la gente que estaba siendo detenida, buscada, relegada. No había mucha opción en esos momentos. Estaban matando gente y había que defender a esa gente porque la estaban matando simplemente por como pensaban. A mí como niña a veces me daba miedo, mi mamá iba mucho manifestaciones, pero entendía profundamente la necesidad que tenía toda mi familia de hacer lo que hacían. Y hoy día estoy muy orgullosa de ellos y muy agradecida de que hicieron cada una de las cosas que hicieron.

Al mismo tiempo que mi familia se dedicó a la defensa de los Derechos Humanos, también se dedicaban todo el tiempo a pasarlo bien, a hacer fiestas, a cantar, a jugar con nosotros, a llevarnos de paseo a mí y a todos los niños que estaban alrededor nuestro. En mi casa se escuchaba desde los Beatles hasta Inti Illimani. Les gustaba bailar cumbia, eran gente que lo pasaban bien. Salíamos de paseo, organizábamos cumpleaños y fiestas. O sea, yo no tuve una infancia oscura para nada. Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia. Porque mis padres y sus amigos eran gente que celebraban la vida y que la seguimos celebrando los que seguimos vivos.

Las familias, las personas a las que la dictadura intentó exterminar, eran personas con un profundo amor por la vida, y con un profundo amor por el goce y por el placer. Y yo creo que eso nos salvó a todos de la barbarie de la dictadura y no nos transformó en ellos. Eran gente que confiaba y creía en la vida. Y nosotros, sus hijos, somos gente que confía y cree en la vida.

Cuando mi papá fue asesinado yo tenía 11 años, era una niña, pero es parte de la historia que evidentemente la represión que vivió el país dentro de los primeros años de la dictadura, había descendido en su nivel selectivo. Y por eso este y otros casos fueron de un impacto tan grande en la población en general. Porque ya los aparatos represivos del régimen habían dejado de trabajar de esa manera tan selectiva y estaban reprimiendo más generalizadamente en las protestas, en las poblaciones. Por lo tanto la indignación que causó este caso, como muchos otros en ese periodo fue muy grande y causaron el impacto totalmente contrario a lo que esperaba la dictadura, que era asustar y amedrentar a la población. La gente salió a las calles. Internacionalmente el impacto de este caso fue muy grande porque había empezado ya el proceso de movilizaciones sociales fuertes, pero acordémonos que el año ’86 es el crimen de Rodrigo Rojas y Carmen Gloria, unos meses antes había sido el crimen de Tucapel Jiménez. O sea, los aparatos represivos seguían funcionando.

Yo creo que lo que nuestro país tiene que hacer es legislar respecto de las violaciones a los Derechos Humanos de manera más definitiva. Hoy día el reglamento de Gendarmería no distingue entre presos comunes y presos por delitos de lesa humanidad. Eso es un problema de nuestra institucionalidad, que no se ha hecho cargo cabalmente de las necesidades de justicia y reparación para que en Chile nunca más vuelvan a ocurrir crímenes de esta manera. Entones hay un esfuerzo que hacer desde el Ejecutivo, desde el Legislativo y por supuesto que desde el Poder Judicial también.

Nosotros sabemos y tenemos identificadas a las personas que participaron en el crimen, sabemos lo que pasó, pero aún hay mucha gente que no sabe lo que ocurrió con sus familiares. Hoy día nos enfrentamos a esta situación en que algunos de los criminales gozan de beneficios carcelarios, que en nuestra opinión no cumplen con los mínimos requisitos legales que deberían cumplir para acceder a estos beneficios, más allá de que nosotros pensamos de que se deberían modificar los requerimientos para criminales de lesa humanidad. Es muy violento cuando ocurre esto. Todos los procesos que uno ha hecho de intentar sanar el dolor, retroceden porque finalmente el Estado no está defendiendo a las víctimas, que es lo que debería hacer.

Pero sin duda, y suena tan contradictorio, hemos tenido suerte, entre comillas, de poder saber qué fue lo que ocurrió con nuestros familiares. Por lo tanto la institucionalidad de nuestro país todavía tiene una deuda muy grande con la justicia y la reparación, pero también para impedir violaciones a los Derechos Humanos que han ocurrido en democracia. Yo creo que tenemos una deuda pendiente muy grande y que requiere de un compromiso de todos los sectores políticos, de la sociedad civil y de las instituciones.

Nosotros aprendimos a vivir como todos los chilenos que nos mataron a alguien o que alguien estuvo preso. Mi caso no es nada especial, hay miles de chilenos que tienen algún familiar asesinado, torturado, exiliado, relegado. Y todos nosotros nos rearmamos frente al dolor y seguimos viviendo. Somos personas que a pesar de todo lo que ocurrió, nunca hemos dejado de creer en la vida, en la justicia, en el imperio de los Derechos Humanos. Y mi caso no es especial, hay muchas personas que desde el mismo día del Golpe aprendieron a vivir con el dolor que provocó la dictadura, y a no dejar que el horror que la dictadura quería imponer sobre nuestras vidas fuera más grande que nuestro respeto por la vida y por los Derechos Humanos de todos los seres humanos, pero en su integridad. En que las diversas familias que existen en Chile tengan derecho a vivir con los mismos derechos que las familias tradicionales, que la diversidad sexual tenga sus derechos asegurados, que los pueblos indígenas tengan sus derechos asegurados, que todos los chilenos y chilenas tengamos derecho a la educación y la salud. Los Derechos Humanos no sólo son el derecho a la vida y la libertad, sino un conjunto de derechos que deben ser garantizados por el Estado y creo que ese es el desafío que tenemos como país y sociedad.

Creo que lo que vivió el país para los 40 años del Golpe militar, bajo el gobierno del Presidente Piñera, fue un enorme avance en materia de reconocimiento institucional a las faltas que hubo durante la dictadura. Yo reconozco las declaraciones del Presidente Piñera para los 40 años, reconozco las declaraciones de la Corte Suprema y creo que si bien falta muchísimo en justicia, sí hemos avanzado en un consenso país sobre la necesidad de que en Chile nunca más ocurran actos de este tipo y de que no estaban justificados. Creo que la defensa y la promoción de los Derechos Humanos no pasa sólo por leyes de justicia y reparación. Creo que la cultura de los Derechos Humanos es algo que se enseña desde pequeños, desde niños y en el sentido más amplio, como los derechos sociales y culturales que deberían estar garantizados por el Estado y no lo están.

Treinta años son treinta años, es un número grande, importante. Pero todos los años son importantes. Si bien todos los días uno se acuerda de lo que ocurrió el ’85, yo creo que en los aniversarios es más fuerte el recuerdo, pero lo que también es más fuerte es ver que cada año son muchas las personas, los jóvenes y los niños que reconfirman su compromiso con la vida, con los Derechos Humanos, con los valores que inspiraron a Santiago a Manuel y a José Manuel, que son los valores de la solidaridad, del respeto al otro. Yo creo que eso es muy importante, por lo menos para mí, en cada aniversario. Ver que lo que inspiraron ellos fue la cultura de la vida y no la cultura de la muerte, que fue lo que intentaron hacer los criminales que los asesinaron y que planearon su asesinato.

Mi experiencia es que el dolor no se va nunca. El dolor de haber crecido sin mi abuelo y el dolor de haber sido testigo del secuestro y posterior asesinato de mi padre. Es un dolor con el que uno vive, pero también desde donde uno saca energía para hacer lo que hago. Y en el fondo yo me he dedicado a trabajar en el sector cultural, que es donde yo creo que se juega parte muy importante de cómo la sociedades conviven. Por lo tanto, uno vive con el dolor, pero ese dolor uno logra transformarlo en una energía que construya vida y no que construya muerte.