SIQUEIROS-Detalle-de-'Muerte-al-Invasor',-el-mural-pintado-por-Siqueiros-y-su-equipo-en-la-Escuela-México-de-Chillán

Mediados de 1940, Penitenciaría Federal de México. El célebre muralista mexicano David Alfaro Siqueiros es arrancado de su celda, donde ha permanecido por más de un año tras intentar asesinar a León Trotsky. El artista es sacado del penal de manera oculta, por una puerta trasera, para ser introducido en un automóvil. La siniestra caravana arranca con rumbo desconocido. Siqueiros teme por su vida. Tras horas de marcha, un alto funcionario le comunica que va al encuentro del Presidente de la República, general Manuel Ávila Camacho y que de esta entrevista depende su libertad.

Los vehículos ingresan en una enorme finca resguardada por soldados federales. Siqueiros es depositado, solo, en el hall de entrada. Introducido en el despacho presidencial, el Presidente lo recibe con la mayor cordialidad y le pregunta: “¿Usted ya no se acuerda de mí, Sr. Siqueiros?”. El descolocado artista no atina a responder, cuando el mandatario lo interrumpe: “No, no, usted ya no se acuerda de mí, pero el caso es que usted y yo hemos dormido juntos”. Aún más desconcertado, Siqueiros retruca: “Que no sea tanto, Sr. Presidente”. Ávila enrojece y aclara. Durante la Revolución mexicana, tras la captura de Guadalajara, un joven teniente pidió amparo en una casucha. Llovía a cántaros y la miserable choza apenas daba abasto. Los oficiales, apelotonados, lo echaron fuera. Pero Siqueiros lo hizo entrar y lo acomodó como pudo en su petate. Ese desventurado teniente era el actual presidente de México. Un gesto desprendido y ya olvidado le otorgó a Siqueiros, 25 años después, su liberación. Sin embargo, Ávila Camacho le advierte: sabe que intentarán asesinarlo y, para resguardar su vida, será enviado lejos, a la República de Chile.
Siqueiros, disciplinado militante comunista, era objeto del odio de los trotskistas. Su líder había sido asesinado pocos meses después del fallido atentado en el que participó el mismo Siqueiros. Buscando alguna forma de liberar al muralista y salvarlo de la muerte, entró a escena otro famoso comunista: Pablo Neruda. El poeta chileno era entonces cónsul general de Chile en México. Según cuenta en sus memorias, visitó a Siqueiros en la penitenciaría y, en un régimen bastante laxo, salían de copas junto con el director del penal, para devolver cada noche al reo a su celda. Neruda, con el auxilio del embajador mexicano en Chile Reyes Espíndola y la socarrona complicidad del recientemente electo Pedro Aguirre Cerda, acordaron con Ávila Camacho el viaje de Siqueiros a nuestro país.

A la mañana siguiente Siqueiros es conducido al aeropuerto donde lo aguardaba un avión junto con su esposa y su hija. El viaje consideraba una escala en Panamá, pero Siqueiros, temeroso o tal vez paranoico, supuso que los gringos querrían capturarlo. Modificó entonces el itinerario y desembarcó en Colombia, donde siguió viaje a Chile por tierra. Tras un largo periplo, entró a al país por la frontera norte, desde Tacna. Los carabineros de guardia jamás habían visto a un mexicano. Sorprendidos de que no estuviera vestido como Jorge Negrete, lo interrogaron al respecto con ánimo de joderlo. Siqueiros agarró la hebra y aseguró que el atuendo de charro lo traía en la maleta y que el enorme sombrero mexicano lo había enviado por avión. Encantados los pacos con estos cuates tan chingones, les firmaron los pasaportes, llamaron un vehículo especial y los hospedaron en el mejor hotel de la ciudad. Ya instalados y en medio de la noche, fuertes golpes en la puerta les advirtieron la llegada de la policía civil. Resultó que la orden de entrada de Siqueiros a Chile había sido revocada. Al parecer la oposición al gobierno del Frente Popular se había quejado por la llegada de este individuo “deslenguado, bebedor, pendenciero y además, comunista de armas tomar”. La derecha chilena ya había soportado bastante con la llegada de dos mil republicanos españoles refugiados de la guerra civil. El arribo de Siqueiros significó para Aguirre Cerda la acusación de pro bolchevique.

Temiendo que lo enviaran de vuelta a México y a prisión, Siqueiros se comunicó con el embajador mexicano en Chile. Las dificultades fueron resueltas al más alto nivel. Pedro Aguirre Cerda llamó a Manuel Ávila Camacho y ambos presidentes alumbraron una idea genial. Tras el terremoto de Chillán de 1939, México había donado, en un gesto de solidaridad americana, la construcción de una escuela en esa ciudad que sería bautizada como Escuela México. El destacado muralista Siqueiros venía a Chile, justamente, a pintar un mural en esa escuela. Por lo tanto se dirigiría a Chillán, donde, sujeto a la vigilancia de las autoridades correspondientes, materializaría este gesto de hermandad artística chileno-mexicana.

Siqueiros voló a Santiago, permaneció un par de días en el Hotel Carrera y fue enviado rápidamente a Chillán. Ahí lo recibió un sujeto de apellido Saavedra, quien resultó ser un antiguo militante trotskista. En consecuencia, instaló a Siqueiros y familia en una estrecha vivienda y lo matriculó con el almuerzo cotidiano cocinado por su esposa, una exigua y detestable merienda cocida en grasa. Habiendo visitado la escuela y examinado la biblioteca donde se pintaría el mural, Siqueiros vio que necesitaría ayudantes para enfrentar el arduo trabajo. Su demanda llegó a la Escuela de Bellas Artes de Santiago, donde causó sensación entre la juventud que corrió a matricularse. Pero este mismo desordenado entusiasmo no hizo sino complicar las cosas; el muralista no podía viajar a Santiago a seleccionar a sus ayudantes y éstos no recibirían paga por su trabajo. Para no dilatar el inicio de la obra, Siqueiros contrató a un grupo de maestros albañiles, totalmente ignorantes en el arte pictórico, y con ellos se lanzó a la faena.

En medio de estas dificultades arribaron a Chillán dos jóvenes estudiantes de arte, Erwin Werner y Alipio Jaramillo. Estos muchachos, llevados por el amor al arte, habían abandonado Santiago en pos del afamado maestro sin recurso alguno. Así, la exigua vianda tuvo que multiplicarse por cinco. Al poco tiempo la solidaridad artística y la hambruna se incrementaron con el arribo de un joven Camilo Mori, de Luis Vargas Rosas y Gregorio de la Fuente. La tradición local recuerda que los chillanejos, apiadados de tantas carencias y zozobras, los trasladaron al hotel El Viajante, de modesta constitución y espléndida mesa, regentado por una corpulenta patrona de nombre Celinda. La gorda Celinda adobó a Siqueiros y sus muchachos con la contundente y sabrosa gastronomía local. El mexicano pudo desquitarse entonces de los sinsabores del trotskismo a punta de cazuelas, asados y longanizas. Sumergidos cada noche en un antro subterráneo llamado El Cahuín, el equipo de muralistas apagaba la sed a punta de vino tinto y aguardiente. Entonces el coraje del mexicano, exaltado por las libaciones, lo hacía desenfundar el pistolón que jamás abandonaba, para arrojar balas al brasero, y divertirse a lo mero macho con las súbitas explosiones.

Por dos años y medio se prolongó esta rutina de trabajo duro y hospitalidad ñublense. Enfrentado a no pocos problemas de óptica y matemáticas, Siqueiros decidió redondear la sala de la biblioteca colocando tabiques en los bordes entre los muros y el techo. El motivo del mural era la relación entre Chile y México y sus luchas sociales. El título de la obra, de fundamento antiimperialista, sería “Muerte al Invasor”. Los muros se fueron poblando poco a poco de volcanes y fuegos en el estilo grandilocuente y dramático del muralismo latinoamericano. Emergieron Recabarren, Lautaro, Bilbao, Galvarino, Balmaceda y Caupolicán, Cuauhtemoc, Hidalgo Juárez, Zapata y Cárdenas. Debido a la peculiar forma de la sala, baja y alargada, Siqueiros debió adaptar nuevos métodos pictóricos y geométricos. Creó lo que él llamaría el método cinético o cinematográfico, rompiendo las figuras y entrelazando sus miembros, lo que produjo una curiosa sensación de movimiento según desde donde las viera el observador. El artista vislumbró el éxito de su método cuando vio a un grupo de niños que corrían por la biblioteca gritando “Mira cómo se mueven los gigantes”.

Avanzado el trabajo y relajadas un tanto las restricciones a las que estaba sometido, pudo viajar por el país. En Valdivia y Puerto Montt le llamó la atención la abundancia de banderas nazis y las muchedumbres de jóvenes descendientes de colonos alemanes desfilando con uniformes pardos y esvásticas en el brazo. Notó espantado que si alguien osaba hacerles una pregunta en castellano, o callaban o respondían ladrando en alemán. Otro pasatiempo de estos mozalbetes era examinar minuciosamente los árboles genealógicos familiares, incluso los propios, buscando desentrañar el menor vestigio de sangre judía. Estos desvaríos, estúpidos y brutales, eran aún más grotescos ya que sus abuelos habían llegado a Chile huyendo precisamente de la tiranía militarista de Bismarck, con la esperanza de fundar comunidades liberales y tolerantes. Pero los nietos ya no consentían las atrasadas ideas de los pioneros.

Para aliviar estos sinsabores, Siqueiros viajó a Talca, en sus palabras “tierra de hombres ingeniosos y petulantes”. Los talquinos, lanzados con el maestro en borracheras endemoniadas, dieron fe de estas prendas y le aseguraron que era justamente ahí, en la aristocrática Talca, que estaban enterrados los restos de Don Quijote, y que este había llegado a Chile acompañando a Pedro de Valdivia. Más aún, el caballero de la triste figura habría moderado muchas de las brutalidades cometidas por los conquistadores, siendo a su vez el protagonista de muchas y muy heroicas hazañas.

Finalmente, el mural sería inaugurado el 25 de marzo de 1942. El presidente Aguirre Cerda no pudo asistir a la inauguración de esta obra, fruto de su astucia política. Había muerto cuatro meses antes. En su lugar estuvo presente el vicepresidente Dr. Jerónimo Méndez y el embajador mexicano Reyes Espíndola. Neruda, acusado de haber expedido la visa de Siqueiros de manera irregular, recibió como premio la suspensión de sus funciones de cónsul por un mes sin goce de sueldo. Tras permanecer dos años y medio en Chile, Siqueiros viajaría a Cuba y tras varios meses volvería a México de manera clandestina, pues se le acusaba de “haber escapado del gobierno federal”.

A pesar de tantas y tan variadas dificultades, el mural de Siqueiros en la Escuela México de Chillán es considerado una de las cumbres de su producción artística. Según Carlos Fuentes, ”Siqueiros en Chile alcanzó la perfección de su arte”. Algunos entusiastas han llegado a calificar a “Muerte al Invasor” como “La Capilla Sixtina de América del Sur”.