Copiapo 01

En un brillante artículo publicado por Roger Senserrich (http://www.jotdown.es/2015/03/ser-pobre-es-una-mierda/) el autor se acerca de una manera comprensiva al fenómeno de personas concretas que viven a diario la pobreza. Cuando hablamos de pobreza, dice en su artículo, no hablamos de vivir en casas pequeñas, en barrios con un estigma social o de comer mal. Sino que hablamos, en palabras del autor, “de miedo, angustia y temor constantes, a menudo en solitario, sin que nadie se digne a prestarte atención”.

¿Cuántas personas en esa situación hay ahora en las regiones áridas de Antofagasta, Atacama y Coquimbo? ¿Cuántas personas apenas tuvieron tiempo de celebrar la lluvia que llegaba tras estos 18 años de sequía porque los aluviones de agua y lodo arrasaron con todo a su paso?
Y es que la verdadera tragedia de los mal llamados “desastres naturales” consiste en que, a causa de ellos, se nos muestran los cientos de imágenes cotidianas que son invisibilizadas a diario. Y así, la naturaleza nos muestra, una vez más, que algunas personas sufren estos desmanes con mayor fuerza que otras, que la vulnerabilidad es la imposibilidad de enfrentar siniestros y que, frente a ellos, hay quienes no ven disminuido su bienestar, mientras otros lo pierden todo.

Ya hace tiempo que dejamos de entender este tipo de catástrofes como inevitables y desafortunados caprichos de la naturaleza. No es el primer caso chileno en que queda en evidencia que el Estado, las empresas y la sociedad en su conjunto desempeñamos, con nuestras acciones y omisiones, un papel central en la magnitud de los efectos que este tipo de acontecimientos naturales tienen sobre las comunidades.

Hace tiempo que comprendemos que localizar a una población en áreas riesgosas, seguir autorizando la utilización indiscriminada de los recursos hídricos, seguir autorizando la construcción de relaves mineros donde viven comunidades, obviar la infraestructura necesaria y contar con medios precarios para lidiar con inundaciones, son, sin duda, causa de desastres sociales, no naturales. Hace tiempo que entendemos que no se trata de una crueldad del destino, sino de un desafío que debe ser encarado en forma integral y que, por tanto, tiene una solución que no es sino política y económica. ¿Por qué, entonces, seguimos cometiendo los mismos errores? Recordemos, no sin un dejo de rabia, las palabras de un poblador de Valparaíso que contestaba a la autoridad a raíz del incendio del año pasado: “los pobres no elegimos dónde vivir, es lo que nos toca”.

Uno de los factores más importantes a tener en cuenta ahora en el norte, aparte de una nueva ubicación para las personas que perdieron sus casas, es preguntarse qué tipo de desarrollo estamos pensando para nuestro país: no es justo que la sociedad sufra las fatales consecuencias de actividades que tienen muy poco control, como la minera, la forestal o la energética. Sólo en Atacama y Coquimbo existen más de 250 tranques de relaves sobre los que ahora, a causa de las intensas lluvias, surge la preocupación por su seguridad (una preocupación que viven día a día las comunidades del norte pero que nosotros solo conocemos en situaciones extremas como esta).

Los tratados ratificados por Chile obligan al Estado a no violar el derecho a la vida y a la salud, empleando la debida diligencia para prevenir y asegurar el juzgamiento y la reparación de tales violaciones por parte del mismo Estado, o por el actuar de los privados.
Pero conflictos ambientales y sociales como los que hoy se suceden en el norte, evidencian que el cruel mercado ha tomado la delantera por sobre las garantías y los derechos de la población. El Estado no cumple adecuadamente con su deber de regular, planificar y fiscalizar adecuadamente. De lo contrario, la naturaleza que a veces nos es adversa, no se ensañaría con los mismos de siempre, contra aquellos que acertadamente Senserrich señala como los que “nadie les presta atención”. Y por eso, también en Chile, ser pobre es una mierda.

*Director Fundación Superación de la Pobreza.