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-¿Qué te pareció el nuevo gabinete?
Hay varias cosas que analizar más allá de los nombres. Como se hizo el cambio de gabinete demuestra que no hay un proyecto político de país de la Nueva Mayoría. La Nueva Mayoría es una carcasa que estaba cohesionada a Michelle Bachelet. Sin ella no tiene elementos aglutinantes. Como se anunció el cambio también es a considerar.

-¿Te refieres a que haya sido en la tele, con Don Francisco?
-Más allá de lo anecdótico, hablo de la demora, el plazo, el hermetismo, que los presidentes de partidos digan que se enteraron una hora antes. Porque si no es con los partidos, que son el sustento político de la coalición gobernante, con quién gobierna el gobierno. Dónde está el proyecto colectivo. Quién está tomando las decisiones. En el tipo de liderazgo de Michelle Bachelet hay rasgos profundamente autoritarios, casi monárquicos. La presidenta tiene intérpretes, porque ella no responde preguntas, el hermetismo es total. Entró en crisis el tipo de liderazgo que ella representa. En el cambio de gabinete se puede ver algo que demuestra una política falta de convicciones. Qué es lo que representa Jorge Insunza. El tipo fue gerente de Imaginacción, de Correa, la empresa que asesoró a Penta y SQM –después de que él estuviera–, ¿pero cuáles son las convicciones políticas de Jorge Insunza? En el año que he estado en el parlamento nunca lo escuché decir para allá vamos, o estos son mis principios. Y va a ser el encargado de llevar la agenda legislativa del gobierno. Siento que es tal la liviandad en la política, que es difícil leer qué expresa el cambio de gabinete. No tengo idea. Unos dicen giró al centro, otros lo contrario. En el gobierno hay un desorden y una falta de sentido tremenda, no tiene arraigo ni inserción social en ninguna parte.

-¿Esto es el fracaso del liderazgo de Bachelet y de la Nueva Mayoría?
-No soy quién para dictar eso, pero es un fracaso de un estilo de liderazgo que prescinde de los proyectos colectivos.

-¿La Concertación no era un proyecto colectivo?
-Era un proyecto colectivo que prescindió de la sociedad. Aylwin lo que hace es mandar a la gente para la casa. La dictadura se venció con el plebiscito, pero hubo una movilización social detrás que lo permitió, y se prescindió de eso. Los medios de comunicación desaparecieron, la política se tecnificó, se creyó que la meta era el self made man, me rasco con mis propias uñas y tengo que competir con mi vecino. Esto surge en la dictadura, pero en la transición se profundizó la desarticulación del tejido social chileno. Ese abismo entre sociedad y política es lo que está entrando en crisis ahora, porque la crisis no es de corrupción sino de legitimidad del sistema de representación.

-No es una crisis de liderazgo, entonces.
-No tiene que ver solo con una persona. La crisis es profunda y no se va a solucionar ni con una comisión de expertos ni con un cambio de gabinete. Los partidos tienen el 3% de confianza de la ciudadanía y el parlamento 10%, y más allá que sean fotos del momento, hay una tendencia sostenida en el tiempo. Entonces dices, chucha, las instituciones políticas que deben representar la voluntad soberana del pueblo, no lo hacen. El sistema democrático está en crisis y eso es caldo de cultivo para cualquier cosa. Eso implica un desafío a las fuerzas que estamos en proceso de articulación.

-Para ti esto sigue cuesta abajo en la rodada…
-Los partidos políticos concebidos como lo fueron en la transición, no tienen vuelta atrás.

-Eduardo Engel dijo que si tuviera que elegir un tema de la Comisión Anticorrupción que él presidió, sería mejorar a los partidos políticos.
-Estoy de acuerdo, es donde se sustenta el régimen actual. Yo estoy a favor de los partidos políticos, pero no me siento representado por estos partidos.

-La calle rechaza a los partidos.
-Yo creo en los partidos. Lo digo sin vergüenza. En la medida que representen intereses sociales reales, los partidos son el sustento de la democracia. Y estoy haciendo política, no estoy fuera de eso. La política no es un patrimonio del Congreso o de la institucionalidad o de los movimientos sociales.
-En un artículo de The Clinic un miembro del G90 dijo: “Boric es un predicador”.
-Nuestro proyecto no tiene sentido si se funda solo en mí. En Izquierda Autónoma estamos en un proceso de constitución, va lento, es difícil, tenemos discusiones, pero a mí no me interesa ser el Quijote. La política no es para quijotes, es de proyectos colectivos. Pero la gente no tiene por qué saber esto.
Claro que me veo solo predicando, pero no me siento así.

-Ya, pero es despectivo esto del predicador.
-Claramente.

-¿Cuál es tu relación con el G90?
-Yo no creo en esta diferencia entra la vieja y la nueva guardia. Lo que los medios caricaturizan como la nueva guardia son tipos que fueron serviles a la Concertación y que se formaron al alero de toda esta gente, o sea son las mismas convicciones. En término de convicciones o modelos, no creo que haya una diferencia sustantiva entre Peñailillo e Insulza.

-¿No crees en el proyecto refundacional de este gobierno?
-No. Creo que tenían unos titulares de reformas interesantes, pero con irresponsabilidad política. Hicieron un programa que los dejó a todos muy cómodos. Puros titulares: “Gratuidad”, pero cada uno entiende lo que quiere por gratuidad. “Proceso constituyente”, pero después ponen a un ministro del Interior que ha dicho que cree en la política de los acuerdos y descarta la Asamblea Constituyente. Te da para todo.

-¿Alguna vez te relacionaste con el G90?
-Nunca he tenido mucha interlocución con el gobierno.

-¿Ni con Harold Correa, jefe de gabinete del ministro Eyzaguirre?
-Nunca he hablado con Harold Correa. No sé ni cómo es físicamente. Hablé un par de veces con Peñailillo.

-¿Y?
– Sinceramente, no veo una diferencia sustantiva de proyecto histórico entre la Concertación y la Nueva Mayoría. Burgos y Peñailillo políticamente son lo mismo. Piensan dentro de la misma caja.

-El presidente del PPD Jaime Quintana dijo que en la caída de Peñailillo hubo clasismo por parte de una aristocracia que lo sacó porque no se juntaba a tomar té con ellos.
-Me imagino que a algunos les pudo molestar que no viniera de la elite, quizás a los Príncipes de la Concertación les pudo ser incómodo, pero no creo que su caída tenga que ver con eso. Porque no creo que Peñailillo, más allá de sus orígenes, sea sustantivamente diferente de lo que se entiende como la vieja guardia.

-¿Por qué cayeron Peñailillo, Arenas y Elizalde?
-En el caso de Peñailillo, porque es impresentable que tenga estos líos con las boletas y las explicaciones dejaban mucho que desear. Quienes caen son los intérpretes de la presidenta, los exégetas que interpretaban los códigos sacros. Esos caen. Cae el bacheletismo más duro, pero no tengo claro por qué es reemplazado. El desafío es volver a la política de las convicciones, una política que represente intereses sociales reales. Ayer hablaba con Luis Maira, él fue diputado del 64 al 73, y en esa época ser político era un orgullo. Y me da la sensación que todo el mundo piensa que los políticos siempre han sido la lacra. Y no tiene por qué ser así.

-Entonces, ¿no ves un giro en la conducción política del gobierno?
-No. Esto es un síntoma de la crisis de la política sin sociedad.

-¿El cambio de gabinete agudiza esta crisis?
– El cambio de gabinete la expresa, no la agudiza. Los casos de corrupción la agudizan y hacen evidente que esto está descompuesto, pero no va haber más legitimidad de la política después de este cambio. Y eso es grave.

-¿La Comisión Engel no apunta en la dirección de hacer más legítima la política?
-La Comisión Engel hay que evaluarla en dos dimensiones. Sus propuestas, que muchas son rescatables y creo que tenemos que impulsarlas. Y lo otro es el carácter de la Comisión. Que la presidenta convoque a un grupo de expertos ajenos a la política para salvar la política también habla del nivel de descomposición.

-¿Crees que al final del gobierno de Bachelet la distancia entre política y sociedad será mayor?
-Sí. Y no te estoy diciendo que nosotros tengamos la solución, aquí nos paramos desde la humildad. Todas las fuerzas nuevas tienen que cambiar la lógica de a quiénes representan. No podemos crear nuevas estructuras democráticas que discuten política sin sociedad. Hay que trabajar en la organización de sectores sociales. Y esto es concreto. Que en la reforma laboral los trabajadores sean los principales actores, que en la reforma educacional, los estudiantes, los rectores, los profesores estén presentes.

-Pero la gente parece que no quiere participar, los sindicalizados son el 13%, hay desencanto de la política…
-Ese es el desafío. El movimiento estudiantil estaba haciendo política. El punto es cómo se logra constituir y cómo los nuevos partidos puedan representar esos nuevos intereses.

-El nuevo gobierno de Bachelet intentó representarlos.
-Tomó banderas, pero suplantándolos. Cuando iba a las comisiones me sorprendía mucho, te decían ‘ok, muchas gracias por movilizarse, ahora nos toca a nosotros’. Toman ideas, pero sin inserción real. Salvo los comunistas, no hay nadie de la Nueva Mayoría en la Confech. Las juventudes del PDD, del PS, la DC, no existen. La disociación entre política y sociedad puede empeorar, pero en algún momento se va a recuperar.

-¿De qué manera?
-Es algo de largo plazo. Por eso hay que dejar de ver esto desde la angustia del presente, porque esto es largo. Hay que hacer un trabajo de hormiga. Volver a organizar los sectores subalternos. Hoy los únicos que están organizados realmente son los empresarios. Hacen elecciones, pautean, negocian por ramas. Los empresarios hacen un gran trabajo político y a los que no convencen, les meten plata. El gran empresariado es el único sector social con conciencia de clase hoy día en Chile y que ha logrado colonizar transversalmente la política chilena. Que un tipo como Francisco Vidal, que representa el progresismo, diga que hay que cerrar los ojos para pedir plata, te habla de cómo los empresarios incidieron transversalmente en la política de la transición; que MEO justifique pedirle plata a SQM, es pura descomposición. Ves a los ministros de Luksic, que salen del gobierno y se van a trabajar a este grupo. Soledad Alvear, René Cortázar, el mismo Eyzaguirre. Nuestro desafío es organizar a los sectores subalternos, no suplantarlos. En Magallanes, por ejemplo, nos propusimos subir la tasa de sindicalización, que las juntas de vecinos discutan de política, no solo que sea el bingo o el tecito. Que se incida.

-Suena a utopía.
-La utopía nos sirve para caminar. Esa frase de Galeano: ‘Camino un paso, tú das dos, camino veinte, tú das cuarenta. De qué me sirve la utopía si nunca la voy alcanzar. La utopía compañero nos sirve para caminar’. Si la política no es utopía, ponerse desafíos para el futuro y es sólo administrar lo que tenemos, pa qué chucha hacemos política, pa eso mejor contratemos gerentes. La política es una herramienta para buscar la transformación social. Una de las grandes diferencias entre la izquierda y la derecha es que la derecha entiende la desigualdad como consustancial a la raza humana, y la izquierda entiende que hay que combatirla. Hay que ponerse esos desafíos para pensar en una refundación política en grande. Si nosotros, que estamos empezando en política no nos hacemos estas preguntas, ¿pa qué? ¿Para ir al Parlamento a apretar botones y después contar la cantidad de leyes que presenté? A mí no me hace sentido.

FUERA DE LA CAJA
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-¿Qué hacemos ahora con el tema de las boletas, que van a seguir apareciendo? ¿Se hace un reconocimiento? ¿Todos se van para la casa?
-No creo que haya que normalizarlo. Yo soy político y no me financié así. Pero aquí hay dos dimensiones. La judicial, donde seguramente nadie va terminar con penas de cárcel porque las leyes actuales son permisivas. Y lo otro es la sanción política. La UDI, el PPD y otros han tratado de reducir esto a personas, y no: los partidos hicieron esto.

-Ya, pero qué hacemos con el tema de las boletas.
-Aunque sea fome la respuesta, no hay varita mágica para solucionarlo. Generar alternativas nuevas es a largo plazo.

-¿La descomposición del sistema le conviene a tu proyecto político?
-No me parece plantearlo así. La actual crisis abre espacio para la emergencia de nuevas fuerzas. Si me preguntas si estoy feliz y me estoy sobando las manos con esto, no. Lenin decía que para que un proyecto revolucionario sea viable, no depende solo de la voluntad de la clase subalterna, sino de que las condiciones de gobernabilidad de los sectores dominantes se hagan imposibles de mantener.

-Mientras más se agudiza la crisis, más espacio tiene un proyecto como el tuyo. ¿Vas a cooperar para que se agudice la crisis?
-Es que no depende de mí. No estoy disponible para acuerdos que naturalicen las cosas o se haga borrón y cuenta nueva.

-Uno ve que en todas partes caen las utopías.
-Veo todo lo contrario. Hoy hay espacios para crear nuevas alternativas. Esto no es volver al pasado.

-Muchas utopías terminaron en totalitarismos.
-Estás identificando las utopías con el socialismo de la Unión Soviética. La Unión Soviética le hizo un daño profundo a la izquierda en el mundo. Los que se sienten de izquierda tienen que despercudirse de ese legado. La izquierda fracasó en el siglo XX, los proyectos refundacionales terminaron en su mayoría en dictaduras brutales. Y la socialdemocracia abandonó los proyectos de refundación y se dedicó administrar el capitalismo. La revolución renegó de la democracia. Pero hay que pensar fuera de la caja.

-¿Qué rol tiene el capitalismo en tu proyecto?
-Es una condición de realidad, no puedo negar que eso existe. Por eso hay que identificar las peleas revolucionarias hoy en día. Y cuando digo estas palabras, sé que tienen una carga semántica e histórica fuerte, pero hay peleas clave. La lucha por el carácter del Estado: la anti subsidiariedad. Tenemos un Estado que ha privatizado todos los derechos sociales. Una lucha concreta es avanzar en un Estado garante de derechos sociales universales en educación, vivienda, pensiones, salud y uno se va constituyendo a partir de esas peleas. La radicalidad no se juega en quién habla de manera más altisonante o quién ondea banderas más rojas. Nosotros nos constituimos a partir de la lucha de la educación, pero van a venir muchas más.

LOS NUEVOS MINISTROS

-¿Qué opinas del nuevo vocero del gobierno, Marcelo Díaz?
-No he escuchado cuáles son sus convicciones políticas profundas.

-¿Y qué te parece el nombramiento del PC Marcos Barraza en el ministerio de Desarrollo Social? ¿No es mala señal elegir alguien que pudiera haber estar involucrado en el tema del ARCIS?
-Es que el tema del ARCIS no ha sido suficientemente aclarado y sería importante que se haga y si Marcos Barraza tuvo responsabilidades, que lo desconozco, tiene que asumirlas. Porque cuando hablamos del ARCIS, hablamos de cabros sin clases, trabajadores que no les han pagado hace meses. Muchas veces en la política se tocan estos temas para hacer un gallito con otro, pero estamos hablando de gente real y concreta que está pa la cagá.

-Por eso, ¿su nombramiento no es una cachetada a esa gente?
-Sí, po.

-Era director de la Corporación ARCIS cuando el 2012 se concretó el retiro de utilidades.
-Inaceptable no más. Pero tampoco creo que el PC tenga dos ministerios sea un giro a la izquierda. El PC es el partido más disciplinado del gobierno.

-¿Qué te parece que Eyzaguirre se haya quedado en Educación?
-No me sorprende. El costo de sacarlo era muy alto.

-¿Te habría gustado que saliera?
-Creo que no lo ha hecho bien porque no ha logrado convocar a los actores que hicieron posible que estemos hablando de reforma educacional. Esto no depende de personas, sale Eyzaguirre y entra quién.

-¿No crees en la reforma educacional?
-Sí, pero hay que defender el espíritu de la reforma del 2011.

-¿Eso no es Eyzaguirre?
-No. Y he estado disponible desde muchos lugares, he participado en las movilizaciones, he tenido reuniones con Eyzaguirre, académicos, autoridades y un sinfín de personas para poder poner la educación pública como centro, he presentado indicaciones elaboradas con la Confech, pero no nos pescaron nomás. Hay avances en comparación con el sistema desquiciado de mercado que teníamos, pero no representan el espíritu refundador del 2011.