Eugenio Ravinet
Esto es como la prueba de la blancura, ¿usted dio boleta por algún aporte político?
El boleteo o la factura para recolectar fondos de campaña es una práctica que viene desde muy atrás. La ley de financiamiento del 2003 vino a sanear esto, limitándolo, pero la realidad es mucho más compleja. Acá no se reglamentó el período de precampaña, que suele ser un tiempo mucho más largo que cuando se es candidato. Lo usual es que uno haga encuestas mucho tiempo antes, para ir tanteando cómo está el agua. Ahora, lo que más me preocupa es lo que salió de la comisión de hombres buenos que elaboraron las medidas pro transparencia. En esas reuniones de personas con mucho pedigrí universitario, la presidenta no incluyó a ningún político, así que no está representada la realidad. Una de las grandes mentiras del sistema electoral es que fija montos máximos de gastos en campaña que no tienen nada que ver con lo que ocurre. Yo fui candidato el año 2008 a alcalde de Santiago y se suponía que mí campaña no podía exceder de 80 millones de pesos, pero gasté más de 400.

Está reconociendo que no cumplió la ley.
Lo reconozco. Es que 80 millones se le puede ocurrir al señor Eduardo Engel, que no ha estado en una campaña ni para delegado de curso. Lamentablemente, hacer una encuesta vale 10 millones, un focus group sale 7, arrendar sedes y tener activistas vale otra equis cantidad de plata, poner las palomas, los avisos en la radio… es mucho más que 80 millones. Lo mismo pasa cuando a un senador le ponen como límite que gaste 600 millones de pesos: un senador por Santiago gasta, al menos, 3 mil millones de pesos. Imagínate la candidatura presidencial, que son 8 mil millones: para ser franco, nosotros gastamos más de 8 mil millones en 1989, cuando yo fui secretario ejecutivo de la campaña de Patricio Aylwin. Hoy día, ser candidato presidencial cuesta sobre 20 o 30 mil millones de pesos. Cuesta decir esto ante gente que gana 500 mil pesos mensuales, pero es la verdad. Por eso me parecen absurdos estos límites máximos, porque la gente los viola, y me indigna que frente a esta crisis han sido muy pocos los políticos honestos que han dicho: “señores, esto no da para más, sinceremos las cosas”. Yo quiero alabar a Edmundo Pérez Yoma que hace un mes dijo que el sistema de boleteo lo aplicaban todos, y a Isabel Allende, que reconoció que uno también ocupaba recursos durante la precampaña.

¿Usted dio boletas cuando fue candidato?
No, porque el candidato no da boletas.

¿Y la gente de su equipo? ¿Le pidieron boleta por algún aporte?
Sí, usamos.

¿Cómo se pedía plata antes de las boletas y facturas?
Era la forma más brutal del mundo. A lo largo de la historia de Chile ha habido campañas con plata desde el extranjero, con boletas, e incluso hay una historia de un señor al que se le perdió el maletín con la plata. Cuando yo empecé en política, lo usual era recorrer a los empresarios y ellos daban platas negras. Después se fue poniendo más sofisticado y pagaban facturas.

¿Es cierto que a partir del cambio de la ley en el 2003 se empezó a pedir facturas con más frecuencia?
En la medida en que el sistema de fiscalización tributaria se ha puesto más complejo es más difícil negrear platas. Recuerdo que cuando fui secretario ejecutivo de la campaña de Eduardo Frei Montalva a senador, tuve reuniones con grupos empresariales de esa época y a uno le daban un cambucho de papel con billetes. Eso ya no se da, porque las campañas son mucho más caras. Lo que se usa es financiar gastos en forma indirecta. Por ejemplo, la publicidad: el candidato contrata un aviso en una radio y la factura le llega a una empresa equis. Lo otro, y esto lo hemos visto en el caso de Giorgio Martelli, es financiar a los equipos de avanzada. A mí me parece legítimo que el señor Michel Jorrat le boleteara a Martelli, porque se tenía que ganar la vida, y participó en emitir informes que son la base de un programa de gobierno. Lo que es malo y negativo es que el ex ministro Peñailillo no haya sido honrado, y por mentiroso e inexperto se tuvo que ir.

¿El error de Peñailillo fue haber mentido?
Esto explotó con el caso Penta en noviembre del año pasado y el gobierno debió haber hecho un mea culpa, pero escupieron al cielo y les cayó en la cabeza. Tuvieron una soberbia enorme, pensaron que a ellos nunca los iban a pillar, y mira lo que pasó. Y ahora, resulta que para preparar los informes, Peñailillo tuvo que ir a Nueva York, pagado por Martelli, justo donde estaba Michelle Bachelet: ¿quién cree eso? ¡Hasta cuándo seguimos mintiendo! El parlamento debe sincerar las cosas en la nueva ley, porque si siguen creyendo que un alcalde de Santiago se elige con 80 millones de pesos va a haber trampita.

Usted conoció a Giorgio Martelli cuando se creó la Asociación de Municipalidades. ¿Qué recuerda de él?
Yo trabajé mucho con Giorgio, comenzamos en 1992 y terminamos en 1997, cuando dejé de ser presidente de la asociación. Fue un gran colaborador, Martelli es un hombre honrado, leal, serio y responsable. Tiene, además, buen sentido de apertura y negociación, imagínate que hizo que personas muy distintas como Lily Pérez, Joaquín Lavín, el “Tronco” Torrealba, Gonzalo Duarte, el “Choro” Soria, y yo, nos entendiéramos en la Asociación de Municipalidades.

¿Lo ha visto últimamente?
No lo veo hace ocho años, pero sí quiero defender su trayectoria. A Martelli lo dejaron solo, están siendo desleales. A él no se le ocurrió crear una sociedad para ir a pedirles plata a los empresarios para después enriquecerse. La plata que entraba era para financiar a todos los que estaban en la precampaña, formando los equipos técnicos de Michelle Bachelet. Por eso me dolió cuando la Presidenta dijo que no sabía qué hacía Martelli, fue como cuando dijo que no sabía los negocios que había hecho su hijo.

Martelli se definía como operador político, ¿por qué tiene tanta mala fama ser operador?
Porque el operador es como alguien que anda buscando votos, haciendo chanchullos, pero Giorgio no hizo chanchullos. Él recibió plata, y eso debe estar en los balances de su empresa, y supongo que los gallos que le boletearon tendrán registro de los egresos, entonces no hay violación de impuestos. Lo que hay es un financiamiento de precampaña que no está normado en la ley. Ahora, no quiero menospreciar a Martelli, pero no era él quien llamaba a Julio Ponce Lerou, eso lo hacía otro empresario. Martelli no era una universidad, ni un instituto de investigación, ni menos una ONG, él era un articulador político de la precampaña de Michelle Bachelet. Por eso me llama la atención que ahora digan que no lo conocen, cuando era él quien financiaba los pasajes de Peñailillo a Nueva York. La opinión pública está cansada de la falsedad. Todos hemos cometido errores, a lo mejor hemos abusado de vacíos de la ley, pero más vale reconocerlo.

¿No le parece que la mentira es muy grande como para salir a reconocer algo distinto a lo que se ha dicho?
Bueno, por eso Peñailillo está fuera. Lamentablemente, gran parte de los políticos de nuestro país están enfermos de hipocresía. En este tipo de cosas, como en otros, lo mejor es la verdad.

Jorge Burgos dijo que se usó el nombre de la Presidenta para pedir dinero.
A veces, los cuidados de los sacristanes terminan matando a los curas. No puedo entender que ella no hubiese sabido que antes de su aterrizaje en Chile ya había una campaña montada, con plata donada por los empresarios. Eso no es creíble.

¿Por qué este financiamiento ilegal no se reconoció antes?
Se lo pongo de esta manera: más vale tarde que nunca.

LA CLASE POLÍTICA

Usted tiene un pie en la clase política y el otro, en la empresarial. ¿En qué lado se siente más cómodo?
Soy ambidiestro: me he sentido muy cómodo en la política y también en el mundo de los negocios. Yo soy un hacedor, me gusta armar cosas, por eso nunca fui parlamentario, porque ahí más bien se discute.

¿Qué clase está más desprestigiada?
Lamentablemente, personas de ambos grupos le han hecho muy mal al país.

Cuando los empresarios se meten en líos dejan de ir al Club de Golf, qué les pasa a los políticos que caen en desgracia.
También se aíslan, mira lo mal que lo debe estar pasando Giorgio Martelli o lo mal que lo deben estar pasando los parlamentarios que han aparecido con parientes boleteando.

¿Está golpeada la elite con estos escándalos?
Sin duda, pero no magnifiquemos. En la democracia moderna, lamentablemente estos escándalos se dan. En Estados Unidos no hay día en que no haya un escándalo. Mira los líos de Argentina, de Perú, o de Brasil, nosotros parecemos un moco de pavo. No digo que no sea grave y que no haya que corregirlo, pero por favor.

¿Qué tan lejos de eso estamos?
No sé, por eso mi llamado es a sincerar. Yo creo que es posible hacerlo, pero eso requiere de liderazgo.

¿Cree que existe una persecución de parte de la fiscalía en contra de los políticos?
No, yo creo que la fiscalía está enferma de luminosidad. Es decir, ven los focos de la televisión y se van como polillas. Ahora, el colmo del descriterio es transmitir por televisión las audiencias. Perdónenme, ahí uno no está haciendo discursos en la Cámara de Diputados, sino que está argumentando sobre el derecho. La transmisión de discusiones especializadas, frente a un público que no tiene conocimiento del lenguaje jurídico ni judicial, genera un daño anticipado a las personas que es irremediable.

¿Usted cree que esto se transformó en un show?
Se transformó en un show. Bueno, si además los cambios de gabinete se anuncian en los programas de televisión, qué más podemos pedir, estamos en otro mundo. Yo creo que el exceso de publicidad al que han llegado los fiscales impide un juicio justo, atenta contra la presunción de inocencia de los inculpados. ¿Te imaginas lo que le habría pasado al juez de garantía que mandó a prisión preventiva a los ejecutivos de Penta si dice que no son un peligro para la sociedad? Lo cuelgan, porque la opinión pública quería sangre. Yo espero que no lleguemos a lo que era el Circo Romano, cuando el emperador, ahora llamemos juez, le preguntaba al estadio si levanta el dedo hacia arriba o lo bajaba. Por favor, eso no es justicia.

¿Hay una audiencia que quiere ver a los políticos y a algunos empresarios en la cárcel?
Obvio, quieren que los poderosos sufran.

¿Por qué?
Porque la gente tiene un sentido aspiracional muy grande. Sin duda que ven las enormes diferencias de influencias y de sueldo, y eso genera un caldo de cultivo. Imagina que un parlamentario gana 8 millones de pesos mensuales, y eso es el sueldo de dos años para una persona que gana 300 mil pesos. Si yo me fuera a trabajar por 8 millones le digo que no, porque no va con mi nivel de vida y mis condiciones, por eso cuando entro a un cargo público lo hago sacrificando una renta muy importante, para qué decir el que gana 20 o 30 millones. Los chilenos, además, somos chaqueteros. Mientras en la cultura anglosajona el que tiene éxito es respetado, aquí es un ladrón, un carajo, un bandido.

¿Eso es un ánimo antiempresarial?
No po, eso es contra todo el que tenga plata, hasta contra los futbolistas. De alguna manera, estamos pagando por no tener una sociedad con mayor igualdad de oportunidades, con mayor posibilidad de ascenso social.

BACHELET Y EL GOBIERNO

¿Qué opinión tiene sobre el primer año de Bachelet?
No estoy contento. Hemos crecido mediocremente. Hay una coyuntura internacional que nos pega fuerte, pero al menos un 40% de la responsabilidad es por mal manejo de la economía. No hay confianza, todo es difícil de emprender. Cuando usted quiere cambiar el marco constitucional, el marco laboral, el marco tributario, qué quiere que haga uno. Usted puede darse el festín de la igualdad y de las denuncias, pero si Chile sigue creciendo al 1%, en tres años habrá un 10% de cesantía, y la gente va a pedir a gritos que venga el derechista más grande para que ponga orden en el país.

¿A usted le parece que los cambios son apresurados?
Yo me siento un progresista, quiero mayor justicia social, mayor equidad, pero eso se tiene que combinar con crecimiento. Si usted se pone a distribuir todo y no hace crecer la torta, termina distribuyendo el cartón, porque la torta se acaba.

¿Se equivocó Bachelet en confiar en Rodrigo Peñailillo?
La campaña de Bachelet fue muy exitosa, pero su equipo político fue muy inexperto. Ella tuvo enormes conflictos en su primer año de gobierno: quiso recaudar más recursos y terminó en un zapato chino tributario; tenía claro que debía mejorar la educación pública y terminó liquidando la educación privada subvencionada; sabía que debía hacer una reforma laboral y está pasando una ley que afecta a las medianas empresas. La falta de experiencia del equipo político llevó a que buenas ideas fueran muy mal ejecutadas y eso ha hecho que la clase media no apoye al gobierno. Los buenos equipos siempre mezclan la sangre nueva con la experiencia, y acá faltó esto último. Cuando uno es muy nuevo en política como que le viene la soberbia, se siente invencible, y eso pasó en el primer año de gobierno de la Presidenta.

¿De eso es responsable Peñailillo?
Él encabezaba el equipo político y cayó en soberbia. El no haber atinado lo que venía con Penta lo llevó a caer.

Ahora, pese a eso, el programa se cumplió. Hasta el primero de enero, en el gobierno era todo gloria.
Eso ocurrió en términos cuantitativos, pero bajaron del 66% de aprobación a menos del 30. Eso fue por no querer dialogar y no tener empatía. Mira lo que pasó en la reforma tributaria, que es como un camello.

¿Un camello?
¿Sabes lo que es un camello? Un caballo hecho por una comisión. Yo creo que ha habido un ideologismo en la aplicación del programa. No dialogaron.

Usted era ministro cuando Ricardo Lagos reformó la Constitución, ¿qué le parece esta idea de hacer una nueva?
Me imagino que es un volador de luces, no sabemos nada de esto y además la Presidenta no dijo una palabra en el discurso del 21 de mayo. Yo creo que confunde las cosas: la confusión genera desconfianza y eso paraliza la inversión.

¿Pero le parece correcto cambiar la Constitución?
La verdad es que me parece una discusión teórica y de académicos. En vez de preocuparnos de cómo se hace o se aprueba la Constitución, deberíamos estar interesados en saber qué dice. Es perfectamente legítimo aspirar a cambiar disposiciones que no están de acuerdo a los tiempos en que vivimos, pero eso no necesariamente requiere una nueva Constitución. La verdad es que hemos discutido procedimientos y sentimientos, pero nadie, salvo el Presidente Lagos, ha dicho qué queremos que diga esa nueva Constitución. A lo mejor la “nueva” no es tan nueva, porque no se puede partir de cero, desconociendo esta base que ha funcionado por más de 30 años.

No le gusta que el mecanismo sea la asamblea constituyente.
Me cargan las asambleas, porque son vociferantes, inefectivas, populistas y tropicales. Encuentro que no conducen a nada: ganan los que hablan mejor y no los que dicen las cosas más inteligentes. Distinto es que pueda plebiscitarse a todos los chilenos, para que la aprobemos o rechacemos. El trabajo colectivo, salvo en el teatro y el fútbol, no produce buenos efectos. Sirve para hacer diagnósticos, para sacar adelante grandes ideas, pero discutir en una asamblea constituyente se hace prácticamente imposible, porque una Constitución requiere de grandes aprobaciones y consensos, para que perdure en el tiempo.