carlos carrasco matus

Norma Matus murió como tantas madres, sin poder encontrar el cuerpo de su hijo Carlos Carrasco, asesinado en dictadura. Norma falleció en 2012 sin que la historia oficial registrara lo que ella y sus hijos consideraban la verdad acerca de Carlos. En el Informe Rettig figura como uno de dos “agentes de la DINA desaparecidos por sus propios compañeros”, y aunque se establece que fue víctima de violación a los derechos humanos, su hermano Sergio insiste en que “no se conoce bien la historia”. Junto a él, Tomás Pizarro Meniconi -que en ese tiempo pertenecía al MIR- afirma que Carlos era “un agente de contrainteligencia”. Aunque llegó serlo casi por casualidad, Tomás insiste: “La información que él nos entregaba nos ayudó a salvar gente”.

Carlos Carrasco tenía 21 años cuando sus “compañeros” de la DINA fueron a detenerlo a su casa el 14 de marzo de 1975. Para esa fecha se desempeñaba como guardia en Cuatro Álamos y en el Informe Rettig se señala lo siguiente: “Al parecer, había sido miembro de un partido de izquierda antes de septiembre de 1973. Existen numerosos testimonios de gente que pasó por ése y otros lugares que afirman con admiración y cariño que había un guardia denominado “Mauro”, que era humanitario y que trataba de darles ánimo, haciendo más llevadera sus vidas en ese centro. La DINA se percató de ello y obtuvo pruebas de que “Mauro” era Carlos Carrasco y que entregaba antecedentes y nombres de presos que se encontraban ahí a los partidos de izquierda o a sus familiares”. Para Sergio Carrasco, esta versión es insuficiente: “Mi hermano era del MAPU, era dirigente estudiantil y era secretario de la junta de vecinos. Le toca hacer el servicio justo para el ’73. Antes del Golpe él ya estaba como militar en el Buín. No se incluyó su trabajo de contra inteligencia, porque no habían documentos fidedignos que aseguraran eso, entiendo yo”.

Sergio tenía 10 años cuando llegaron a buscar a su hermano. Se acuerda que Carlos se quedó dormido el día que tenía que hacer el trámite para sacarse el servicio militar, así que en abril del ’73 quedó destinado en el regimiento de Buin. Liderados por Augusto Pinochet, en junio le tocó ser parte del grupo que sofocó el intento de Golpe de Estado del Regimiento Nº2 conocido como “Tanquetazo”. Después de eso estuvo en Tejas Verdes como funcionario “operativo”. Le tocaba presenciar e incluso formar parte de torturas. Quien vio de cerca lo que esto causó en Carlos fue Alejandro Fuentes, hoy radicado en Suecia tras haber llegado a Villa Grimaldi detenido por el propio Carlos Carrasco.

Alejandro Fuentes y Carlos eran compañeros del Instituto Comercial y vecinos en la población Santa Victoria en Conchalí. Estudiaban para ser contadores auditores y en 1971 formaron parte de la lista que salió electa para el Centro de Alumnos. Alejandro fue el presidente y Carlos el vicepresidente. En su exilio, Alejandro escribió un libro llamado El gorrión blanco, en el que cuenta su experiencia. Ahí reproduce una carta que le envió a Norma, madre de Carlos, desde su encierro. En ella se lee: “A Carlos lo conocí como a un joven consciente de la necesidad de transformaciones sociales para conseguir una sociedad más justa. Carlos, al igual que la gran mayoría de la juventud chilena de aquella época, era un joven idealista y lleno de amor por el deseo de servir a los más desposeídos. Carlos vivía intensamente porque amaba la vida. Nuestra labor conjunta en el Centro de Alumnos nos permitió establecer una profunda amistad a la que luego se sumó una experiencia política común. Ambos comenzamos entonces a desarrollar actividades políticas en el MAPU”.

En noviembre de 1973 Carlos fue enviado a Rocas de Santo Domingo. Ahí, recuerda Alejandro, fue entrenado por “oficiales de ejércitos extranjeros, como los de Argentina, Brasil y Estados Unidos. Estoy profundamente convencido de que eso transformó para siempre a su hijo”, le escribe a Norma. Alejando describe a Carlos como “no sólo un socialista de corazón”, sino que “estaba ideológicamente convencido de la necesidad de transformación socialista que requería Chile”. En su carta describe el terror que veía en Carlos cuando le relataba sus vivencias en la DINA. Quizás su mayor miedo empezó a dibujarse cuando los oficiales hicieron levantar la mano a los reclutas que tuvieran familiares de izquierda. Toda la familia de Carrasco venía de ahí: su madre militaba en el Partido Comunista y hoy tres de sus hijos lo siguen haciendo. Nadie levantó la mano: “Me podrían haber matado en el acto”, le dijo a Alejandro. Él le ofreció asilarse en alguna embajada, pero Carlos no aceptó “por temor a las represalias que se desencadenarían sobre sus familiares”.

Desde Estocolmo recuerda que cuando Carlos lo contactó por primera vez tras ingresar al Ejército, consideró que su amigo “estaba horrorizado por lo que experimentaba al interior de la DINA”. Dice que en un principio Carlos no era consciente de que estaba entregando información para el MAPU y el MIR: “Inicialmente yo comencé a sonsacarle a él todo tipo de información que pudiera resultar de vital importancia para que los militantes de la resistencia pudieran ser advertidos de los planes de la DINA. Yo no le plantié entonces que lo que él decía yo lo codificaba y entregaba al MIR. En ese sentido yo creo que yo le ayudaba a Carlos a vaciar un poco el caos terrorífico de lo que significaba para él pertenecer a ese organismo planificador de asesinatos”.

Pasado un tiempo, sin embargo, la dirección del MIR exigió que Carlos estuviera al tanto de cómo se estaba utilizando la información que le daba a Alejandro. “Fue sin duda una situación bastante difícil porque podía significar peligros significativos. Sin embargo se lo dije a Carlos y el aceptó y desde ese momento la información que él me entregó fue de carácter consciente y así fue”, recuerda Alejandro.

Después del Golpe, el MIR y el MAPU quedaron prácticamente desarticulados, por lo que comenzaron a trabajar en conjunto. Así Tomás Pizarro, del MIR, recibía documentos de Alejandro Fuentes, del MAPU. Tomás recuerda con particular importancia el trabajo que Carlos desarrolló. La primera vez que le contó su versión a los Carrasco Matus fue cuando volvía de su exilio. Su hermano Isidro es aún detenido desaparecido y su madre trabajaba con la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Dice que ahí vio a una mujer que se notaba aislada. Su madre le dijo que se trataba de “la mamá de un DINA, se hace pasar por preso político y nadie le cree”. Tomás supo que tenía que ser la madre del “Negro” Carrasco. “Le dije que trabajé con él y nos hicimos agua en llanto. Para ella representaba un fiel testimonio de que su hijo había sido un revolucionario comprometido y no un agente de la DINA convertido”, recuerda.

Más de 40 años después, Tomás todavía recuerda la información que Carlos entregó:

– “Primero nos dijo que ellos siempre andaban disfrazados de funcionarios de la CTC (Compañía de Teléfonos de Chile). Entonces si veíamos más de una camioneta, sabíamos que eran ellos. Porque los tipos que están arriba no están trabajando con cables, sino que están mirando a los alrededores.

– Después nos dijo que consiguiéramos una cámara Polaroid para hacer una fotografía de la tifa (identificación) de la DINA. No conseguimos la cámara. Lo único que pudimos hacer fue dibujarla.

– Nos decía de la gente del MIR que estaba en Tejas Verdes y que esa gente podía salir trabajando para nosotros, para que estuviéramos atentos.

– Después el Negro nos dice que están haciendo la recuperación de una información que los iba a llevar a un lugar. No sabía qué lugar era, pero sabía que era importante. Ahí alertamos.

– Después nos dice que andaban buscando una casa que no sabían como era por fuera, pero tenían las características interiores de la casa. Por lo tanto tenían que saber cómo era por fuera para llegar a esa casa”.

– Alejando también señala que Carlos le informó que “el MIR estaba infiltrado por la DINA a través de un sujeto al que según Carlos se le apodaba como ‘Che’ al interior de la DINA. El esfuerzo por mi parte consistió en retransmitir inmediatamente al MIR lo de la infiltración ya que eso podía significar que se evitase golpes decisivos a las estructuras dirigentes del MIR”.

Aunque Carlos no lo sabía -o al menos no lo menciona-, las últimas dos informaciones se referían a la casa de Miguel Enríquez. Ese fue el inicio de la caída de Carlos Carrasco Matus.

La caza

Alertados, el círculo cercano a Tomás y Alejandro se puso a trabajar para intentar detener el ataque a Miguel Enríquez. Así fueron cayendo uno a uno en las manos de la DINA. La primera en ser detenida, en septiembre del ’74, fue María Cristina López Stewart y su esposo. Tomás le entregaba la información proveniente de Carrasco a María Cristina: “Ella cae haciendo las gestiones para poder desbaratar el hallazgo de la casa de Miguel Enríquez”, recuerda Tomás. Pero el 5 de octubre Enríquez es asesinado en su casa: “Estuvimos a punto de evitar la muerte de Miguel, pero éramos unos pichones. Ellos tenían gente preparada, entrenada militarmente, con cursos en Panamá, en todas partes. Nosotros éramos muchachos idealistas, como lo quieras llamar, pero no teníamos una preparación militar”, dice Tomás.

Después de la caída de María Cristina, fue Ida Vera Almarza quien tomó su lugar. Ida compartía casa con Isidro Pizarro, hermano de Tomás. Después de la detención de María Cristina, Tomás deduce que la DINA sabe que la fuga de información desde su unidad se concentraba en la zona norte de Santiago. La situación era crítica, así que Isidro y “Gigi” -como llamaban a Ida- ya habían abandonado la casa. Un compañero del MIR, sin embargo, insiste en que tienen que volver a buscar unos documentos. Tomás lo llama el “Chico”. Hoy sabe que fue presionado por la DINA para llevarlos a ese lugar el 19 de noviembre de 1974, donde los estaban esperando.

Ese día el Chico espera en el auto y Tomás cerca de la casa mientras Isidro y la Gigi entran. “Sentimos dos balazos y sale la Gigi corriendo con la mano en el cuello, ensangrentada. Se sube al auto, y yo con la ilusión de que saliera mi hermano después de eso. Le digo al Chico que se vaya y salen los tipos de la DINA y balean el auto, lo hacen pebre. La Gigi se baja, el Chico se baja y arrancan. Mi hermano no sale, veo que están disparando con armas mucho más pesadas así que empecé a dispararles. Y los tipos me descubren, disparan. Yo me parapeto y veo que al fondo hay una salida de colegio. Y pensé que no me iban a disparar si corría para allá, y eso fue lo que hice. Y dejaron de disparar. Atravesé por un parque hacia una calle perpendicular a Egaña y corrí, corrí, atravesé una iglesia, me subí a una micro y desaparecí”, cuenta Tomás. Todavía se le ponen los ojos rojos cuando se acuerda de todo: “A las siete nos íbamos a juntar a ver cómo había salido todo, un punto de rescate, le llamábamos. El Chico nunca llegó, la Gigi y mi hermano tampoco”. Isidro e Ida siguen desaparecidos, pero Tomás se encontró con el Chico en el exilio y retomaron la amistad: “Siempre hemos tenido un vínculo, algún día tendrá que ver y decir qué fue la tontera que hizo. Conversar con el Chico sobre estos hechos es súper difícil. Se intentó matar, yo lo he cuidado de que no se mate. Él es el padrino de mi hija mayor”.

Villa Grimaldi

Después de llevarse a Carlos Carrasco de su casa, los oficiales de la DINA lo llevaron a detener a su amigo del colegio, Alejandro Fuentes. Para ese entonces Alejandro no estudiaba en Santiago, pero estaba visitando a su familia. A eso de las tres de la tarde llegó Carlos “profusamente exaltado, pero no enojado, más bien aterrorizado, y me dijo que la DINA venía a detenerme motivo por el cual me venía a buscar”, relata Alejandro en su declaración en la causa de Villa Grimaldi. Dijo también que Carlos “agitaba sus largos brazos con verdadera desesperación tratando de convencerme de que les acompañara mientras otros agentes de la DINA esperaban a pocos metros del lugar. Carlos estaba completamente destrozado a pesar de no presentar huellas de tortura física: ‘¡Tienes que acompañarlos, tú no los conocen, matan y lo destruyen todo!’. Esas palabras quedarían grabadas para siempre en mi memoria. Carlos estaba preso de pánico. Se trataba de alguien que por experiencia sabía de los métodos utilizados por los servicios del terror”. Alejandro recuerda que la presencia de Carlos le permitió llamar a su padre para decirle que se iba detenido y para que le dijera a todos sus cercanos del MAPU que pasaran a la clandestinidad, una especie de “ventaja” que no todos los detenidos en dictadura tenían. Hoy Alejandro agrega: “En ese momento crucial, minutos antes de ser raptado por la DINA, le planteé a Carlos la posibilidad real de evadir a la DINA y huir inmediatamente. Su respuesta no dejó lugar a dudas: consideré por lo que me dijo y por como le vi en ese momento, que estaba prácticamente destrozado psicológicamente. Como si todo hubiera llegado a su fin y como si lo de la información al MIR estaba al descubierto”. Alejandro y Carlos ingresaron juntos a Villa Grimaldi, donde fueron torturados por separado. Sólo Alejandro salió vivo.

Carlos había empezado su servicio de dos años en abril del ’73 y para marzo del ’74 ya estaba con sus vacaciones correspondientes. En la práctica, su servicio ya había terminado, por lo que no debería haber vuelto a Villa Grimaldi. Menos como prisionero.

Como guardia del centro de prisión y tortura, los detenidos lo recordaban como particularmente “humanitario”. En ese lugar lo conocían como “Mauro”, y en la causa de Villa Grimaldi, los testimonios de los sobrevivientes coinciden sobre su destino. Amelia Negrón recuerda que para febrero del ’75 Mauro “se distinguía entre los demás por su trato afable con los presos. Después supe su nombre: Carlos Carrasco Matus, al cual días más tarde, vi en Villa Grimaldi, esposado y vendado, mientras conversaba con los guardias. Escuché entonces que le decían: ‘Pero cómo se te ocurrió hacer eso, cabrito’, y otros de ese tenor, se le veía pálido y agotado”. Gladys Díaz Armijo señala que Mauro “estuvo detenido en ‘La Torre’ por ser descubierto enviando mensajes de los presos a sus familiares. Lo tenían encadenado y para caminar tenía que saltar como conejo, lloraba porque lo acusaban de traidor y que por lo tanto lo matarían”. Añade escuchó a Osvaldo Romo comentar: “Si yo le disparara un tiro en la cabeza le haría un favor, porque lo que le espera es mucho peor que eso”.

Mientras tanto, Norma Matus y Carlos Carrasco -padre- buscaban agotar todas las instancias para conocer el destino de su hijo. Al día siguiente de su detención se presenta en su casa un oficial de la DINA que dice llamarse Aníbal Barrera, aunque en el procedimiento judicial se sabría que su nombre real era Orlando José Manzo Durán. Manzo pide el arma de servicio del joven y Norma lo interpela a firmar un documento que respalde su labor. Días más tarde el oficial “Barrera” -Manzo Durán- se contacta telefónicamente con Carlos padre. Le dice que su hijo estaría en su casa en tres días más. “Sin embargo, dos días más tarde concurrió hasta el domicilio de la familia para avisar que Carrasco Matus se ‘había fugado’”, señala la carpeta del Informe Rettig.

El día 6 de mayo el agente Rolando Garay Cifuentes, sin embargo, confirma por carta que Carasco Matus se encuentra detenido en la Penitenciaría de Santiago. Los intentos de encubrimiento por parte de la DINA entran en una serie de contradicciones. Primero le informan a la familia de Carlos que había sido detenido por deserción, pero más tarde le señalan que se había fugado cuando se le dio permiso para ir a “tomar once” a Tres Álamos y que la información de su detención se debió a un “error” en la respuesta del funcionario Garay.

Los Carrasco Matus hicieron la denuncia en el Comité Pro Paz y enviaron cartas a los regimientos, a Manuel “Mamo” Contreras, e incluso a Augusto Pinochet. Finalmente acudieron a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quienes a su vez pidieron respuesta al gobierno de Chile. Con fecha 2 de julio de 1976 el Encargado de la Secretaría de Comisión, Charles Moyer, le remite a Carrasco “las informaciones suministradas por el Gobierno de Chile en nota de 19 de mayo de 1976”. En ella se lee:

“Caso 2023. Alberto Carrasco Matus. No hay constancia de que esta persona se encuentre o haya sido detenida en Chile. Es presumible que esta persona se haya ocultado con el objeto de ingresar a los movimientos extremistas clandestinos. La denuncia puede deberse a personas que con el objeto de desprestigiar al Gobierno de Chile se dedican a confeccionar listas de personas presuntamente detenidas”.

Entre los guardias y los detenidos de Villa Grimaldi, sin embargo, la verdad se esparció rápidamente: Carlos Alberto Carrasco Matus había sido asesinado a cadenazos por Marcelo Moren Brito. En la sentencia de Villa Grimaldi, del 27 junio de 2014 se incluye la declaración policial de Osvaldo Romo Mena, oficial de la DINA que fue guardia en Cuatro Álamos y Villa Grimaldi. “Se supo que Carrasco proporcionaba información de la DINA a los prisioneros, por tal razón lo detuvo Marcelo Moren, ve cuando éste lo llevó amarrado del cuello hasta el sector de la Torre. El mismo día, en horas de la tarde, escuchó gritos en ese sector y ve que Moren golpeaba a Carlos con una cadena, hecho que era observado por toda la gente del lugar. Luego de los cadenazos que le proporcionó Moren Brito, lo dejó moribundo en el patio e ignora lo que sucedió con su cuerpo”. La declaración agrega que Moren Brito había ido a detener a Antonio Puig en calle Sevilla, pero que Puig alcanza a escapar; aunque en el lugar “se encontraron el pasaporte de Puig y una cédula de identidad de Carlos Carrasco Matus, pero con un nombre distinto, Morén lo reconoció como un funcionario de la DINA”.

Aunque la sentencia está siendo apelada, los condenados por en calidad de autor por los delitos reiterados de secuestro calificado de Carlos Carrasco Matus fueron Manuel Contreras, Pedro Espinoza Bravo, Miguel Krassnoff, Marcelo Moren Brito, Fernando Lauriani Maturana, Gerardo Godoy García, Ricardo Lawrence Miresenm Rolf Wenderoth, Basclay Zapata Reyes, Manuel Carevic Cubillos y Raúl Iturriaga Neumann a penas de entre presidio permetuo y 15 años y un día.