Bolsa de Nueva York EFE
Algunos analistas sociales chilenos han sostenido que el país ha sido pionero en varios asuntos políticos, económicos y culturales. Pequemos de ombliguistas y citémoslos de entrada:

¿Dónde se experimentó y consolidó la llamada “economía liberal de mercado” en el mundo? Por supuesto, en Chile. Después de años de consumir de la teta del Estado, una parte de los habitantes del país fue obligada a sumarse a un modelo empresarial de carácter depredador y que supuso la acumulación de faraónicas fortunas (partiendo por la del dictador).

¿En qué país un dictador se fue literalmente para la casa –y luego a una clínica y a una mansión de aislamiento en Londres– después de aceptar a regañadientes un plebiscito que le iba a reportar una humillante derrota? Obviamente en Chile. Sin embargo, las consecuencias de este suceso terminaron derribando un mito fundacional: que éramos una sociedad incorruptible, donde ningún mandatario se había enriquecido a costa nuestra. Eran otros tiempos. Hoy la ciudadanía ha mutado el rostro dulce por el rostro furioso –empoderado, según la terminología de moda– de quien no le cree a nadie nada y dice que todos nuestros dignatarios son unos corruptos y mentirosos. Paradójicamente, este es el cambio fundacional que logró indeseadamente Pinochet: que la ciudadanía desconfíe de aquellos que son tentados por el poder y sus paquidérmicas gratificaciones económicas.

¿En qué país de la región fueron elegidos por primera vez un socialista hombre y una socialista mujer? ¡En Chile, poh! Aunque en ambos casos se haya tratado de una votación ideológicamente polarizada, y esto por una razón muy sencilla: solo Chile puede ofrecer, a nivel mundial, una cierta clase derechista –no la liberal, sino la afín a determinados movimientos teológicos envueltos en escándalos de pedofilia– más papista que el Papa y profundamente temerosa de importar las malas prácticas de los países desarrollados (el viejo Chupete Aldunate dijo al respecto algo como esto: “no hay que dejar que la gente del pueblo viaje a Europa, pues traen malas costumbres”).

¿En qué país las modas son asimiladas sin filtro? En Chile, pues. La derecha más pechoña no ha podido evitar que el pueblo se mimetice con las espurias pomadas importadas mediáticamente desde el primer mundo. Aquí el punk es más punk que en el mundo anglosajón; el metalero tiene más tatuajes que su homólogo internacional; el bachatero –muchos taxistas que escuchan la Radio Corazón lo son– se viste y gesticula de manera más lumpenesca que su correligionario centroamericano; Pinilla tiene diez veces más tatuajes que David Beckham, y el vocalista de Faith No More, Mike Patton, nunca se había encontrado con un público tan salivoso como el chileno: quedó empapado de esputos y escupitajos recibidos con más fuerza que los chorros infectos de cualquier guanaco de protesta.

Por estos días, nuestro país ha comenzado un proceso de enfriamiento de los problemas políticos y sociales que han tenido a la presidenta en una angustia de atributos épicos. Todo gracias a la Copa América. Bienvenidos al festival de la copia: hinchas que aspiran a ser más inquietos y revoltosos que sus pares argentinos o los desaparecidos hooligans ingleses; periodistas que quieren ser más argentinizados que los argentinos; programas faranduleros donde gente que apenas sabe de fútbol opina que Alexis Sánchez es el que tiene más calugas.

Pero también hay cosas positivas: estadios mucho mejores que los potreros de otrora; gente más contenta si nuestro equipo gana; y turistas a granel, ojalá diferentes a la horda de orcos y barrigones chilenos que se hacían los lindos en los estadios brasileños durante el último Mundial. Sobre estos últimos, una irresistible fémina de pantanal en Brasil, luego de ser acosada en patota por estos compatriotas pasados a copete, nos dijo en televisión algo decepcionante: “Qué se creen, si los chilenos tienen fama de ser malos en la cama”. En este caso no se puede hablar de la copia feliz del edén.