La-disputa-de-la-familia-más-poderosa-de-San-Bernardo

En mayo del 2011, Jorge Nazar Samur (67) perdió la paciencia. Hace más de un año que empezó a sospechar que algo olía mal bajo de la alfombra de su empresa familiar. Sus socios –su padre y hermanos-, parecían no saber nada al respecto. Pero las evidencias estaban saliendo a la luz. El holding, aparentemente, estaba siendo saqueado bajo sus narices.

-Yo soy fundador. Empecé a trabajar con mi papá a los 17 años en 1964 y en 1969 formamos la sociedad con él y mis dos hermanos menores, Santiago y Gerardo. Estuve ciego durante muchos años, me traicionaron. Pero, ¿quién desconfía de un hermano?- se pregunta Jorge Nazar, como si aún no le entrara en la cabeza lo que le pasó.

Jorge Nazar e Hijos es la empresa más famosa y poderosa de San Bernardo. Pero no son la típica familia ricachona chilena. Son palestinos y en la ciudad los conocen como “los turcos”. Tampoco nacieron en cuna de oro. Los Nazar partieron de “abajo” y de a poco formaron un imperio. Hace décadas que se dedican exclusivamente al negocio inmobiliario y actualmente son dueños de gran parte del centro de San Bernardo y también de la costa de Cartagena. Su fortuna supera los 125 mil millones de pesos.

Cuando Jorge Nazar Samur recuerda el año 2011, aún le parece una mala broma. Fue en ese periodo cuando se enteró que su hermano menor y abogado del BCI, Gerardo Nazar, estaba corriendo con colores propios.

Todo empezó a principios del 2010. Ese año, Jorge le había comprado una propiedad a Orozimbo Fuenzalida, sacerdote, empresario y obispo de San Bernardo, poco tiempo antes de su muerte. Después de cerrar el negocio, y como lo hacía desde hace décadas, le pasó los antecedentes a su hermano Gerardo para que los legalizara en la Notaría. Días después, su hermano y socio, Santiago Nazar, lo enfrentó. “Jorge, ¿por qué compraste la propiedad a nombre del papá y no a nombre de la empresa?”, le preguntó molesto. Jorge quedó en blanco. Pero Santiago le insistió. Había visto los papeles de la propiedad arriba de un escritorio y figuraban a nombre de su padre.

Ambos pidieron explicaciones al patriarca de la familia. “¡Yo soy el que manda acá!”, asegura Jorge que gritó su padre. Gerardo guardó silencio. Jorge tuvo un mal presentimiento. Como él hacía los negocios, sabía cuál era la fortuna familiar. Sin embargo, nunca había revisado la contabilidad. Durante todo el 2010 exigió toda la información a la contadora, Cecilia Durán, pero no tuvo respuesta. No podían dársela sin la autorización de Gerardo.

Con la paciencia agotada, en mayo del 2011, se encerró en la oficina de la contadora durante dos noches y tres días. La propiedad del cura era la punta del iceberg: “pillé miles de papeles que con el tiempo entendí, porque yo no tengo mucha educación, que eran traspasos de propiedades a otras sociedades, boletas ideológicamente falsas, cheques de la empresa a nombre de Gerardo, triangulaciones de platas, falsificación de firmas, sociedades cascadas y evidencia de evasión de impuestos, entre muchas otras cosas”, cuenta Jorge Nazar. Fue un golpe. Una realidad que durante años, asegura, ignoró a sus espaldas.

“Tú eres mis ojos”

La sociedad Jorge Nazar e Hijos, se constituyó el 19 de enero de 1969. El patriarca, Jorge Nazar Manzur tenía el 50%; su primogénito y fundador, Jorge Nazar Samur el 20%; y Santiago y Gerardo Nazar, el 15% cada uno. Pero ellos no eran sus únicos herederos. También tenía tres hijas: Gladys, Virginia y Myriam. Pero como buen árabe, ellas no participaban en el mundo de los negocios.

Sin tener muchos recursos, compraron su primer camión de batalla. El primogénito era el encargado de recorrer Chile comprando uniformes del Ejército y Carabineros, para luego venderlos como paños para pulir metales a Fensa y Somela. El negocio empezó a ir bien. Jorge tenía 17 años y con suerte había terminado el liceo. A veces pasaba semanas en la carretera. Dormía arriba o incluso debajo del camión, dependiendo del frío. Así, durante casi un década, forjaron el primer capital familiar.

A pesar de su origen modesto, la familia Nazar siempre tuvo suerte para los negocios. Su abuelo, Jorge Nazar Nazar, llegó a Chile desde Belén, Palestina, en 1908. Tenía 12 años cuando lo enviaron solo, como refugiado de guerra, y llegó tocar la puerta de la familia palestina Zahri.

“Cuando un paisano te golpea la puerta, lo dejas entrar. Eso es muy fuerte en la cultura árabe”, explica Jorge Nazar. Fue el primero del clan en probar suerte en San Bernardo. Allá construyó casas para funcionarios de ferrocarriles. Fue el origen del imperio inmobiliario que se mantendría por generaciones.

Jorge Nazar mantuvo la tradición. En menos de una década ya tenían un abanico de propiedades y la plata ya no alcanzaba en el colchón. Junto a su padre, rápidamente se transformaron en una de las familias más ricas de la comuna. “Mi papá me decía “tú eres mis ojos”. Yo manejaba toda la empresa y hacía los negocios. Mi hermano Santiago solo ayudaba a mi papá a atender al público y Gerardo, recién se incorporó a finales de los 80. Por eso hoy no entiendo nada”, dice.

Como se acostumbra en las culturas árabes, el primogénito se lleva una gran responsabilidad en la casa: es la mano derecha del padre, sostenedor de la familia y protector de sus hermanos. Pero en los Nazar fue distinto. Según relata Jorge, la tensión con su hermano Gerardo viene de la cuna. “Era algo natural, él siempre como que me despreció. No sé cómo explicarlo. Me discutía en todo, me reclamaba las cosas, y me miraba en menos. Cuando yo y Santiago nos fuimos de la casa, el decidió quedarse hasta los 45 años. Ahí tuvo la atención que siempre quiso”, cuenta.

Su ex esposa, Mirla Osman, también notó esa rivalidad innata. “Gerardo siempre fue muy parado, tenía rabia. Quería imponerse ante Jorge, dejarlo de lado. Él quería ser el hombre de confianza de su padre. Desde chico que es igual. No me asombra lo que hace hoy, porque es lo que había intentado toda su vida”, recuerda Mirla.

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“Ladrón de siete suelas”

Con el primogénito de los Nazar encerrado hace días en la oficina de la contadora, los ánimos en la empresa estaban crispados. “Gerardo estaba como gato engrifado, se agarraba los pelos, no sabía qué hacer”, recuerda Karina, una de las hijas de Jorge, que estuvo presente ese día. Ella se mantuvo al lado de su padre, recolectando evidencia.

Su hermano Santiago fue el primero en entrar. Karina asegura que su tío despotricó contra Gerardo: “Es un pillo de mierda, tú sabes que yo te apoyo, pero si hablo me voy a quedar sin nada, arreglemos esto por la buena”. Pero a los minutos, Gerardo entra a la oficina avisando que llamó a Carabineros y Santiago cambia su discurso. “¡Pero Chago! ¡Qué te pasa tío! ¡Recién nos estabas apoyando!”, le recriminó impactada Karina. Santiago guardó silencio y siguió a su hermano menor.

Luego fue el turno del patriarca. En ese tiempo Jorge Nazar Manzur tenía 92 años, no alcanzó a hablarle y se puso a llorar. Le pidió perdón y se abrazaron. “Por favor no dividas a los hermanos”, le rogó su hijo. Su padre lo miraba, sin darle más explicaciones.

Cuando llegó Carabineros, no entendieron nada. Jorge Nazar era tan dueño como Gerardo y no podían desalojarlo. Según cuenta Karina, Gerardo se desesperó y sacó un papel que demostraba que él se subarrendaba las oficinas, por lo tanto le pertenecían. Y, además, acusó a su hermano de tener un revólver. Era cierto. Jorge tenía uno guardado en su oficina en caso de emergencia. Se lo llevaron detenido y su hija lo acompañó. Pasaron la noche en la Comisaría, sin que ninguno de sus familiares interviniera. Al otro día, le informaron que tenía prohibición permanente de acercarse a su hermano y a las oficinas. Eso sepultó las posibilidades de seguir al mando de su empresa.

Las relaciones se cortaron para siempre. Jorge Nazar Samur se vio obligado a poner una demanda por administración fraudulenta y desleal, en contra de “Jorge Nazar e Hijos” y su padre, Jorge Nazar Manzur.

En el transcurso de estos años, la cantidad de información que Jorge Nazar ha recopilado sobre su empresa es gigantesca. Asegura que al menos 50 propiedades de “Jorge Nazar e Hijos” fueron traspasadas a otras sociedades, también ha encontrado contratos de arrendamiento a su nombre, en distintas propiedades, incluyendo la oficina de la empresa. También habría encontrado depósitos en un Banco de Miami a nombre de su hermano Gerardo, por más de 162 mil dólares, boletas de honorarios infladas para ahorrar impuestos, entre otros delitos. Pero hasta el momento, estas evidencias no han sido suficientes. Los abogados de Gerardo han contraatacado siempre más fuerte.

-Gerardo se sabe todas las pillerías de la ley, consigue testigos, hace movidas con Notarios. Es un ladrón de siete suelas. Necesito justicia para recuperar lo que me pertenece y heredárselo a mis hijos. Me aislaron, solo me depositan una plata mensual para que me quede tranquilo, pero se deshizo de mí- asegura Jorge Nazar.

Pero aún no tira la toalla. En mayo del 2014, se estacionó afuera de las oficinas en San Bernardo y le pidió a Raúl Cortés, uno de los trabajadores, que le buscara su declaración de renta donde la contadora, Cecilia Durán. Raúl lo intentó, pero le dijeron que no era posible sin la autorización de Gerardo. Luego de varios intentos, se la entregaron. A los minutos, llegó Carabineros.

Jorge no podía creer a lo que habían llegado sus familiares. “Me tienen fuera, como un delincuente, de una empresa que yo formé y que era sana, sin deudas, con gran capacidad. Todo mi trabajo pisoteado en el suelo”, recuerda.

Pero lo peor aún no llegaba. Días después, Raúl Cortés, firmó una declaración ante notario donde aseguraba que Jorge Nazar hijo, había llegado ese día con un arma y amenazó de muerte a su hermano Gerardo. Jorge no podía creerlo. Luego de varios intentos, logró hablar con Raúl y preguntarle por qué había mentido. Pero el jefe de guardias de la empresa, no tenía idea de lo que estaba hablando. “Necesito que me digas la verdad y lo hagamos como declaración jurada”, le pidió Jorge Nazar para poder usarlo en el juicio.

“Don Gerardo Nazar y su abogado, Don Francisco Piñeiro, me piden que vaya a firmar un documento para la contabilidad a la Notaría. No me pareció raro porque siempre me piden lo mismo, hace como 20 años que boleteo para cosas de ellos. (…) Ahí nos atendió el notario Claudio Ortiz, amigo de Don Gerardo. Me hizo firmar un documento. No leí. (…) Jamás pensé que me estaban haciendo firmar un escrito donde yo hablaba mal de Don Jorge, con amenazas de muerte hacia su hermano, armas y otras tonteras que yo jamás he dicho”, explica Raúl en su declaración.

Desde que Gerardo Nazar tomó el mando en la empresa, las cosas cambiaron. Uno de los más antiguos trabajadores de la empresa, el mecánico Edmundo Martínez, sabe de lo que habla después de 50 años trabajando para ellos. Recuerda a “don Jorge” con cariño y lo reconoce como el único forjador de la fortuna de su familia. “Él recorría las carreteras sin descanso, trabajaba en las construcciones hasta la madrugada, ni siquiera veía a su familia. Más encima nos trataba a todos bien. Don Jorge es una tremenda persona”, dice Edmundo.

Sobre el resto de su familia, no piensa lo mismo. Para él, Gerardo es igual a su padre, Jorge Nazar Manzur. “Jorge papá nunca trató bien a Jorge chico. Era malo, prepotente, le daba instrucciones, le tenía confianza pero lo veía como un trabajador más. De hecho, están cortados con la misma tijera, porque él también estafó a sus hermanos con plata, tal cual como Gerardo hoy lo hace con Jorge”, asegura Edmundo.

Ramón es otro ex empleado que se desempeñó como jefe de obras durante 12 años en la empresa. Hace 10 años que dejó de trabajar, pero recuerda que en ese entonces, la mano de hierro de Gerardo era dura no sólo con los trabajadores, sino también con los arrendatarios de sus locales. Si se atrasaban, les embargaba sus bienes sin importar las razones del atraso. “A mí Gerardo me dijo un día textual: yo me hice abogado para cagar hueones”, cuenta Ramón.

Por la mala fama que Gerardo se ha hecho en San Bernardo, todos los días sale del edificio con guardaespaldas. Ramón recuerda que ocupa a sus mismos trabajadores para que lo acompañen al auto y le lleven el maletín. “El que teme por su espalda, siempre es por algo”, dice.

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El cerro Chena

31 de octubre de 1973. La familia Nazar cenaba junta en San Bernardo y brindaban por tiempos mejores. Para la mayoría de ellos, el golpe militar era la mejor noticia en años. Sin previo aviso, el secretario de la Gobernación de San Bernardo interrumpió la tertulia. Venía acompañado de un militar.

“Don Jorge, vengo por orden del coronel. Necesita que se presente ante él inmediatamente”, aseguró el funcionario. El líder del clan no entendía nada. Al verlo complicado, su hijo Jorge se ofreció a ir en su nombre para que no pasara malos ratos. Se lo llevaron y el resto siguió comiendo.

La primera parada fue la Gobernación, donde un oronel empezó a hacerle preguntas. Lo insultó, le pegó y lo amenazó con su familia. Le preguntaban dónde tenía las 600 ametralladoras escondidas. Jorge Nazar, en ese tiempo un veinteañero, no tenía idea de lo que le hablaban. No le creyeron y dieron instrucciones de llevarlo al Cerro Chena, al igual que cientos de campesinos y pobladoras de San Bernardo y Paine.

“Yo les decía que se habían equivocado, que nunca habíamos sido gente política, que éramos gente esforzada”, recuerda Jorge Nazar. No importó. Sin vendaje en sus ojos, llegó al “Cuartel Dos” de la Escuela de Infantería de San Bernardo, conocido más tarde como centro de tortura y campo de prisioneros. Al entrar, lo primero que vio fue a un hombre colgado a un árbol por los pies, con la espalda llena de excremento. Durante cuatro días lo torturaron sin descanso. Corriente, golpes, alambres de púas, simulacros de fusilamientos. “Habían tantas mujeres, tanta pena, tantos gritos. Tanta gente que no debía estar ahí igual que yo”, cuenta. Asegura que todavía sueña con la gente que compartió ahí y murió a su lado.

Luego de cuatro días, el coronel encargado decidió soltarlo. Jorge exigió verle la cara. “Le dije que si podíamos conversar de hombre a hombre. Le saqué la madre como 10 veces, no me importaba si me mataba. ¡Mira como me dejaste!, le gritaba, yo creo que nadie se dio el gusto de insultarlo”, recuerda Jorge. Sergio Arellano Stark firmó su salida.

Luego de estar desaparecido, volvió a su casa. Toda su familia fue testigo de las heridas y secuelas de las torturas. Pero eso no cambió las cosas. Su padre no le pidió disculpas. Incluso, solo una semana después de la pesadilla que había vivido su hijo, brindó orgulloso por Pinochet en la mesa.

Pocos meses después, a Jorge lo secuestra la DINA en Cartagena. Sus padres y familiares nuevamente guardaron silencio. Hoy, esos recuerdos lo siguen atormentando. “Yo di mi vida por él y a él no le importó nada. Nunca me ha hablado del tema y yo tampoco se lo he sacado en cara. Pero de esta manera no es cómo le pagas a tu hijo que fue torturado por protegerte y con quien trabajaste durante décadas mano a mano”, dice Jorge.

Han pasado cuatro años desde que Jorge Nazar demandó a su padre por administración fraudulenta. El caso, aún en proceso, todavía no ve posible solución. “Hoy quiero empezar a sanar heridas”, dice Jorge. Desde que lloró con él en las oficinas de la empresa, que no habla directamente con su padre. Hoy tiene 96 años y está bajo el cuidado de Gerardo. “Yo creo que le han hecho firmar de todo, estoy seguro que hay más”, asegura. Cree que nunca va a entender las motivaciones de su familia, pero la verdad, es que ya no le importa. “Estuve años intentando entender la maldad. Y ahora quiero justicia para que mis hijos hereden lo que corresponde y que el Estado investigue los abusos que llevo años denunciando. Aunque me muera luchándole a mi hermano, llegaré hasta las últimas consecuencias”, asegura Jorge Nazar.

The Clinic intentó comunicarse con Gerardo Nazar pero no recibimos respuesta. De igual manera, fue informado de la publicación de este reportaje.