Editorial-603---ale-olivares

Que las fuerzas reaccionarias desplegaron todo su poder, es cierto. Más allá de los lobby secretos y amenazas públicas y privadas de los empresarios y sus representantes políticos, el sector oriente de la capital sacó la voz. Consiguió volver a ser víctima, algo que no experimentaba desde la Unidad Popular. Tocó cacerolas, acaparó combustible (ese día, las bencineras del barrio alto vendieron 7000 litros más de lo acostumbrado), y activó su espíritu de comunidad a través de chats grupales, por los que han circulado historias de ladrones vestidos de curas, vendedores de nueces envenenadas y otros cuentos de terror acontecidos a la sombra de “la revolución”. Una frase que se repetía era “este país se está yendo a la mierda”. Se convirtió en motivo de burla popular la alharaca de los orientales. No los dejaba dormir el ruido de la retroexcavadora que, en sus cabezas, arrasaba con ese mundo sensato y virtuoso, donde los negocios funcionaban bien. Hay que tener la cabeza muy dura, en todo caso, para encantarse con una retroexcavadora como símbolo de un proyecto político, y tener muy poco claro el edificio que se quiere construir, porque de lo contrario son sus planos el verdadero motivo de encanto. Hay quienes prefieren creer que lo absurdo fueron las ganas de tener un país más justo, cuando lo reprobable fue la administración de esas ganas. Tuvimos durante este primer año y medio un mal gobierno. Lo de Caval fue un mazazo definitivo, un proceso de degradación interna que terminó con Ponce Lerou vomitando en el asado. La reforma tributaria no conoció admiradores. La reforma educacional no encontró complicidad ninguna, ni en los estudiantes, ni en los parlamentarios jóvenes, ni en los profesores, ni en los apoderados, ni en los intelectuales. El gobierno demostró que las quería realizar, sin saber mucho qué ni cómo. Dejó afuera a los experimentados y a los primeros del curso. Fue más de los entusiastas que de los reflexivos. La candidatura de Bachelet escuchó bien el entorno, pero prefirió sumarse a los gritos que alejarse para modularlos. Es fácil decir ahora que todo eso fue una gran estupidez, pero hay que recordar que mientras tanto, los que ahora aparecen como garantes de la cordura, estaban escondidos en sus casas. El movimiento ciudadano del 2011 –que aunque algunos quieran negarlo, existió y fue muy fuerte–, no podía ver a los concertacionistas. Ellos representaban un acuerdo ajeno y gastado, un ánimo de complacencia administrativa, la fatiga del deseo y cierto desgano democrático. Generaciones enteras permanecían fuera de la toma de decisiones. Bachelet tendió un frágil puente con esas fuerzas vivas que reclamaron su lugar desde afuera de los partidos anquilosados, y que este segundo período de su gobierno tendrá el reto de mantener en pie. ¿Qué harán los comunistas? ¿Volverán con todo a la calle los estudiantes? ¿Y los profesores? Porque es cierto que de ganas no vive el hombre, pero sin ganas tampoco, y si en este giro pragmático se las degrada, podrían derivar en furia. Bachelet tendrá que demostrar con hechos que este rediseño no es la renuncia suya que un rumor anticipó. La medida de lo posible que regresa, no puede ser la misma de antes. Sería demasiado triste, demasiado frustrante, demasiado injusto. Querría decir que, como alegan los vociferantes, de nada sirve votar, porque a la postre los ricos hacen lo que quieren. Querría decir que la sensatez está a su servicio, y que todo esfuerzo por distribuir mejor el poder es finalmente una locura.