EDITORIAL--605
Tiempo atrás, cuando se suponía que sería panelista de “Tolerancia Cero”, me reuní con Fernando Villegas.

Quería conversar conmigo porque yo le caía pésimo. Nos encontramos en la oficina de Pablo Morales, entonces programador de Chilevisión, y antes de saludarme empezó con acusaciones y descalificaciones y frases de la radio Agricultura. Parecía un tuitero indignado. Después me ofreció combos de mentira. Después se quejó de los revolucionarios simplones y de todo un mundo de gente que lo agredía si se dejaba ver en público.

Confesó que apenas podía salir a la calle. Entonces me di cuenta que hablaba desde una trinchera asediada. Es cierto, Villegas se convirtió de pronto en el gran enemigo de la opinología progresista, y el progresismo en el gran enemigo de Villegas.

Cuando a comienzos de la transición dejó el anonimato en el programa “Domicilio Conocido”, con Carolina Rosetti, representó una voz libre y crítica. “Irreverente”, se le llamaba entonces. A Villegas le gusta la incorrección, al menos en apariencia.

Y mientras llevó la contra a los potijuntos estuvo bien, ayudó a desacralizar discursos pomposos, pero de repente derivó en cara de asco, en desagrado de los otros, en una sensación de superioridad que solo se amansa ante los verdaderamente poderosos, porque, como él ha terminado por convencerse, ahí ocurre lo único determinante.

No es raro que el cinismo desemboque en esa poltrona, antes de concluir que ni siquiera ésos importan. Se han sentido ofendidos por él los estudiantes, los profesores, los indígenas, las mujeres y los homosexuales, y es que de puro odio a los que se llenan la boca con la defensa de las minorías como quien se pone una chaqueta Benetton, termina pisoteando esas voces frágiles y maltratadas, que poco tienen que ver con la autosatisfacción de lo políticamente correcto.

Huyendo de la molestia de los ilusos y el coro de la calle (el año 2011 lo colmó), se acomodó entre los que defienden las cosas como son.

El asunto es que conversando con Carmen Gloria Quintana, jamás percibí ese desprecio en él. Más bien todo lo contrario, se esforzó por marginarlo. “Te voy a decir algo tremendo –arrancó, de pronto–, este tema de la reconciliación, pasó el momento histórico. En Chile lo que estamos viviendo es un fenómeno contrario: vuelven a encenderse, y estamos ante los primeros signos alarmantes, los potenciales de rabia y de odios, y la onda de la reconciliación que en algún momento sonaba fuerte, pasó la vieja de eso”.

Lo de “los signos alarmantes” me parece propio de su enclaustramiento, pero tiene toda la razón cuando dice que, al menos hasta nuevo aviso, “pasó la vieja” con ese tema.

No le dijo a Carmen Gloria Quintana que se fuera a joder a otro lado con su caso porque había pasado la vieja, sino que la onda comunitaria no estaba sintonizada ahí. Pero la frase detonó la furia de los que se sienten buenos si le apuntan a un malo. Y estallaron las redes sociales.

Efectivamente, no son los tiempos de la reconciliación. Esos comenzaron a terminar con la primera Bachelet. Son centenares los juicios a militares que continúan su curso sin ser noticia, muchísimos los uniformados que arriesgan cárcel. La verdad se completaría más rápido todavía si se facilitara la delación compensada, el único mecanismo efectivo para romper los pactos de silencio, pero no es real que se haya renunciado a la justicia. No es de “el reencuentro de la familia chilena”, sin embargo, que se habla ahora.

De hecho, la opinión pública respecto de las Fuerzas Armadas es ya bastante benevolente –hoy por hoy, más condena a los políticos que a los milicos– y, aunque no del todo, se ha logrado desligar en gran medida de la ignominia pinochetista.

La palabra “acuerdo” carece de toda popularidad. Ya no parece necesario morderse la lengua para evitar el colapso de una frágil democracia. El fin del binominal, sin ir más lejos, debiera acelerar la dispersión política. Es más bien un nuevo ciclo de discrepancias el que estamos viviendo, al margen de los derechos humanos. Hay quienes auguran el retorno de los tres tercios.

Ese día que nos encontramos, la rabieta de Villegas cedió rápido. Frente a frente, constató que yo no pensaba como él había supuesto, y me temo que llegamos a imaginar discusiones moduladas, de esas que avergüenzan a los redentores iluminados por la pureza. Recién ayer, por Twitter, alguien me acusó, atorado de indignación, de matizar. Sólo atiné a responderle que, a veces, no viene mal.