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El 1º de mayo de 1938, los nazis –colonos o chilenos de origen alemán radicados en el sur- desfilaron por las calles de Puerto Montt vistiendo el uniforme de las S.S., las tropas de asalto hitlerianas. Jóvenes y no tan jóvenes lucían camisas pardas; llevaban dagas y al costado derecho del cinturón, un revólver. En el izquierdo, un laque de goma fundida.

Algo similar se vivía en Osorno, donde los muchachos de los colegios alemanes, acompañados por sus profesores, marchaban a menudo por el centro de la ciudad. Un niño de nueve años, alumno de tercera preparatoria del Liceo de Osorno, observaba a menudo esos desfiles. Su nombre era Juan Manuel Guillermo Contreras Sepúlveda. Había nacido en 1929 y sus primeros estudios básicos los cursó en el Instituto Inglés de Macul, en Santiago, pero su padre fue trasladado a Osorno, hacia donde partió junto con su madre, Aída Sepúlveda Cubillos.

El pequeño Juan Manuel era un niño fraguado para el Ejército. Hijo, nieto y bisnieto de militares, con un hermano marino, reunía todas las cualidades requeridas para llegar a los altos mandos de la institución. Su abuelo, Manuel Contreras Canelo, fue soldado del regimiento Séptimo de Línea “Esmeralda” en la Guerra del Pacífico y luchó en las batallas de Tacna, Chorrillos y Miraflores. Luego, en 1891 participó en la guerra civil y perdió una pierna en la batalla de Placilla. Su padre, en tanto, Manuel Contreras Morales, alcanzó el grado de coronel.

Desde 1944, año en que ingresó a la Escuela Militar, Juan Manuel Contreras ocupó todos los primeros puestos posibles en los cursos que debió realizar: primera antigüedad en su promoción, primer lugar en el curso básico de oficial subalterno, primer puesto en el curso regular de Estado Mayor de la Academia de Guerra, primer lugar en el curso de Estado Mayor realizado en Fort Benning, base de la Escuela de Infantería del ejército estadounidense.
Apenas llegó a la Escuela Militar, un joven oficial se fijó en Contreras y lo transformó en uno de sus preferidos. Era el entonces teniente Augusto Pinochet Ugarte. Manuel Contreras pasó sin tropiezos, con soltura incluso, todas las vallas exigidas por los instructores y maestros en su carrera hacia la cima del Ejército. De su cuerpo emanaba lo que entre los oficiales se conoce como “el perfume a General”.

Contreras egresó de la Escuela Militar, con la primera antigüedad, el 23 de diciembre de 1947. Como alférez, fue destinado al regimiento de Ingeniería N° 2 “Aconcagua”, con asiento en Quillota. En una plaza de esta ciudad, conoció a María Teresa Valdebenito Stevenson, hija de un almirante y estudiante de las monjas Inglesas de Valparaíso. Con ella se casó en 1953. El apellido Valdebenito era muy conocido en la ciudad de las paltas y de las chirimoyas. Entre 1938 y 1939, Vasco Valdebenito García había sido su alcalde y más tarde diputado por Valparaíso en representación del Partido Socialista.

En 1952 el teniente Contreras Sepúlveda llegó destinado a la Escuela Militar, donde pasó a integrar la Compañía de Ingenieros como instructor de zapadores. Un año después, en 1953, el teniente Contreras, ya casado, marchó hacia su nuevo destino, la recién inaugurada Escuela de Ingenieros de San Antonio, donde permaneció seis años. Se marchó en 1959 con el grado de capitán y siendo padre de tres hijas: Alejandra, María Teresa y Marianela, las que años más tarde se casarían con oficiales del Ejército.

En 1960 ingresó al curso de oficial de Estado Mayor en la Academia de Guerra, donde se reencontró con el ahora capitán Augusto Pinochet, que era el subdirector de ese instituto y que, además, se transformó en su primer profesor de Estrategia. Los principales debates de los alumnos giraban en ese tiempo en torno a la derrota del ejército francés en Indochina, a la represión en Argel y a la revolución cubana, que había triunfado en 1959.
El estado mayor francés aplicó en Argelia, desde mediados de los años 50’, lo que denominó Doctrina de la Guerra Revolucionaria (DGR). El comandante Paul Aussaresses dirigió una agrupación integrada por los llamados “Escuadrones de la Muerte”, encargados de torturar y hacer desaparecer a los rebeldes hechos prisioneros. Las fuerzas represivas detuvieron a más de 24 mil argelinos e hicieron desaparecer a unos tres mil de ellos. Funcionaron con estructuras de patrullas móviles que actuaban al margen de todo marco legal. Muchos de los cuerpos de los asesinados eran encontrados en las riberas del mar Mediterráneo, luego de ser lanzados desde helicópteros por los comandos franceses.

Las flagelaciones eran de tres tipos: golpes, electricidad en las zonas genitales y otros órganos sensibles del cuerpo, e inmersión del prisionero en agua o atragantándolo con líquido hasta la asfixia. Todos los que participaban en actos considerados terroristas, eran ejecutados sumariamente, y sus cuerpos disueltos en cal o enterrados en fosas comunes que los oficiales más escrupulosos hacían cavar orientadas hacia la Meca.

Limpieza política
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Manuel Contreras egresó en 1962 de la Academia de Guerra como el mejor alumno de su curso. Retornó a ese lugar en 1966 como profesor de Inteligencia, en una época en que los tres grandes maestros de las principales disciplinas militares allí impartidas eran René Schneider, en Táctica; Carlos Prats, en Estrategia; y, Mario Sepúlveda Squella, en Inteligencia.

Un año después, en 1967, Contreras consiguió una de sus mayores ambiciones: viajar a Fort Benning para realizar el curso de post grado de Estado Mayor. Su paso por el reputado fuerte norteamericano, donde también se adiestraban los temibles rangers, que eran enviados a la guerra de Vietnam. En 1969, siendo ya secretario de Estudios de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes y teniendo el grado de mayor, Contreras fue uno de los más entusiastas impulsores del movimiento militar que culminó con el acuartelamiento del regimiento de Artillería Nº 1 “Tacna”, encabezado por el general Roberto Viaux.

En 1970, Contreras fue designado secretario del Estado Mayor del Ejército y al año siguiente viajó a Osorno para asumir el mando del regimiento de Ingenieros Nº 4 “Arauco”. A fines de diciembre de 1972 retornó del sur para asumir la dirección de la Escuela de Ingenieros de Tejas Verdes, mando militar que compartió con sus obligaciones docentes en la Academia de Guerra. En su cátedra, junto a otros coroneles y la colaboración de algunos capitanes, empezó a diseñar un aparato de inteligencia destinado a desarticular los pilares de la Unidad Popular.

Contreras ya se había contactado con los agentes de la CIA en Chile, quienes le enviaban manuales de otras policías secretas, como la KCIA, de Corea del Sur; la Savak, de Irán; el Servicio Nacional de Información, de Brasil; y, los “Escuadrones de la Muerte”, dirigidos por los paracaidistas franceses en Argelia. Los oficiales de la Academia de Guerra trazaron planes para anular los ”cordones” industriales, bloquear las comunicaciones y enfrentar la evidente resistencia que opondrían el MIR y las brigadas de la Unidad Popular.

En la noche del 10 de septiembre de 1973, el coronel Contreras comió en la casa del comerciante Enrique Manzur, en las Rocas de Santo Domingo. Casi a la misma hora, un destructor de la Armada llegó al puerto de San Antonio. Coincidencia o no, el mando de esa nave lo ejercía el capitán Jorge Contreras Sepúlveda, su hermano. En las semanas siguientes, se abocó a revisar informes de inteligencia y documentos encontrados en las sedes de los partidos de izquierda. Pidió listas de prisioneros, sugirió arrestos, ordenó allanamientos, instruyó métodos para interrogar… Al mismo tiempo, estructuró los soportes de la DINA y los planes para la limpieza política del país.

Pese a ser en todos los grados de su carrera militar un jefe particularmente exigente, en la vida privada, en cambio, Contreras fue siempre una persona cordial y sencilla, hasta descuidado en su vestimenta de civil y de gustos simples a la hora de comer. Quienes le conocieron por aquellos tiempos, afirman que era muy aficionado a los “causeos” y al vino tinto.

A fines de septiembre de 1973, asistió a una reunión de la Comunidad de Inteligencia del Estado Mayor de la Defensa Nacional. Todos los presentes sabían que el coronel Contreras contaba con el respaldo del general Pinochet y que los propósitos expuestos se iban a transformar en una nueva entidad, más poderosa, más temible que cualquiera de los servicios de inteligencia conocidos en Chile hasta ese instante.

De inmediato, Contreras se puso al frente de una secreta dependencia donde acumuló grandes volúmenes de documentos. Eran interminables cerros con listas de detenidos. Era urgente saber lo más posible sobre los miembros del MIR, el GAP, el PS, el PC, los extranjeros y los marxistas que estaban tratando de pasar inadvertidos en las universidades, en las industrias, en el gobierno. El coronel requería los mejores hombres no solo del Ejército, sino también de la Armada, de la FACh, de Carabineros, de Investigaciones y de civiles, de muchos civiles.

Contreras empezó a revisar los últimos cursos de la Academia de Guerra, marcando a los que tenían alguna preparación en inteligencia. Pensó en los oficiales que le habían sido fieles, en sus conocidos, en los amigos, en los posibles expertos civiles de los que le habían contado. El paso siguiente fue empezar a pedir formalmente a las otras instituciones armadas que los pusieran a su disposición.

Contreras seguía al mando de la Escuela de Ingenieros. Los hombres elegidos se pusieron bajo su mando en las últimas seis semanas de 1973; desde la sede del gobierno militar, en el edificio Diego Portales, se ordenó transferirle a los civiles que estaban colaborando en labores de inteligencia.

Tejas Verdes fue un verdadero infierno entre septiembre de 1973 y marzo de 1974. Se torturó hasta lo indecible. Los primeros cuadros de la DINA, que se formaron en un excampamento de verano de la UP, en Santo Domingo, practicaron métodos de interrogatorio y tormento con detenidos de la zona o llevados desde Santiago.

Varios de los primeros funcionarios de la DINA comenzaron a operar desde el segundo piso del cerrado Congreso Nacional. El 8 de diciembre de 1973, el coronel Manuel Contreras se trasladó a Marcoleta 90, muy cerca de Plaza Italia, en Santiago. Ese edificio pasaría a ser el cuartel central de la DINA.

Al iniciarse el mes de enero de 1974, varias decenas de hombres que habían recibido formación básica en inteligencia viajaron a Santiago y a otras ciudades importantes para sentar las bases de las nuevas brigadas encargadas de la cacería de los militantes de partidos de izquierda. En un comienzo, los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, sin perder sus respectivas identidades, operaron sin mayores problemas bajo el mando unificado de Contreras. Tal buen entendimiento se prolongó hasta 1975, año en el que se institucionalizó la Escuela de Inteligencia del Ejército y se estableció en el fundo Los Morros de Nos.

El coronel Contreras no vio con buenos ojos que se comenzara a establecer otra doctrina de inteligencia que la impartida en la ENI, Escuela Nacional de Inteligencia, instituto de la DINA que funcionaba desde 1974 en el ex fundo La Rinconada de Maipú. A tal molestia de Contreras se debe agregar la creciente antipatía e incompatibilidad que, desde fines de 1974, se empezó a producir entre el coronel y el general Odlanier Mena, director de Inteligencia del Ejército. En varias oportunidades, Mena se quejó ante el general Pinochet de que resultaba inconcebible que un coronel tuviera atribuciones mayores que las de los generales.

Entre 1975 y 1977, las pugnas entre la DINA y las otras entidades de inteligencia se fueron haciendo cada vez más insostenibles. Las situaciones conflictivas se sucedían a diario, llegando incluso a pugilatos entre oficiales alumnos de ambas escuelas de Inteligencia, particularmente cuando había de por medio algunos tragos demás. En una oportunidad, en mayo de 1975, el entonces mayor José Zara Holger, que prestaba servicios en la DINA, encañonó con su revólver cargado y amartillado a un capitán que estaba haciendo el Curso Básico de Inteligencia en Nos, al tiempo que le exigía repetir que tal curso era una mierda.

En la Junta Calificadora de Oficiales de 1976, el general Mena fue llamado a retiro, recibiendo como premio de consuelo la embajada de Paraguay.

Contreras no solo reprimió a los partidarios de Allende y de la Unidad Popular. También se encargó de derribar cualquier sombra que le impidiera a Pinochet conseguir el poder absoluto en el régimen militar. El periodista Federico Willoughby, asesor de prensa y de imagen del dictador desde el mismo 11 de septiembre de 1973, cuenta en sus memorias:

-Los métodos de Contreras superan la ficción. Él mismo, defendiéndose de sus innumerables crímenes y errores que dañaron al Gobierno Militar, imprimiéndole el sello de dictadura, y al país, ha sido una fuente inagotable de mentiras; usando la ficción para borrar las huellas de esa increíble realidad que forjó en un desenfreno de sangre, intrigas y delitos para tener más poder.

Contreras es, sin duda, un conocedor de las debilidades humanas, por ese flanco trabajó su objetivo de hacerse indispensable para el general y su familia. Su primera conquista fue la señora Lucia Hiriart.

Los vencedores no se defienden
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Los asesinatos del general Carlos Prats y de su esposa, en Buenos Aires; de Orlando Letelier y de su secretaria, en Washington; el atentado contra Bernardo Leighton y su mujer, en Roma; y, los crímenes, desapariciones, torturas y excesos de todo tipo perpetrados en Chile y en otros países de la región, socavaron a Contreras y la DINA. Desde el mismo seno del gobierno militar y de los civiles que lo apoyaban surgieron severas críticas a su proceder, insistiendo en que el coronel estaba provocando graves daños al régimen en el exterior, lo que ponía en riesgo la continuidad del “proceso restaurador” iniciado por las Fuerzas Armadas.

A fines de 1974 el coronel Contreras había decidido ampliar su ámbito de acción a los países europeos que albergaban exiliados chilenos. El mayor Hugo Prado Contreras, adscrito a la DINA, fue comisionado para tomar contacto con los grupos de ultraderecha europeos. La Falange Española, los Guerrilleros de Cristo Rey, Fuerza Nueva y el Centro Español de Amigos de Europa, Cedade, en España; Nouvelle Ecole, en Francia; y Avanguardia Nazionale y Ordine Nero, en Italia, fueron algunos de los más importantes nexos establecidos por el mayor Prado.

En septiembre de 1975, el exsargento de Carabineros de Chile, José Cuevas Segura, fue presentado en Madrid como ‘”el señor comandante Cárdenas, del Ejército chileno’”, ante los Guerrilleros de Cristo Rey. Cuevas había sido chofer de Manuel Contreras en la DINA desde 1974. Era de mejor apostura que el común de los suboficiales de Carabineros y su nivel de trato con altas esferas era aceptable. Podía pasar como “el comandante Cárdenas” y no abrir la boca más que para hablar de “la cruzada chilena en contra del comunismo internacional”.

En América del Sur, mientras, apoyado por la CIA, Contreras puso en marcha en 1975 el llamado Plan Cóndor, una multinacional de la represión que empezó a funcionar en Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Argentina y Chile, empresa que dejó decenas de muertos y desaparecidos.

Todos los planes de Contreras se vinieron al suelo en 1977, cuando aumentó la presión del gobierno estadounidense debido al asesinato de Orlando Letelier. La caída fue vertiginosa y pese a la resistencia del coronel, los hechos se precipitaron rápidamente.

En julio de 1977, el FBI detuvo a algunos cubanos anticastristas que reconocieron a Michael Townley como el sujeto rubio que había participado en el atentado. Ese mismo mes, Pinochet comunicó a Contreras su decisión de terminar con la DINA, anuncio que se hizo público el 12 de agosto.

En noviembre de 1977, el general Pinochet convocó a su despacho al coronel.

-Dime Mamo, dónde quieres que te destine. Elige lo que quieras-, ofreció Pinochet.
-Mi decisión está tomada, general: el Comando de Ingenieros-, replicó.

Pocos días después, una delegación de oficiales del arma de Ingeniería, llegó hasta el Comando, en calle Santo Domingo, en Santiago.

-Soy un oficial disciplinado. Si mi general Pinochet tomó la decisión de terminar con la DINA, por algo será. Él es el comandante del Ejército. Yo ahora dedicaré todos mis esfuerzos a conseguir que la mayor cantidad de oficiales del arma de Ingenieros ingrese a la Academia de Guerra y llegue a los altos mandos de nuestra institución-, les dijo Contreras.

El “Mamo” había diseñado un nuevo camino para llegar al poder: copar el alto mando del Ejército con oficiales que le fueran fieles a todo evento. Sus planes, sin embargo, fracasaron. El 20 de marzo de 1978, Contreras fue llamado al despacho del vicecomandante del Ejército, el general Carlos Forestier, quien le comunicó, por decisión de Pinochet, su baja inmediata del Ejército.

Aquella noche todas las luces de su residencia en la avenida Príncipe de Gales se encendieron para recibir a quienes llegaban a solidarizar con Contreras. A los oficiales de la DINA, se sumaron mandos de la FACh, de Carabineros e incluso el ministro de Defensa, el general Herman Brady. Cerca de las 22:00 horas ingresó Lucía Hiriart, que abrazó efusivamente al general en desgracia.

Los nombres de los generales Sergio Covarrubias, René Vidal y René Escauriaza sonaron en los pasillos y en los jardines. Se les culpaba de estar aliados con los ministros civiles y con Jaime Guzmán, el influyente líder gremialista, asesor de Pinochet y enemigo irreconciliable del ahora exjefe de la DINA.

En las dos semanas siguientes Townley, arrinconado por todos, decidió ponerse a disposición de Odlanier Mena; mientras, en Estados Unidos, emisarios de Pinochet acordaban los términos para la entrega del agente de la DINA que aparecía como el autor material del asesinato de Letelier.

Contreras reapareció el 20 de abril para dirigirse por vía aérea a Punta Arenas y embarcar 23 maletas en el carguero alemán Badenstein rumbo al puerto de Hamburgo. Otros bultos misteriosos los envió a través de Lufthansa con destino Nueva York-Frankfort. Versiones posteriores indicaron que la carga que iba en Lufthansa fue transferida a Braniff e interceptada en Nueva York por el FBI. Sobre su contenido, hasta ahora nada se ha sabido.}

A fines de julio, la justicia chilena ordenó el arresto de Contreras, Pedro Espinoza, Armando Fernández Larios y Vianel Valdivieso. La resistencia fue mínima y solo verbal. El 2 de agosto los cuatro se instalaron en el Hospital Militar.

Manuel Contreras había previsto su retiro y el de sus hombres. Para ello creó una sociedad de responsabilidad limitada destinada a dotar de casas a todos los miembros del estado mayor de la DINA. También, en sociedad con Vianel Valdivieso -Víctor Víctor, como le decían – formó la empresa CONAS, dedicada a los servicios de ingeniería y mantenimiento. Otras empresas bajo el control de Contreras al iniciarse los años 80 eran Conapala, una compraventa de automóviles; Enelectro, de artículos electrodomésticos; Impromet, en el rubro de la metalurgia; y, su empresa regalona: Servicios de Asesorías Integrales Alfa-Omega Ltda.

El general decidió instalarse en el 3º piso de Santa Lucía 270, en unas oficinas que arrendó a su amigo y ex agente DINA, Eduardo Romero Olmedo, que había sido dirigente de los camioneros durante la Unidad Popular, época en que se hizo muy amigo de Contreras.

En 1981, poco antes de que Alfa Omega entrara en su fase terminal, Contreras había logrado reunir junto a él a los generales en retiro Galvarino Mandujano y, Pablo Schaffauser Acuña, ambos del arma de ingenieros; Agustín Toro Dávila, de infantería; y, al coronel Ramón Larraín. Entre sus principales clientes estaban la discoteca Eve, la planta de Vicuña Mackenna de IRT y numerosas financieras pequeñas.

En uno de aquellos días, Contreras, con algunos tragos en el cuerpo después de concluir una comida de camaradería con sus colaboradores de Alfa Omega, se emocionó al recordar los funerales del generalísimo Francisco Franco en 1975. Narró que miles de falangistas luciendo sus camisas azules saludaron con el brazo en alto el entierro del gobernante español en el Valle de los Caídos, mientras entonaban el ‘‘Cara al Sol’’, himno de la Falange que fundara José Antonio Primo de Rivera.

Contreras, con lágrimas en los ojos, comentó:
-¡Esa es la mística que necesitamos en Chile!
-¡Tómese el gobierno mi general, nosotros lo apoyamos!-, lo instó uno de sus asesores.

El general pareció reflexionar algunos segundos. Luego, respondió:
-No; mi lealtad hacia mi general Pinochet es irrestricta, pero les aseguro que voy a quitar de circulación a esos cabrones de los gremialistas.
-General, ¿usted es católico?
-Católico observante.
-Es decir, ¿jura que la DINA ni usted tuvieron nada que ver en el caso Letelier?
-Se lo juro.

La noche del lunes 25 de marzo de 1991, el general (R) Manuel Contreras concedió una entrevista al periodista Pablo Honorato, emitida a través de Canal 13 de televisión. El ex jefe de la DINA intentó desacreditar el recién difundido informe final de la Comisión Rettig sobre las violaciones a los derechos humanos registradas en Chile entre 1973 y 1989.

-¿Usted no reconoce que haya detenidos desaparecidos?
-No existen los detenidos desaparecidos en una guerra subversiva, y esta fue una guerra subversiva.

Contreras dijo en aquella oportunidad que “el general Pinochet sabía de todo lo que le informaba y yo le informaba de todo lo que hacía la DINA”. Insistió, además, en culpar a la CIA y a Michael Townley de los asesinatos de Orlando Letelier y del general Carlos Prats.

Contreras, presionado por las pruebas acumuladas en su contra por el ministro Adolfo Bañados en la investigación del asesinato de Orlando Letelier empezó lentamente a variar su estrategia de defensa. Culpó al ex capitán Armando Fernández Larios de ser un “narcotraficante” al servicio del FBI, aseguró que nunca había sido nombrado director de la DINA y que esta dependía de la Junta Militar de Gobierno y luego del Ministerio del Interior.

En noviembre de 1993 el ministro Bañados dictó sentencia: siete años de prisión para Contreras y seis para Pedro Espinoza, como autores intelectuales del asesinato de Orlando Letelier. No obstante, la Cuarta Sala de la Corte Suprema debía confirmar o modificar el fallo. Los alegatos fueron fijados para el 25 y 26 de enero de 1995 y serían transmitidos en directo por la televisión.

Contreras se instaló en el fundo Viejo Roble, en Huempeleo, en las cercanías de Fresia, en la provincia de Osorno. Allí lo acompañaban su pareja, Nélida Gutiérrez, su ex secretaria en la DINA; sus hijas Alejandra, María Teresa y Marianela; y, su hijo, Manuel Contreras Valdebenito.

El 30 de mayo, finalmente, la Cuarta Sala de la Corte Suprema ratificó la sentencia. Aquella misma noche Contreras apareció en las pantallas de Canal 13: “Yo no voy a ir a ninguna cárcel mientras no haya una justicia real. Me encuentro perfectamente bien y como lo he dicho siempre, soy inocente. Y en este momento no me defiendo en forma personal, pues los vencedores no se defienden porque son los que escriben la historia”.

En los cinco meses siguientes se vivieron varios de los episodios más tensos de la transición a la democracia. Hubo momentos en que el descalabro pareció inminente. Contreras se refugió en un momento en el regimiento “Sangra”, en Puerto Montt, luego se trasladó al Hospital Naval y finalmente aceptó ir a Punta Peuco, pero vigilado allí por militares, no por Gendarmería.

Casi dos años después, el 23 de diciembre de 1997, presentó ante la Corte Suprema un recurso de revisión de la sentencia que lo había condenado. Allí, el ex jefe de la DINA intentó demostrar que él era solo un subordinado del general Augusto Pinochet y, como tal, le debía obediencia jerárquica. Fue la primera vez que Contreras vinculó al dictador a la dirección política y militar de la DINA.

A esa altura de su condena, Contreras había bajado cerca de 40 kilos de peso. Pasaba casi todo el día escribiendo en su computador conectado a Internet. Disponía de un teléfono que le permitía comunicarse con el exterior. Pinochet, instalado ya en el Senado, no contestaba sus llamadas.

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El lunes 10 de abril de 2000, Contreras dio un nuevo paso en su defensa y recibió con pan amasado y té humeante a cuatro fiscales estadounidenses, a los que invitó a la cárcel de Punta Peuco para someterse –por su propia voluntad- a un interrogatorio sobre el caso Letelier. El general (R) habló durante tres horas en inglés y exhibió a los fiscales el decreto que creó a la DINA donde se establece que el organismo dependía de Pinochet.

En noviembre de 2002, Contreras, ya nuevamente en libertad, acudió a los tribunales a declarar ante la jueza Olga Pérez, quien investigaba el asesinato del ex químico de la DINA, Eugenio Berríos. Allí, el general (R) afirmó que Pinochet había ordenado sacar a Berríos de Chile para proteger a su hijo, Marco Antonio Pinochet, involucrado con Berríos y otras personas en algunos negocios turbios relacionados con el tráfico de cocaína.

El 11 de septiembre de 2004, a través de la Revista El Sábado del diario El Mercurio, Manuel Contreras volvió a embestir contra Pinochet: Pinochet nos dejó absolutamente solos. ¡A todos! Nos dejó absolutamente solos, perdió la oportunidad de haber sido un líder. En esa misma entrevista, concedida a la periodista Cherie Zalaquett, Contreras comentó que a fines del 73 tenía tres posibilidades: la DINA, la Academia de Guerra o irme como agregado militar por dos años. Le dije al general Pinochet: Lo que usted ordene. Y me arrepiento. Si hoy pudiera volver a ese momento elegiría cualquiera de las dos opciones, pero no la DINA. Yo no la elegí, solo cumplí órdenes. Y si hubiera elegido cualquiera de las otras dos, no tendría los problemas que he tenido ahora.

El miércoles 26 de enero de 2005, Contreras empezó a cumplir una nueva condena en el penal Cordillera. Ahí se le irían acumulando las sentencias. Poco antes de morir arrastraba más de medio siglo en condenas.

En noviembre de 2007, acudió al penal el conductor del programa Enigma, de TVN, Guillermo Muñoz para entrevistar a Contreras. Su primera pregunta y la respuesta recibida fueron elocuentes:

-¿Qué sintió cuando murió el general Pinochet?
-Nada.

(*) Autor, entre otros, de los libros “La historia oculta del régimen militar”, junto a Ascanio Cavallo y Oscar Sepúlveda; “Contreras. Historia de un intocable”; y, “Las letras del horror. La DINA