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¿Cómo enfrentar una conversación con el peor criminal de la historia de Chile? No tuvimos tiempo para pensarlo: ese 10 de septiembre de 2013 el llamado fue urgente: junto a Mónica Rincón, debíamos partir de inmediato a entrevistar a Manuel Contreras para CNN Chile. El editor Cristian Echeverría y el periodista Felipe Leiva habían hecho las gestiones.

Las cabañas del “Penal Cordillera” más parecían un resort para la tercera edad. Los guardias estaban preocupados del fútbol: España le empataba en los descuentos a Chile en un amistoso. El lamento por el gol español sonaba como el eco irreal de un presente que dejábamos atrás al entrar. Sentarnos frente a frente con Contreras nos llevaba a un Chile de hace 40 años, repleto de brutalidad, violencia y terror. Sobre todo eso: terror.

En cada uno de los 35 minutos que duró la entrevista, tal como en dictadura, Contreras intentaba ganar por el terror. Ya no tenía un grupo de criminales a su mando para detener, torturar y asesinar, pero sí una confianza absoluta en su habilidad para aterrorizar a su adversario. Un gendarme lo escoltaba. Cabizbajo, se paró al lado del preso. No movió un músculo, no dijo una palabra. Ese guardia anónimo sería, sin embargo, el verdadero protagonista de esa tarde.

¿Cómo actuar? Acordamos llamarlo “señor Contreras”. Nada de generalatos. Y, una y otra vez, retrucar cada una de sus falsedades: que la DINA jamás torturó, que Villa Grimaldi no fue un centro de detención, que los detenidos desaparecidos están todos en el Cementerio General… “Eso es falso”. “La Justicia dice lo contrario”. “El Ejército reconoció violaciones a los derechos humanos”. Veíamos la extrañeza en sus ojos. Contreras no parecía acostumbrado a ese tipo de entrevista.

Cada vez más impaciente, seguía tratando de manipular, amenazar. (“Raúl Rettig era un hombre de dudosa reputación”; “que Cheyre no hable mucho, porque no quiero decir lo que hizo”). El viejo militar fantaseaba. Aseguraba que en los noventa pudo dar otro Golpe de Estado si hubiera querido, incluso sin el apoyo de Pinochet.

Hasta que su infinita soberbia lo traicionó, cuando le recordamos su promesa de que “jamás iré a una cárcel”.
– Esto no es una cárcel, aquí hay puros militares solamente.
– Hay gendarmes, no militares.
– No, los gendarmes están al lado de afuera.
– Están aquí.
– No, están afuera.
– Al lado suyo hay un gendarme.
– No, lo tengo aquí para que me tenga el bastón.
– No es cierto, está a cargo de su custodia.
– Noo, na que ver…

Intimidar y humillar.
Lo seguía haciendo en su encierro. Con una mueca siniestra, Contreras sonreía al hablar de los torturados, de las mujeres embarazadas detenidas por la DINA.

¿Por qué darle tribuna a un criminal?, se preguntaron algunos. Pero nosotros no le habíamos dado tribuna. Habíamos confrontado una a una sus mentiras, y eso terminó por sacar de sus casillas a un hombre acostumbrado a ganar por el terror.

– ¿Señor Contreras, usted nunca ha pensado, en un examen de conciencia, decir la verdad?
– Nunca he mentido.
– Usted nos está mintiendo ahora.
– ¡Si usted me dice mentiroso no le acepto!
– Usted no está diciendo la verdad ahora.
– ¡No le acepto!

Contreras estaba furioso. Y junto a Mónica, hicimos lo único que podíamos hacer: mantener la calma. No alterarnos. No dejarnos manipular. Negar cada uno de sus infundios. Como un deber hacia las miles de víctimas y sus familiares.

Salimos de la entrevista agotados. Yo no fumo, pero acabé dos cigarros al hilo. La carga sicológica era enorme. Sabíamos que no habíamos hecho una buena entrevista: nos había faltado tiempo para recabar más datos, poder citar testimonios textuales, sentencias judiciales con número y fecha. Pero también presentíamos que lo que acababa de pasar en esa cabaña era muy importante.

Y así fue: ocho días después, en otra entrevista, el Presidente Piñera nos adelantó que estudiaba el cierre del Penal Cordillera. El 29 de septiembre, Contreras y los demás delincuentes eran trasladados a Punta Peuco.

Cuando supe la noticia, pensé en ese gendarme, de pie junto a Contreras. En posición firme, con las manos cruzadas tras la espalda, digno e imperturbable mientras el viejo criminal intentaba humillarlo frente a todo el país.

Pensé que él –y con él todos los chilenos- había ganado.