Hace no mucho el diputado Osvaldo Andrade afirmó que la depresión es una enfermedad de ricos. Supongo que, para él, el dolor existencial es algo así como una maña que los pobres no pueden darse el lujo de tener. Me recuerda a esos que afirman con pedantería: “yo no creo en los psicólogos”, como si se tratara de un problema de fe en alguna verdad revelada por el terapeuta. Más bien es al revés: hay mucha gente que sí busca un espacio para entenderse y pensar sus condiciones de existencia, y son ellos quienes nos van revelando, a los analistas, de qué estamos hechos y cómo vamos construyendo el mundo. Porque si hay un lugar privilegiado para que aflore la verdad humana, es en un diván.

¿Y qué nos pasa hoy día, qué nos duele? La mayoría de las quejas hablan de nuestra relación con los otros. En el fondo, casi todas las historias son de amor. No exclusivamente en su versión romántica –que ya es un tremendo escollo para el alma y el ego– sino que en las múltiples expresiones de nuestra expectativa de reconocimiento: ¿Qué soy para el otro? ¿Me admira o me envidia? ¿Me rechaza? ¿Me da lo que merezco? Todas metáforas del deseo de amor que, si ocupa un lugar capital, es porque estamos hechos de otros. Somos los únicos animalitos que dependen por tanto tiempo de alguien para estructurarse. Así como la leche –alimento primordial– puede ser nutritiva o veneno según si es dada con ternura o con angustia, todas las necesidades se contaminan con el vínculo. En ese mundo habitamos: el de la neurosis de demandar amor, directa o disimuladamente. La oscilación entre el paraíso y el infierno cuelga de nuestra relación con los demás.

Un padecimiento del que se hablaba mucho hasta hace algunas décadas, era el deseo de aceptación, por la vía de sentirse incluido en alguna normalidad. El pudor, la vergüenza y la inhibición eran síntomas de esa necesidad de evitar el ridículo y la experiencia de sentirse raro. Y si bien muchos siguen sufriendo así, por estos días hay otra sensibilidad que va tomando la delantera: el deseo de desentenderse de los otros. Como si ser uno más entre otros fuera un signo de mediocridad, el sueño para muchos es ser especial. Algunos consultan buscando mayor autoestima o seguridad, pero más que aceptarse ante sí mismos, lo que buscan es autoafirmarse para ocupar el lugar al que aspiran respecto de los otros: en algún grado por sobre. Quizás por eso esté de moda el supuesto de que sería un valor decir todo lo que se piensa, bajo cualquier circunstancia. Como si uno portara verdades fundamentales, se aplaude el vómito egótico por sobre el cuidado del otro.
Aparece también el deseo de subirse al carro del entusiasmo sexual, ese que supone que el froty froty genital es fundamental para la salud y la autoimagen de liberación. Abriéndose la grieta de la angustia cuando tal proyecto no se alcanza, ya sea porque se infiltra la ansiedad del amor o bien porque, como decía J. Allouch, “el secreto mejor guardado del sexo, es que a nadie le gusta tanto” (o bueno, al menos no por tanto tiempo).

Asimismo se escuchan –en elaborados discursos– aspiraciones de higienismo emocional. Pretensiones de controlar, vía el ego, cualquier expresión neurótica de la necesidad de otros (celos, envidia, dependencia, inseguridad). Desde ciertos feminismos hasta las teorías del managment, el llamado es a “bypasear” esa condición estructural.

Sin embargo, el hecho de que los dolores y las quejas sigan siendo por amor –en alguna de sus versiones– nos dice que, más allá de estos programas de narcisismo contemporáneo, requerimos de los otros. El problema es que hay un vacío de referencias para abordar tal necesidad, y se la vive más bien como una falla que no pocos desean “reparar”: ya sea afirmándose en una soledad soberbia, o bien en la fusión con alguna tribu de pensamiento único, de esas que sostienen su discurso de igualdad en el odio exógeno.

Paradójico. En tiempos de discursos de diversidad, muchos no quieren saber nada del otro.

*Psicoanalista.