fondas

Comienza la temporada de suicidios y recomiendo proceder en consecuencia, cuanto antes mejor, por lo menos antes de que el período de ramadas nos destruya el alma y el estómago. Es un chiste, estamos exagerando, obviamente. Hoy que escribo es 11 de septiembre, un año más desde que Michimalonco atacó y destruyó Santiago, y otro año más desde que la ira de Dios azotó el imperio. En la noche debo leer poemas boludos en un evento de upelientos que no cacho bien qué celebran.
Menos mal que ahora, además de mi contador sanantonino, cuento con un confesor jesuita que me asesora en Valpo. Así puedo controlar mi ansiedad y neutralizar las abyecciones que a uno lo persiguen. Y para no tomar tanto antidepresivo, digo yo. Éramos compañeros en el colegio y nos reencontramos en el puerto, gran tipo. A él no le complica mi ateísmo ni a mí su opción ignaciana. Más aún, es probable que me haga un taller de ejercicios espirituales. Me vendrían de perilla, ahora que tengo contraindicado el yoga.

Además, tiene un jardín precioso al final del barrio Almendral, es decir, en la casa de ejercicios que administra; debo proponerle algo al respecto. Se trata de un jardín que habría que recuperar y ponerlo al servicio de la contemplación mística. La única lata que tiene mi compadre es que trabaja más que la cresta el único día en que uno tiene más tiempo para ver a los amigos y almorzarse un pescadito, que es el domingo. Tengo que recomendarle que distribuya mejor su horario.

Este año, mi relación con las quebradas (no tanto los cerros) y el mar, me tiene fascinado. El mar, al parecer, con el Niño y el cambio climático se comporta de otra manera; con el último temporal se notó, media cagadita. Y eso que en nuestras costas no desembarcan los emigrantes sirios. Y las quebradas que nos delimitan son ofertas de mundo productivo. Ahí todo florece. Por eso, desde acá, no me molesta que haya vacío presidencial, más aún me encanta que no haya liderazgo, lo ideal es que nos gobierne una comisión de nerds que se preocupen de cosas administrativas. Eso es Santiago y sus tonteras. El tema es el autogobierno del territorio, ese relato no está hecho y tenimos que construirlo. Esas son conversaciones pendientes con mi confesor y con mi contador.

El primero siempre insiste en que debo seguir en la estupidez que me caracteriza, que es la ficción, que no me aleje de ahí. Me dice –mi confesor– que uno siempre tiene un ministro al que puede recurrir. Caí en la cuenta, y claro, mi ministro es Ottone. Yo creo que a él voy a recurrir para que me dé pega y salir de la depresión en que me encuentro. Oye, Ottone, parece que te llamaron al orden con lo de la sede ministerial. Y ahora que se ratificó Valpo lo más probable es que necesiten más personal. Podí inventarme un cargo de coordinador de algún programa para la promoción de la lectura y la CTM. Ojalá puedas hacer algo al respecto, porque en general no tení en esa área mucho huevonaje idóneo. Te lo digo, porque yo además de hacerle a la escritura soy experto en trabajar en educación con pendejerío flaite. Felices FFPP, zorrón.