Gepe 2015 por Claudia Valenzuela (1)

Dice Daniel Riveros que hubo un tiempo en que leyó y releyó El obsceno pájaro de la noche; fue a ver el documetal “Pepe Donoso” de Carlos Flores; se obsesionó con Correr el tupido velo, de Pilar Donoso. Y en que sintió que el escritor describía bien como era Chile: un país enrrollado.

-Está eso del no decir, la casa sitiada, lo contradictorio-, asegura en un café de Bellavista.

Hoy está leyendo otra cosa: una guía de cómo funcionan las drogas, algo ni muy científico ni muy esotérico. Y entre eso, y la literatura de José Donoso, el cantante se mueve cómodo. Como entre el folclor y el pop.

-Es el desprejuicio extremo, fundir todo, mezclar todo, reensamblar todo, perderle el miedo a no calzar- explica.

Tiene 34 años, 7 discos -el último, Estilo Libre, se lanza hoy en el Teatro Cariola-, un seudónimo “Gepe” y varias certezas: no le gusta escucharse y “de música yo no sé nada, cero, ni un acorde”, por ejemplo.

-Leí que habías hecho un pacto cuando eras escolar: no beber, no consumir drogas, no involucrarte en nada. ¿Qué fue eso?
-Cuando uno es cabro chico crea cosas para inventarse un mundo. Y con un amigo nos inventamos eso: vivir de alguna forma aislados, distantes. Es la lectura que hacíamos de un grupo, Sonic Youth, que hacían una música muy espiritual, sin ser ni sicodélicos, ni hippies. Era muy artística, pero muy retraída. Se vestían de una manera muy nada, neutra, sin ser fría. No es que no interactuábamos, pero manteníamos cierta distancia. Tratábamos de dejar pasar las cosas, medio straight edge. Cristóbal terminó siendo un dirigente Hare Krishna super alto y yo músico, los dos, creo yo, retraídos de alguna forma. De ese modo yo hago mi música también. No es una mirada fría, es sólo distancia, ¿se entiende?

No.
Sonic Youth es el mejor ejemplo, o Animal Collective. Es zen sin pretensión de ser zen. Las cosas pasan, no las esquivas, pero no te doblan y no te envenenan. Todo lo relacionábamos con música, pero hay otros grupos, como Einstürzende Neubauten, Swans, que son extremadamente oscuros y profundos, y estos se quedan chicos porque ni siquiera son así, son radicales. Y era eso. Es difícil de explicar sin música.
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Eso te motivaba de alguna forma.
Sí, pero no Throbbing Gristle. Throbbing Gristle y Einstürzende Neubauten son la música industrial, según yo, más del inicio. Pero el primero es muy de escuela de arte, muy de la cacha y la espada; y Swans no, eran unos weones cualquiera que hacían música muy gutural, muy de verdad, como poco pretencioso.

De ahí sacas ese rollo.
Sí. Todo venía de la música. Esa era la referencia. No éramos cinéfilos, no sabíamos de artes plásticas.

¿Cumpliste?
Cumplí hasta los 25. Ahí me quebré un poco, pero es parte de la maduración. Mantuve eso sí cierta apatía. Me gusta estar mentalmente aparte, fuera de la corriente, en la música. Puta, no sé ¿Cachai Velvet Underground? No, ellos están muy ligados a Andy Warhol. Pero Lou Reed mismo, en sus inicios, estaba muy lejos de los hippies, que estaban muy involucrados en algo. Yo sentía que mi generación estaba muy enfocada en cosas cortas. Así como “reventémonos”. Yo no quería eso, quería algo que durara 35 años, 40. Musicalmente es lo mismo, no me interesa ningún estilo particular, me gusta hacer canciones.

Canciones sin apellido.
Sí po. Es como cuando dicen que Violeta Parra es folclor, ella no es folclor, es tan grande que Violeta es espíritu. Lo de ella es canción, es actitud. Es humanidad misma, no es una fotografía.

Leí también que dijiste que ahora eras de una sola línea, ¿qué significa eso?
Está sacado de contexto, o no me di a entender bien.

Suena a que ya no experimentarás en nada más.
Todos los discos son un camino para seguir experimentando. No es que Gepinto, Hungría y el que viene y el que viene, sean algo definitivo, están en medio camino. Entonces me contradigo con eso que está escrito. Lo que sí, es que ahora encontré un sistema de hacer canciones, una forma en que me reconozco a mí mismo. Ya no doy tantos palos de ciego para encontrar canciones. Ahora tengo una paleta de colores. Desde el Audiovisión hasta este hay cierto colores, imágenes, recurrentes. Sé de dónde me alimento, antes no lo tenía claro. Yo sé que tengo dos imágenes, seis acordes. Estudié diseño y ahí aprendí a entender el límite propio para editar y llegar a algún lugar, saber cuál es mi presupuesto, ajustarme.

Haces el corte musical desde Audiovisión, ¿qué fue entonces Hungría?
Hungría es el disco más perdido en el espacio que tengo. Estaba perdidísimo, por eso me gustó. Me junté con la persona más distante musicalmente a mí, que era Vicente Sanfuentes que venía de la música electrónica, no tenía nada que ver con el folclore. Y así hicimos un disco, a armar nomás. Es una isla. Y me gusta que sea así.

¿Qué querías de ese disco?
Quería negar lo que se suponía que yo era. De eso se trataba. Ahora que me etiqueten me da lo mismo.

Dijiste hace un tiempo que antes la inspiración era sagrada, ¿ya no lo es?
Me pasaba antes, en 5X5 y en Las Piedras, que sentía que las canciones había que respetarlas tal como venían a uno, con letra, música, como si fuera sagrado. Ahora no, puedo desechar, mezclar, trabajar las letras. Ahora hay más oficio.

¿Y eso le quita o le pone guata?
Creo que tiene más guata porque ahora sé lo que quiero decir. La intuición es un terreno más indefinido. Ahora soy más auténtico de alguna forma. En Hungría, por ejemplo, uso términos con los que yo no expreso en lo cotidiano.

Y ahora dices cosas como “con la boca abierta y durmiendo a pata suelta”.
Eso es real. Eso es más de verdad, más claro.

IDENTIDAD
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Has dicho que desde chico tocaste algún instrumento y estuviste vinculado con la música, pero estudiaste diseño.
Primero estudié derecho un año y un día en derecho romano el profe dijo: si quieren estudiar cualquier cosa, estudien diseño. Y yo dije, ya, voy a estudiar. Yo uso mucho de diseño: sé, por ejemplo, cuáles son los elementos con los que trabajo. De acordes yo no sé nada, cero, toco de oído. Uso el diseño como motor, para definir el concepto.

Ya, ¿pero por qué no entraste a música?
La música siempre estuvo ahí, pero estudiar lo encontraba fome. En mi casa nadie me creyó el cuento del músico, me compraban instrumentos, pero me decían que no fuera músico. Me gustaba eso: ser antimúsico, para rearmar la música y hacerla más honesta. Hice hockey 12 años, hasta que me hice pebre los huesos, la rodilla sobre todo, y terminó y nunca me importó. El único gusto constante en mi vida ha sido la música.

Estuviste en grupos como Taller Dejado y formas parte de una generación bien colectiva y que colabora harto.
Sí, uno se topa con todo el mundo, haciendo radio, cuando viajábamos sin banda, uno le ayuda a alguien más con un instrumento. No hay polémicas, nadie le ha quitado la esposa a nadie. No hay tanto ego.

También colaboras a nivel latinoaméricano.
Mucho.

Hace un tiempo Ampuero escribió que Chile se estaba latinoamericanizando. Lo dijo respecto de la política, pero usó el término como algo peyorativo. ¿Qué opinas?
¿A pito de qué puede decir algo así? Si Chile es parte Latinoamérica y en la música más todavía porque es pura fusión: urbano con africano, el jazz, el funk. Estéticamente bandas como Animal Collective va al desprejuicio. No es un vicio latinoamericanizarse. Soy hermano de bolivianos, peruanos. Nos parecemos y al mismo tiempo no, y eso es lo rico. Cuando toqué en Viña, un ministro boliviano criticó que les había robado la estética y el ritmo. Es tan absurdo que ni respondí. No sé a quién le importa algo así.

A muchos les importa. Se hacen campañas para saber de quién es el pisco o la papa.
Jajajaja.

Y el país es bien xenofóbico.
Creo que es porque nos falta identidad. ¿Viste Cha-cha-cha?

No.
Ahí personificaban al chileno como el weón acusete: “tu no podís hacer eso, porque le voy a decir al jefe”. Creo que esa cosa medio chupamedia, de poca personalidad, es porque nos falta saber quiénes somos. Antes de la conquista incluso, Perú era el virreinato y nosotros éramos más chicos.

Pero no es que no exista una identidad, es que se ha negado, como cuando la gente se cambiaba el apellido mapuche.
Todo el rato. Los paraguayos hablaban en la selección, guaraní. Cacha lo bonito. Acá falta mucho para eso.