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Claudio Jorquera venía saliendo de la ducha, cuando recibió un mensaje de audio en su celular. Eran las tres de la tarde del sábado 15 de agosto de 2015 y del otro lado su amigo Daniel le tenía una propuesta: “Oe, ¿vamos a hacer eso o no? Yo me estoy consiguiendo un metal. Vamos al taxi en la noche no ma… Lo bajamos pa’ abajo por ahí, en una parte oscura, en cualquier lao, y ahí lo encañonamos. Le ponimos unas patás en la caeza, que quede borrao, y le quitamos el teléfono”, le dijo.

Daniel no era primera vez que hablaba de estas cosas con Claudio. Habían pensado en el robo durante toda la semana y antes de decidirse por un taxista, su lista de posibles víctimas incluía un supermercado y una casa en Pirque, pero ambas locaciones fueron descartadas por su complejidad: “Sabí qué, vamos a bajar al viejo, y vamos a ir a pitearnos un almacén. Y después de eso, vamos a ir a comprarnos dos teléfonos de esos antiguos, uno pa’ ti y uno pa’ mí, pa’ que podamos hablar mejor de estos temas”, agregó. Claudio aceptó sin dudarlo: “Ya po’ hermano, vo tay claro que yo estoy redy, si andamos falta de plata hay que pitearnos algo”, le respondió.

A los pocos minutos, Daniel le envió un autorretrato. Estaba parado frente a un espejo y en el cinto llevaba un revólver que le había pasado un amigo. Enseguida le mando un mensaje: “Estamos redy”, le dijo. A las pocas horas se juntaron en un parque de la población Casas Viejas, donde vivían, y allí le mostró la pistola. Era un revólver punto 38 que no funcionaba: le faltaba el percutor, no tenía seguro para la nuez, y tampoco tenía balas, detalles fáciles de ocultar si se manejaba con habilidad. Para asegurarse, sin embargo, Daniel le propuso invitar a dos amigos más, para que llevaran cuchillos y ayudaran a intimidar. En ese plan, el rol de Claudio consistía en bajar al taxista del auto y manejar el vehículo. También quedó a cargo de transportar el arma.

Era la segunda vez que Claudio tenía un revólver en sus manos. Pocos meses antes, se había fotografiado con uno a fogueo que le había pasado un vecino, y esta vez decidió hacer lo mismo. Se encerró en su pieza y lo empuñó con su mano derecha, cruzada y pegada a su corazón, mientras con la otra sostenía su iphone 4, como si se mirara frente a un espejo. Vestía un polerón Nike y un jockey marca Adidas. Fruncía el ceño para verse más adulto y enojado: “seguro andamoo fome jajaj aa salir despuee”, escribió en su muro de Facebook, luego de subir la imagen a la red social. A 97 personas le gustó esa foto, menos a Daniel: “Oe, no pongai esas fotos de perfil, después un loco describe la pistola y a vo te ven con esa pistola en la foto… agueonao. Soy gueón culiao”, le dijo enojado.

A sus 13 años, Daniel tenía una incipiente experiencia delictual. En julio de este año había debutado con un robo del tipo “doméstico”, luego de meterse a la casa de la vecina para sacarle unos televisores y unas consolas de videojuegos. Lo pillaron ese mismo día y lo mandaron a un centro abierto dependiente del Sename, al que debía asistir una vez por semana. Daniel fue una vez y no volvió más. Si esa noche era detenido, arriesgaba quedar con internación provisoria en un centro cerrado. Por eso le molestó el exhibicionismo de su amigo.

Claudio salió de su casa cerca de las nueve de la noche. Dijo que iba al cumpleaños de una compañera y con esa explicación consiguió permiso hasta las tres de las mañana. Se juntó con Daniel y sus otros dos amigos cerca de la salida de la población. Partieron rumbo al paradero del TranSantiago que está en Balmaceda con Eyzaguirre. En el camino, le escribió a uno de sus mejores amigos: “tengo un 38 paa salirr aa roarr jaja boy andar con plata mañana asikk mañana sii kerii beni”, le puso. Minutos más tarde le mandó un mensaje de voz a su polola Antonella: “Me tienen que ir a buscar a la comisaría, si vamos a robar hoy día. Yo ando armao, el Daniel anda armao. A la comisaría tienen que ir a rescatarme”, le dijo. Ella se enojó y bloqueó su teléfono.

En el paradero, el grupo repasó el plan una vez más y esperó a que pasara un taxi. A las diez y media de la noche, Andrés Torres, de 68 años, detuvo su auto en el semáforo. Al mirar por la ventana del copiloto vio a un grupo de niños haciéndole señas. De afuera le preguntaron si conocía la población Casas Viejas, en Puente Alto. Andrés los observó de pies a cabeza y se llevó una buena impresión. Le bastaba una mirada para saber si sus pasajeros venían del trabajo, andaban curados, o tenían malas intenciones. Tenía más de 30 años de experiencia en el rubro y se había vuelto un experto prejuiciador. Supuso que los jóvenes iban a una fiesta y les ofreció llevarlos por tres mil pesos. Era la primera carrera de la noche, la que debía traerle suerte, pero su instinto falló.

Adentro del taxi, los cuatro amigos pusieron en marcha su plan. Simularon ir por primera vez a la población e hicieron como que llamaban a algunas amigas para que el chofer creyera que andaban perdidos. Cuando llegaron a su destino, en las calles El Sauce con El Volcán, desataron su ira. La escena que vino después pasó en pocos segundos: Daniel sacó la pistola y todos se fueron encima de Andrés, como una jauría de perros, repletos de adrenalina. Le mostraban cuchillos y la pistola, y le gritaban que se bajara del auto, que lo iban a matar. Andrés descendió perplejo y Claudio tomó su lugar. El chofer quedó en la calle, frente a los precoces asaltantes, y sacó de entre sus ropas un revólver. Disparó sin mirar. Estaba oscuro. Vio avanzar las luces su taxi como 150 metros y pensó que había fallado, pero de pronto su auto se estrelló contra dos vehículos estacionados, y se incrustó en un árbol. Corrió a ver lo que ocurría y se encontró con un tumulto de gente que gritaba. Se asomó para sacar los documentos del taxi, pero se topó de frente con el cadáver de un niño: Claudio Jorquera había muerto de un balazo en su primer delito. Tenía 15 años. Una vida fugaz.

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Claudio Jorquera vivió toda su vida en Casas Viejas, un sector que hasta hace pocas décadas era considerado rural dentro de la comuna. Está ubicado cerca del Río Maipo, en medio de una vista envidiable a los cerros que rodean el Cajón. En la población, sus amigos le decían El Cangri. No por el personaje del docureality de Canal 13, sino por Don Cangrejo, el jefe de Bob Esponja que en la serie animada es dueño de un restaurante llamado ‘El Crustáceo Cascarudo’. Su apodo derivó de allí, luego que su abuela Valentina Abad se instalara afuera de su casa con un carro completero que tenía el mismo nombre.

-El Claudito era así como usted lo ve, enojón –dice Marcela Bravo, su madre, mientras señala un retrato donde su hijo posa disfrazado de huaso y con el ceño fruncido, durante una actividad en el colegio.

Claudio fue el cuarto hijo de Marcela y el primero de Benedicto Jorquera, un microempresario del transporte privado, con el que tuvo dos hijos más: Naomi y Antonio, que se sumaron a los otros tres que ya tenía de otra relación. Durante seis años, la familia entera vivió achoclonada en la casa de la abuela paterna, hasta que en el 2008 arrendaron una casa, pero a los cinco meses se separaron. Benedicto llevó a su hijo al trabajo y este lo pilló besando a otra mujer. Al volver, el niño le contó todo a su mamá y el grupo se desperdigó. El Cangri se culpaba del quiebre de sus padres. Se fue junto a su hermana a vivir con su mamá, y Antonio, el más chico, se quedó con su papá. Un par de años después, todos los nietos volvieron donde la abuela. Por entonces, Claudio asistía al colegio Casas Viejas y allí los profesores se dieron cuenta de su cambio: se volvió un niño retraído y agresivo en la sala de clases. Su abuela, que era su apoderada, se convirtió en una asidua visitante de la oficina de la inspectora. Debía ir cada vez que su nieto se agarraba a golpes.

-El Claudito siempre fue muy peliadorazo, siempre defendiendo a los amigos. Él era muy amigo de sus amigos, y ese fue el problema -explica.

En octubre de 2011, la situación de Claudio se hizo insostenible y abandonó el colegio. Se sumó al largo listado de desertores escolares que había en su familia, partiendo por sus padres que llegaron hasta segundo medio, y el resto de sus hermanos mayores, que apenas llegaron a séptimo. El abandono era el triste sino de los Jorquera Bravo. Al año siguiente, sin embargo, Claudio retomó sus estudios. Su abuela, la única que había terminado el colegio, lo convenció de eso. El Cangri se matriculó en la Escuela Los Andes, un establecimiento municipal, pero fracasó nuevamente. Recién en el 2013, y con 13 años, logró pasar a séptimo. Iba a clases, pero no tenía mayor interés en estudiar. Se pasaba el día entero conectado a las redes sociales. Desde su pieza estaba en varios lugares a la vez, posteando fotos en Facebook o mensajeándose con los amigos por Wathsapp.

Su celular se transformó en un diario de vida. Allí guardaba decenas de conversaciones repletas de faltas de ortografía. Tantas, que parecía que él y sus amigos habían inventado un nuevo idioma: prolongaban las vocales, omitían las B y las D, abreviaban conjunciones, e inventaban nuevos conceptos juntando palabras. Todo, en completo desorden. En toda su vida, Claudio jamás se había leído un libro. En vez de eso, prefería ver televisión, jugar play, pasarse el día escuchando reggaeton, o tomándose autorretratos: fotos con la camiseta de la Universidad de Chile, con el jockey de medio lado, con los pantalones a medio culo, o mostrando un fajo de billetes, en todas con el ceño fruncido.

-El Claudio siempre andaba conmigo, era mi yunta, le decían el heredero. Me acompañaba a buscar la plata al banco para pagarle a los trabajadores y le gustaba tomarse fotos mostrando el dinero -recuerda su padre.

A Claudio, también le gustaba fotografiarse fumando marihuana. Estaba autorizado a consumir una vez por semana, por lo que no tenía problemas para drogarse en público. Todos los días, al menos un comentario de su Facebook se relacionaba con eso. El 31 de enero de este año, por ejemplo, subió una foto de él acostado y con los ojos achinados: “fuuull volao piola mañana al schoool”, escribió. Ese mes, su perfil se llenó de imágenes con amigos del curso. Estaba en octavo básico y la vuelta a clase había significado el reencuentro con varios compañeros. Claudio era el mayor y lo habían elegido presidente. Su abuela le había prometido regalarle un televisor de plasma si a fin de año pasaba a primero medio, pero él le sugirió que le comprara un auto malo para desarmarlo. Le dijo que quería estudiar mecánica automotriz cuando saliera del colegio. Le gustaba “tunear” sus juguetes y una vez modificó un carro de supermercado que su abuela usaba para ir a la feria: creó una versión pintada de colores, pegada al piso, y aerodinámica dentro de su precariedad, tal como imaginaba que eran los autos deportivos que le gustaban.

-Era hábil para armar y desarmar todo lo que tuviera tornillos o tuercas. Su cuñado le pasó su auto para que experimentara y él le sacó los resortes, quedó pegado al piso -recuerda Naomi, su hermana.

Por ese tiempo, Claudio se emparejó con una amiga de nombre Antonella, de 15 años. Se gustaron apenas se conocieron y se pusieron a pololear rápidamente. Vivían un romance intenso y se trataban como si llevaran años conviviendo, a tal punto que él la presentaba en todos lados como “su señora”. La relación hizo que el Cangri saliera más de su casa. Comenzó a juntarse con los amigos del barrio y a través de la mejor amiga de Antonella se reencontró con un vecino del que no sabía nada hacía años: un tal Daniel. Se vieron un domingo en una discoteque para niños y no dejaron de hablar más. El 31 de julio, pocos días después de ese momento, Claudio subió una foto a Facebook en la que salía con él: “con mi segundero, se pasoo bnn hnoo tkk waxoo locoo”, le escribió con cariño.

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Benedicto Jorquera acababa de salir de la ducha cuando un vecino comenzó a gritar el nombre de su hijo por la calle:

-¡El Claudio tuvo un accidente! -le oyó decir mientras asomaba su cuerpo en un pequeño balcón.

Benedicto se asustó y salió corriendo. El lugar donde su hijo había sido baleado quedaba a diez cuadras de su casa. Llegó en auto. A esa misma hora, los teléfonos de los amigos del Cangri comenzaron a recibir mensajes con la noticia. La historia corrió rápido. En pocos minutos, su círculo más cercano se enteró de su muerte.
-Yo estaba donde unos amigos cuando me llamaron al celular para decirme que le habían disparado. Llegué allá y me encontré con los carabineros, los chiquillos, y el papá del Claudio tirado a su lado. Lo vi y se me fue el cuerpo abajo, no me pude sostener -recuerda Antonella.

Al lugar llegó toda la familia de Claudio. Su madre y su padre se recriminaban errores del pasado y omisiones en la crianza. La escena no cuadraba con la imagen que tenían de él. No entendían cómo su hijo, que había pedido permiso para ir a una fiesta, había terminado esa noche sentado al volante de un taxi robado y con un balazo en el corazón. Para la policía el caso estuvo resuelto a las pocas horas. La escena del crimen desbordaba en errores infantiles, entre ellos una pistola de mentira y un taxista al que no revisaron antes de bajarlo del auto.

-No eran delincuentes, se nota altiro -le dijo un carabinero a Benedicto, mientras estaba echado en el piso abrazando a su hijo.

A la mañana siguiente, la familia armó su propio relato de lo que había ocurrido. La historia mezclaba información que manejaba la policía con decenas de detalles que contaban los amigos. Reconstruyeron las últimas 24 horas del Cangri. Se enteraron, por ejemplo, que Daniel había terminado en el hospital con una pierna quebrada, inimputable por su edad, y que los otros dos compañeros que andaban con él, que también tenían 15 años, habían pasado a control de detención como autores de robo con intimidación. Supieron, también, que Claudio murió solo, porque sus amigos lo abandonaron después del choque. Su hermano Caleb Aguilera, de 23 años, le escribió en el Facebook un mensaje lleno de rabia: “Jiles sapus y la ctm lo juro k los voy a mstar a los jiles k estaban cn mi hermano lo juro jiles culiaos los voy a matar perkines y la ctm”.

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Daniel entró a la Escuela Casas Viejas el 3 de agosto de 2015. Llegó allá luego que lo echaran del colegio Lovaina, en La Florida. Fue un día a clases y faltó el resto de la semana. Para Daniel, al igual que para el Cangri, estudiar no tenía sentido. La relación entre ambos se afianzó en largas sesiones fumando marihuana en la calle. A comienzos de ese mes, un circo se instaló al frente del supermercado Tottus de Concha y Toro con San Carlos, a varios kilómetros de su población. El panorama nocturno para ambos era ir a la plaza, juntarse con el resto de los amigos, fumar marihuana, tomar vino y cerveza hasta quedar borrado, y luego caminar por Puente Alto hasta la explanada donde estaba ubicada la carpa. A un costado, se habían instalado unos juegos mecánicos. El grupo disfrutaba comiendo churros, viendo luces, y escuchando música. Entraban en trance solo para terminar la jornada en la feria, parados alrededor de un taca-taca. Jugaban.

Claudio comenzó a sentir una confianza especial con Daniel y lo incluyó en su rutina diaria. Lo pasaba a buscar en las mañanas para fumarse un pito antes de irse a clases y luego en la tarde se volvían a ver. Comenzó a salir mucho a la calle y su abuela se molestó por eso. Decidió entones invitar a Daniel al Toyota Tercel blanco que su padre estacionaba todos los días afuera de la casa de su abuela. Allí, la diversión no era moverlo ni salir a dar vueltas por la población, sino que sentarse simplemente a matar el tiempo: escuchaban música, se tomaban fotos, les mandaban mensajes de voz a unas amigas, y por supuesto, fumaban marihuana. El panorama reemplazó al taca-taca. La misma semana en que murió, registraron un video con la juerga. En la imagen se ve a Claudio en el asiento del piloto, a Daniel a su lado, y atrás cuatro amigos apretujados. Se ríen, gritan y ponen muecas con la cara, mientras hacen correr una pipa. Suena a todo volumen la canción “Rompe”, de Daddy Yankee. Juegan a ser reggaetoneros.

-Oe, hermano Cangri, dice disco pare… para po conchetumare –le dice un amigo, mientras Claudio hace como que maneja durante los dos minutos que dura la grabación.

-El reggaeton nos volvió locos a todos, tratábamos de imitarlo, de vivir las películas que cuentan las canciones –explica Byron, amigo de Claudio y autor de la filmación.

Al Cangri le gustaban los grupos que en sus letras hablaban de la violencia callejera. Era fanático de Juanka el Problematik y de Elio el Mafiaboy, un puertorriqueño de 26 años que es considerado uno de los principales autores del género. Le gustaba tanto, que en su Facebook se hacía llamar “Claudio, el Mafiaboy”. El reggaeton conjugaba todos sus gustos, se sentía cómodo, había una cultura hecha para él. Le encantaba la ropa de marca, los celulares, los relojes grandes, el bling-bling, las pistolas, los autos deportivos, el dinero, y andarse peleando por el barrio y el colegio con quien lo mirara feo. De todo eso y más, hablaba Elio, su favorito. Sus canciones preferidas eran Criminal, Ando Ready, y La Automática, esta última dedicada a una pistola punto 40: “La calle está problemática, hay que tener la automática, hay que tener mente, que esto solamente es una vida na más”, dice el inicio del tema. El Cangry y sus amigos vivían inmersos en una cultura violenta.

-Para donde íbamos, no nos dejábamos pasar a llevar. El tema era quién le pegaba a quién. Si nos miraban feo, nosotros también los mirábamos feo. Y si nos echaban la añiñá, nos pescábamos a combos al tiro. Daba lo mismo ganar o perder, la cuestión era pelear. Con el Claudio siempre íbamos pa’ adelante y nunca te dejaba botado -agrega Byron.

Dos días antes de morir, a Claudio le tocó defender a Daniel de una golpiza. Esa mañana, antes de entrar al colegio, unos exalumnos lo estaban esperando afuera del establecimiento. Le hicieron una encerrona y en la trifulca Claudio tuvo que solidarizar con su amigo. Hubo golpes y ambos arrancaron a la casa de una vecina, que los refugió hasta que pasó el enredo. Durante todo el día recibieron amenazas de muerte. A la mañana siguiente, la inspectora llamó a su abuela. Le explicó lo que había ocurrido y otras cosas más. Le dijo que su nieto estaba haciendo la ‘cimarra’, que se estaba peleando a la entrada de la escuela, y tenía tan malas notas que si el año terminaba allí, el Cangri repetía octavo año inapelablemente. Le sugirió que en adelante algún adulto de la familia fuera a dejarlo y a buscarlo. Les propuso tratarlo como a un niño, pero él se resistió. Decía que si su papá se aparecía por allá le iban a hacer bullying. Entonces llegó a un acuerdo intermedio: que en vez de Benedicto, fuera Ismael, su cuñado, que era un poco mayor que él y podía pasar desapercibido como amigo.

El día de su muerte, mientras planeaban el robo con Daniel, Claudio le contó la decisión que había tomado su familia sobre su arribo y retiro del colegio. La modificó un poco: “Oe, el lunes mi papá me va a ir a dejar al colegio pa’ que veamos donde viven estos giles, pa’ que les vamos a reventar la casa. Mi papá parece que va a llear algo pa’ eso”, le dijo.

Eso nunca llegó a ocurrir.

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Lo primero que hizo Andrés Torres cuando vio el cadáver de Claudio fue arrancar a la esquina donde lo habían asaltado. Llamó a su casa y le contestó su hija: “me asaltaron, les disparé y maté a uno”, le dijo escuetamente antes de darle la dirección. A los pocos minutos llegaron a verlo. La policía lo llevó a la comisaría y al día siguiente pasó a control de detención. Se dio una rara situación: primero lo formalizaron por homicidio y porte ilegal de arma y luego él estaba del otro lado, como víctima de un robo con intimidación. Allí explicó que el arma con la que había disparado estaba inscrita a nombre de su exesposa, pero que un día antes se la había pedido. Había escuchado rumores entre los colegas de que una pareja andaba baleando taxistas para robarles. “Pensé que me podía tocar a mí”, le explicó a la policía. Su abogada alegó legítima defensa y quedó en libertad, pero con firma quincenal y arraigo: “mi representado fue acometido por personas adolescentes con un arma con apariencia de fuego y otro con arma blanca de más de 15 centímetros de hoja”, argumentó su abogada en la audiencia.

No era la primera vez que Andrés enfrentaba a un tribunal por un homicidio. El 2 de noviembre de 2009, mató a un joven de 21 años en iguales circunstancias. Dos veces con la misma pistola: un revólver marca Roso punto 38 de cinco balas, que él mismo le había regalado a su expareja. Ese día, Jorge Cea y Ricardo Pinto, amigos y compañeros primerizos de delito, salieron a robar juntos un supermercado. Vivían en la Villa El Volcán y querían salvar el día. Se decidieron tarde y como a las 20:30 horas llegaron al Jumbo que está en Avenida Eyzaguirre con Concha y Toro, pero los guardias los echaron. Iban frustrados y decidieron volver en taxi a sus casas. Abordaron el auto de Andrés y le pidieron que los llevara a Juanita con Sargento Menadier. Cuando llegaron, los dos se le fueron encima, lo intimidaron verbalmente, y uno sacó un cuchillo.

-No tenía idea de lo que iba a hacer Ricardo, pero por instinto lo tiré a ayudar. El taxista comenzó a ‘guerrear’ y mi amigo le decía que solo querían su plata, no el auto. En eso sacó una pistola de entre medio del pantalón y le pegó un balazo -le dijo Jorge a los jueces durante su juicio.

Ricardo murió a las 22:00 horas en el lugar del robo y Jorge fue detenido al día siguiente. Pasó a control por robo con intimidación y quedó en prisión preventiva. Andrés fue formalizado por homicidio y porte ilegal de arma. Quedó en libertad esa misma jornada y siete meses después, en un juicio abreviado, fue absuelto del delito de homicidio y condenado a pagar una multa de 11 UTM por porte ilegal de arma. La pistola fue devuelta a su dueña. Su historia salió en todos los medios:

-No puede ser que a uno le arruinen la vida unos pendejos de mierda que no quieren trabajar. Yo no tengo miedo, ellos son los cobardes que atacan por la espalda, por sorpresa. Ellos se lo buscaron, no yo -le dijo a un grupo de periodistas que lo esperaba a la salida del tribunal.

Esta vez, decidió hacer lo mismo. Un día después del funeral de Claudio, dio una entrevista al diario Puente Alto al Día. “Taxista asaltado: volvería a actuar de la misma manera”, decía la portada de la edición. En su barrio la gente lo alentó por lo que había hecho y algunos hasta lo felicitaron: “Debería haber matado a más delincuentes”, le dijo el carnicero un día que fue a comprar. Andrés se sintió mal.

-Los padres no se preocuparon de lo que andaban haciendo estos cabros a las once de la noche… Yo no le disparé por la espalda, tenía cuatro balas más para seguir disparándole y no lo hice -recuerda.

Hace un par de semanas regresó a las calles con su auto. El arreglo le salió un millón y medio. Sigue trabajando de noche, pero transita con desconfianza. Ya no le para a los niños ni a los jóvenes, solo a trabajadores que andan con mochila. Hace poco se juró no volver a tomar nunca más un revólver:

-¿Cómo tanta mala suerte? -se pregunta.

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El cuerpo de Claudio fue velado en el living de la casa de su abuela. Lo vistieron con la mejor ropa que tenía:

-Lo enterraron con la camiseta de la Universidad de Chile, un polerón Adidas, y unas zapatillas Nike, todo de marca -dice su hermana.

Sobre el vidrio de la urna, sus amigos le fueron dejando ofrendas que hablaban de los gustos del Cangri. Había un auto de juguete, unas llaves de uno de verdad, un matacolas, un par de pitos de marihuana, un encendedor, y la peineta con la que se acicalaba antes de tomarse una foto. Hubo música durante todo el velorio y el día del entierro sus amigos le rayaron los muros de su pieza con mensajes de cariño. Fue sacado en medio de aplausos. Su hermano, su padre y otros familiares, cargaron el ataúd. Lo pasearon por los lugares que habitualmente frecuentaba, antes de llevarlo al cementerio El Prado: la plaza donde se juntaba con los amigos, el colegio Casas Viejas, y luego la Escuela Los Andes, donde la directora no quiso abrir las puertas.

La muerte de Claudio enlutó a todo el grupo. Su Facebook se llenó de mensajes. Subían fotos de él, le dejaban dedicatorias, y fotoshopeaban su cuerpo con alas de ángel y fondos con nubes y luces. Antonella le hizo un video con las imágenes en las que aparecían juntos y de fondo puso un reggaeton que hablaba de un amor que había muerto, su propia historia: “Te adoroo mi Clauditoo lindooo mee teni mas queee sikoosiaaa, esta pesadilla ktmree no terminaa nunckaa”, le escribió con pena y rabia. En otro mensaje le reprochó lo que había hecho: “porqkee ktmaree saliste esa noshe kliaa hacer weaaa sinada te faltabaaa mi amorsabiaai aloke te arriesgabas”, le puso.

-Siempre peleábamos por eso, me decía que iba a salir a robar y yo le decía que no. Quería plata, pero no sé para qué. Yo creo que esto lo hicieron para creerse más choros. Si ese día les iba bien, iban a sacar plata para vacilar toda la noche –recuerda ella.

Una semana después del entierro, Daniel se juntó con algunos amigos y les contó su versión de la historia. Andaba con yeso y muletas y les dijo que el Cangri no había muerto solo, que ellos intentaron quedarse, pero él les dijo que corrieran. Antonella lo acompañó a visitar la tumba y luego a conversar con la abuela del Claudio. En esa reunión le entregó el jockey que ese día tenía su nieto. Valentina le dijo que no quería verlo nunca más. Ella cree que Daniel es el origen de toda la tragedia, pero él culpa a la mala suerte:

-Fue una tontera lo que hicimos. Se nos ocurrió de repente. Estábamos en el colegio y comenzamos a hablar de eso, nos teníamos confianza y de repente nos quedamos mirando y me dijo que quería ‘trabajar’, y yo le dije que bueno. Esa noche estaba de cumpleaños una amiga, salimos pa’ tener plata pa’ vacilar la noche no má, pero tuvimos mala suerte –dice.

El 21 de septiembre pasado, Daniel se retiró del colegio. Dos amigos de Claudio también lo hicieron. En los colegios de la corporación de la comuna van más de 500 casos de abandono escolar en todo el año. De esa cifra no se sabe cuántos de ellos están en otros colegios. El año pasado fueron 236. La tragedia ha sido motivo de duros cuestionamientos al interior de las familias. A varios del grupo ya no los dejan salir a la calle y los panoramas de juerga nocturna han sido reemplazados por largas visitas al cementerio durante el fin de semana. Cada vez que llegan, le ponen su celular sobre la tumba, como si fuera un extraño ritual de conexión con el mundo de los muertos. El aparato, que actualmente ocupa su hermana Naomi, aún contiene sus mensajes, las fotos, y su lista de canciones favoritas. Sus amigos se sientan en el pasto, le prenden cigarros, escuchan música, conversan entre ellos, y se toman fotos en la sepultura que luego subirán al Facebook de Claudio. Su perfil se ha transformado en una animita virtual.

*Algunos nombres de este reportaje fueron modificados para proteger la identidad de algunos amigos del Cangri.