CAMILA 01

6

El amor quita tiempo. Sin ella voy a ser mejor persona. Voy a aprender inglés y voy a ver series. Voy a aprender a tejer y a patinar en cuatro rueditas. Voy a estar sola un rato. No voy a ir donde Bolivia altiro; hay que sufrir por Vietnam primero.
La última vez que tengo alguna determinación es a los siete años. Me gusta jugar al Pueblo de Hormigas. El Pueblo no tiene colegio, universidades, policía o bomberos. Solo hay un cementerio y un hospital. Yo aplasto a las hormigas preocupándome de no matarlas. Si no se curan en el hospital, van al cementerio. Me pongo contenta cuando se mejoran, pero no me conmuevo cuando se mueren. Son días buenos. Nos vamos de vacaciones al campo. Mis papás, mi hermana y yo. En la casa hay un estante con libros. Entre los libros, el de los récords Guinnes. Y ahí, Charles Osborne, un gringo que tuvo hipo sesenta y ocho años. La primera vez que le dio, fue al levantar un chancho para sacrificarlo. Vuelvo del campo y sigo hiriendo hormigas. No sé cuántas semanas después pasa lo que tiene que pasar. Me da hipo. Pienso que es por jugar al Pueblo. Y que lo tendré por sesenta y ocho años. Le digo al Señor quítame el hipo y nunca más dañaré a ni una sola hormiga. También aguanto la respiración y tomo agua al revés. El hipo se me pasa cuando dejo de pensar en él. Entonces vienen los tiempos terribles, la vida sin hormigas, el esfuerzo inmenso por no salir al patio a jugar y quedarme dibujando en mi pieza. Son trece días. Primero tímida, vuelvo al Pueblo. Luego, chillando de contenta.
Ahora trece días son la eternidad. No puedo persistir si no hay pánico. Empiezo a dormir con Bolivia apenas después de terminar con Vietnam. Toco el timbre, mochila puesta. Primero, aparece un falso siamés con los cocos de gato más enormes y negros que he visto. Luego, Bolivia con una honda intentando achuntarle al falso siamés que esquiva las piedras como si nada. Bolivia mira mi mochila y le da risa. Tomamos vino, culiamos en el piso, al lado de la estufa a parafina, y el falso siamés rasguña la puerta. Así pasan los días. En una guerrita. Bolivia toma la honda, se esconde, tira la piedra, y no es que tenga mala puntería. El gato es topoderoso. Yo me resigno.
Creo que es sábado. O hay sensación de sábado, de tiempo por delante. Llueve más que la chucha y un arbolito del patio tiembla. El falso siamés está trepando, bambolea sus cocos universales. Pero Bolivia no va a aparecer con su honda a tirarle una piedra.
Llora en el living. Lo escucho desde acá. Respira profundo, se traga el llanto y llama a sus papás por skype, viven en Paraguay, voy a imaginármelos, y también a su casa y al barrio, y tal vez a Asunción entera, pero la voz de Bolivia me interrumpe.
Les dice: Terminé con Ella, o ya no estoy más con Ella, o se acabaron las cosas con Ella. Su mamá contesta: Ai, hijo.

7

De Ella quedan hartas cosas en la casa de Bolivia. Calzones, un abrigo con chiporro, unos aros jipis, una foto suya puesta con un imán con forma de durazno en el refrigerador. Tiene la guata plana, los muslos grandes, el pelo casi negro y es bajita igual que yo; con los dientes un poco chuecos, igual que yo. Creo que es linda. Bolivia corta la llamada y vuelve a llorar. Los días pasan así. Él recuperándose de Ella. Yo pensando en Vietnam.
O pensando: fueron buenos los días en que le puse el gorro a Vietnam con Bolivia.
No es que fuesen buenos como las cosas de verdad buenas (levantarte temprano/no querer ir a trabajar/descubrir que es feriado), pero fueron mejores. Al menos podía portarme miserable y la vida funcionaba. Los dos me querían y yo los quería. Me gustaba que Vietnam fuese grande y que Bolivia, miniatura. Que él hablara un montón y ella muy poquito. Que Vietnam tuviese una idea ortodoxa de lo que debe ser el desayuno y que él comiera pan con huevo y palta, mezclados, pebre y mayonesa, y hasta lentejas. Que los dos bailaran mal. Que a los dos les gustara tanto el ají. Me gustaba no escoger. Culiar con ella (que no ronca) en la noche. Culiar, en el día, con él.
Pero era una felicidad intraspasable. Vietnam me ahorcaría con furia oriental si hubiese sabido. Una felicidad insostenible. Le habría dolido, a ella. Me habría dolido a mí que me lo hiciera. Repito la frase. Me habría dolido a mí que me lo hiciera. La pienso un poco mejor: lo que de verdad me dolería es que Bolivia me mintiera un día. Esto debe ser el fin. Vietnam ya no me da ni celos. Y eso que yo soy monstruosa.
Son raros, estos días. Aunque mejores que tener hipo durante sesenta y ocho años. Bolivia llora, el falso siamés trae palomas al living y yo ya no puedo ni pajearme. En eso sí soy fiel. Tengo que masturbarme pensando en Vietnam, aunque ya no estemos juntas. Me pongo boca abajo, pero la imagen me interrumpe: ella haciéndose un té, ella poniendo un individual en la mesa del comedor, ella comiendo sola; y yo, entonces, acá, bien triste y caliente.

8

Corrijo esto.
Vietnam ya no me da ni celos.
No su cuerpo, ni lo que haga con su cuerpo: sus tetas presionadas contra otras tetas, o que se dé un beso con alguna mujer. Me acuerdo de la Paula, una flaca de pelo casi rojo a la que se zampaba cuando llevábamos saliendo un mes.
Me lo contó al día siguiente.
—Pero no me saqué los calzones.
—¿Y la Paula?
—Sí.
—¿Te calentaste?
—Sí.
Vietnam cree en la verdad.
De chica su papá la iba a buscar todos los días al colegio en una citroneta. Y todos los días llevaba de copiloto a una mina que no era su mamá. El papá nunca le pedía No digas nada, pero Vietnam se quedaba callada igual. Parece que por eso ahora me dice todo, siempre. Ojalá dijera menos. Habría preferido una frase general (culiamos) a tener la imagen choro contra calzón.
Acostada en la cama de Bolivia, pienso en la Paula y Vietnam, en Vietnam y Cara Bonita, en Vietnam y algún hombre, en Vietnam gimiendo con la Paula, de nuevo, y no siento nada.
Corrijo. No hay celos de su cuerpo, pero sí de que invite a alguien a tomar al Diablito. O le haga esos sanguchitos llenos de una salsa china y misteriosa. O que venga de la cocina con un vodka en la mano y hojitas de albahaca en la otra. Que se siente, corte las hojitas, las ponga en el vodka, abra unas frambuesas congeladas, las ponga en el vodka, tome el vaso, sonría, se lo pase a Alguien.
Enrollada en la cama de Bolivia, lo que me apura el corazón es que Vietnam esté cuidando a otra. Que no esté acá, cuidándome a mí, si me siento tan como el hoyo. Tengo 39 de fiebre. Necesito un grado más para la autocompasión radical, para la compasión universal. Miro la pared, veo figuritas (un señor parecido a Carlos Gardel), me levanto a hacer pipí, me duele hacer pipí y ni una palabra me acomoda —ni pipí, ni pichí, ni mear—, lloro un poco, me acuesto, no tengo calma, me siento tan mal que pienso cosas raras (llamar a mi mamá), bien raras (decirle que la quiero mucho), y entonces Bolivia está aquí, abriendo una caja de zapatos llena de remedios.
—Está vencido, vencido, vencido, vencido —dice, y los va botando al suelo hasta que llega al único antibiótico que no se echó a perder hace noventa años. Me lo pasa.
—¿Y si me muero?
—No, no.
Pero sí. En el hospital me hacen exámenes de todas las venéreas de este mundo. No hay nada. Exámenes a los riñones. Nada. Me conectan a las maquinitas y alguien prende una tele. Pedrito Engel sonríe como un perro grande y feliz mientras habla de la compatibilidad amorosa de Virgo y Acuario. Miro a Pedro. Y si miro a Pedro, pienso en Nastassja Kinski. Los dos nacieron con el mismo tipo de suerte. La suerte que más envidio después de tener una voz bonita. Nacer con un nombre perfecto para ser lo que eres. O hacer lo que haces. Pedro Engel, astrólogo con nombre preciso para ser astrólogo. Nastassja Kinski, mijita rica con nombre preciso para ser mijita rica. Me entretengo un poco, busco más nombres en mi cabeza, ninguno es tan certero (¿Rihanna nació llamándose Rihanna?), me aburro, me duermo. Todo el día. Hasta que va a ser de noche. Alcanzo a ver el cambio de luz, miro las noticias y luego pienso en casi nada. Las diez horas que estoy despierta en la oscuridad. A veces la enfermera viene cuando me duele que el suero pase muy rápido.
Así es el primer y segundo día en el hospital.
Son mis favoritos: casi no existe Vietnam, casi no existe Bolivia.
Deben ser las 4.50 de la mañana del tercer día cuando la enfermera libera el Mal con una sola pregunta:
—¿Cuál es tu dieta diaria?
Tengo una amiga. Era gorda, de chica. También era intensamente feliz. Un día su profesora jefe llamó a sus apoderados. Les dijo que eso del gordo feliz no existía así que mejor la llevaran al sicólogo. Había uno solo en San Carlos, eso decían. Tenía setenta años, una consulta con olor a madera húmeda y ocho mil diplomas colgados.
La hizo jugar con legos y después le preguntó cosas.
—¿Qué significa rebaño?
—Un grupo de ovejas.
—¿Qué significa avión?
—Una nave que vuela.
—¿Qué significa nuera?
Mi amiga pensó un ratito.
—Si tuviera un hermano y ese hermano tuviera una esposa, sería la nuera de mi mamá.
Le sonrió al sicólogo con sus ojitos. Él ni la miró. Solo escribió en una libreta.
—¿Qué significa campanario?
Mi amiga miró hacia los diplomas. Luego hacia sus zapatos. Luego hacia la ventana. Quiso responder pero no pudo. Inventar algo. Cuando hubo suficiente silencio, dijo:
—No sé.
El sicólogo escribió. Mi amiga sintió un zumbido en la cabeza. Sus papás la pasaron a buscar y no la reconocieron. Ella tampoco se reconoció. Llegó a su casa y leyó cada libro que encontró. Tenía que saberlo todo para recuperar la felicidad.
—¿Cuál es tu dieta diaria? —me pregunta la enfermera.
—No como lo mismo todos los días.
—¿Cuál es tu dieta usual?
—Redbull, snickers, pan con pebre y vodka.
Pronuncio la palabra redbull, la palabra snickers, las palabras pan con pebre y la palabra vodka con resistencia. Al hacerlo, viene la oscuridad. La comparación dieta diaria-campanario acierta solo en un sentido: me gusta. Otro. Las dos preguntas casi inocentes desgarran algo. Me miro, bien atenta, y no veo nada bueno en mí.
Suena la puerta, sé que es Bolivia, me irrito un poco, se acerca a la cama, me da dos regalos. Un libro de Fernando Vallejo y un toblerone gigante. Gracias, digo, para no decirle que por qué chucha me trae un chocolate si sabe que no puedo comer nada. Gracias, para no decir que encuentro que es tan hombre, un hombre como cualquiera, un hombre que regala lo que a él le gustaría recibir, porque cuándo le he dicho yo que me gusta Fernando Vallejo.

9

Ocho mil años atrás. Voy en una camioneta, de vacaciones. Mi papá y mi mamá conversan. Pasa un auto bonito, con pinta de caro, no reconozco ni una marca, mi papá mira a mi mamá, lo apunta, le dice:
—Cuando tenga plata te voy a regalar ese.
No puedo contar cuántas veces le ha dicho lo mismo, ni cuántas veces mi mamá ha respondido:
—Me cargan los autos.

10

Trato de centrar las cosas. Con Bolivia nos conocemos hace poco y es bonito que me regale algo que ama. Estoy siendo idiota, yo sé. Y tengo que dejar de ser idiota. Pero ya no puedo parar. Tomo mi celular apenas se va. Apenas se despide y cierra la puerta de la pieza del hospital, agarro mi celular y cuento. Llevo veintitrés días sin hablar con Vietnam.
Contesta con los dientes apretados.
—No me llames nunca más, porfa.

CAMILA 01
NO TE AMA
Camila Gutiérrez
Plaza & Janés, 2015, 134 páginas.