LA-HERMOSA

Nosotros los dramaturgos trabajamos con la mentira. Una mentira que trata de llegar a la verdad. Como está sucediendo en Chile, donde cada día surge una nueva gran mentira y todos se apresuran a transformarla en una falsa verdad. Las grandes obras teatrales, como las del premio Nobel judío/inglés Harold Pinter, que ha influido a todos los teatristas del mundo, crean personajes elusivos, encapsulados en sus mentiras, y que luego actúan: palabras que arrastran acciones. Siempre les digo a mis alumnos: primero está Hamlet y su portentoso monólogo, y después vienen las peleas de espadas envenenadas. Primero escuchamos a un hombre de poder entregar por la TV su monólogo miserable, y después viene la acción, donde se finge reorganizar las piezas. Primero escuchamos a nuestra presidenta en cadena nacional, y después vienen las protestas.

Como en una tragedia griega, nuestra mandataria lucha para no ser controlada por su superego (que es la instancia moral, enjuiciadora y dominante del ego, del precario “yo”). No olvidemos que ella nos conquistó porque funciona con su “yo”, y es así como deseamos que nos trate. No con su superego, que ahora surge y a veces la domina porque hacia allá la empujan sus antagonistas, que están en todas partes de este tragicómico drama. Ella, entonces, intenta refugiarse en lo más profundo de su ego, que son su infancia y juventud donde guarda un dolor horrible: su complejo de Electra, el asesinato de su padre.

Esto me lleva a mi pasado, cuando luchaba contra la desesperación de la muerte de mi padre en un accidente de auto en Traiguén, el pueblo donde viví toda mi infancia. Está la teoría de que lo asesinaron porque como abogado en un principio defendía a los terratenientes, pero después dio un giro en 180 grados y defendió a los mapuches. Y así como Bachelet, yo luchaba contra mi superego para sublimar la muerte de mi padre amado/odiado, que a veces me golpeaba con su correa hasta hacerme sangrar y otras veces me compraba esos maravillosos cursos de Hollywood por correspondencia, que yo leía en medio de la calle principal, donde estaban los mapuches y los terratenientes casi en pie de guerra como en un western del todopoderoso Sergio Leone.

Tiempo después, cuando era un adolescente estudiante de la Alianza Francesa, paralicé el colegio para hacer películas en 8 mm, que se montaban con scotch, solo para poner a lindas chicas de protagonistas. Las mujeres me alivianan el alma, y eso es lo que busco hasta hoy. Por ejemplo, escribir este artículo me cura en parte las heridas de la infancia y la orfandad del padre. Yo también soy un huacho Riquelme. Y cuando hacía esos cortometrajes, salía a relucir mi “eguito” herido porque yo era bajito y no tenía acceso a las muchachas hermosas. Era un excelente alumno cargado de medallas que eran más el festín de mi padre que mío. Yo lo único que quería de premio era una mujer, pero los flojos compañeros buenos mozos, que eran los galanes en mis películas, se llevaban el botín. Sufrí mucho en esa época y hasta el día de hoy porque me consideraba un muchacho poco atractivo físicamente. Yo quería medir un metro ochenta y ser como Clint Eastwood. Pero mi dolor era muy intenso, y me paralizaba frente a las mujeres.

Creo que mi frenético humor me salvó en parte. En mis años mozos, yo le decía a mi madre que iba a una fiesta para no apenarla al confesar un ser profundamente solitario, y lo que hacía era recorrer a pie Santiago, solo, huyendo del idiota y letal toque de queda, hasta que volvía a casa y mi madre me decía: “¿Conociste mujeres en la fiesta?”. “Sí, madre”, le mentía. En la Alianza Francesa me enamoré de una preciosa chica rubia llamada Vicky (no daré su apellido para no avergonzarla) y realmente sentía dolor físico por ella. Creo que comencé a sentir deseos sexuales por las mujeres en mi infancia, a los cinco años ya tenía la latencia sexual muy vívida, en Traiguén, donde pasaba todo el día en el cine rotativo; y cuando apareció la Jane Fonda en ese ridículo filme “Barbarella”, musa del insufrible Roger Vadim, luego la Anna Karina, musa del gran cineasta Godard, y la Monica Vitti, musa del inmenso Antonioni, la pulsión erótica se apoderó de mí. También me enamoraba de los personajes femeninos de Chejov o de la Maga de Rayuela de Cortázar. Lo que cuento está en todas mis obras, y en todas las actitudes de los hombres de poder, que esconden una juventud atormentada y piensan que si van subiendo por el escalón del éxito, sanarán su herido y sangriento superego, estado del alma que nunca está en calma. El ego, en cambio, serena las neurosis de la infancia, y cuando un hombre y una mujer se perdonan sus neurosis, surge el amor entre ellos. Cuando ya no pueden con la neurosis del otro, la pareja se separa.

De estas cosas les hablo a mis alumnos, y también les digo: la técnica es la emoción, que es lo que nos controla al escribir y al vivir. ¿Cuál es el objetivo consciente de la presidenta Bachelet? Llevar la justicia a todos. ¿Cuál es su objetivo inconsciente? Vengar y luego redimir, pero de una manera amorosa, la muerte de su padre. Cual una Hamlet chilena, debe combatir con sus propios tormentos y encrucijadas creados por los actores secundarios de esta agotadora obra que es la Nueva Mayoría, y soportar las insolencias cómicas de la Alianza.
Pero el teatro chileno me hartó definitivamente.

No toma en cuenta el objetivo consciente (qué quiere el protagonista) y el inconsciente (qué desea). Los teatristas chilenos, sobre todo los sobreactuados severamente seudo-políticos, van por la verdad única, no por la equívoca. Estos directores y actores odian la mentira, a la que consideran pequeño burguesa o reaccionaria. Hablan como si fueran guerrilleros, y crean una insignificante teoría panfletaria que derriba la emoción auténtica a la que nos debemos como escritores o teatristas, que es reflejar esta especie de hiperrealismo (exacerbación de la realidad) de la vida misma, donde el autor tiene derecho a usar las mismas dialécticas del poder: la trampa, lo elusivo, la fracasada ambición, la hermosa derrota chilena, la prestigiosa alienación, la torpe incomunicabilidad, la todopoderosa mentira. En una de mis obras se dice del protagonista: “Este es un hombre al que sus mentiras lo transformaron en un Santo“.

La risa y el humor inteligente de Harold Pinter, de David Mamet, del amado Jorge Díaz, también son enemigos de nuestro escuálido teatro neocriollo, salvo algunos iluminados. Tampoco se los avizora en la destemplada política nacional. ¿A qué le temen? A la hermosa derrota chilena, que es aceptar poner en crisis el arte, la vida, el amor, y sobre todo la política. De ahí el fascismo soft de obras que se consideran subversivas, pero que son terriblemente sentenciosas. Debemos huir de eso, que nos salva de la hermosa derrota chilena, a la que no tenemos que temer. La derrota tiene algo de hermoso. Ser abandonado por una mujer tiene más verdad que abandonarla.

Racconto: vuelvo a mi juventud, a ese niño/adolescente que, como “El hombre que amaba las mujeres” de Truffaut, busca una forma de ser amado, inútilmente. Llegué a medir un metro setenta. Poco. Pero cuando conocí a Bob Dylan, un metro sesenta y cinco, me dije: “He aquí un hombre que usa su superego de manera intelectual. Aclamado en el mundo por su aplastante talento, ha tenido éxito y se ha salvado de la soledad”.

Al decidir ser dramaturgo sabía que tenía un camino lleno de traiciones y celos, los colegas son brutales, salvo algunos, pero conseguí crear mi poder y así vencer mi timidez, que era algo espantoso. Ahora que escribo, desvío mi atención del sufrimiento y tengo momentos muy escuálidos de felicidad. Pero es suficiente. Me salvó la Hermosa Derrota Chilena: el momento en que aceptamos ponernos en crisis para salir robustecidos, o en que debemos abdicar de nuestro patético poder en todas las esferas; reconocernos culpables, como Adán y Eva, y seguir buscando en nuestra vida, en el teatro, la vuelta al paraíso al que nunca llegaremos.