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Jorge Castañeda (1953), escritor, economista, diplomático, intelectual latinoamericano, estuvo casado con chilena y tiene un hijo con ella. Cuentan que una vez, su exmujer enfurecida le cortó con una tijera los mejores trajes de su clóset, y él, en lugar de vivir el duelo, los mandó a hacer de nuevo al mismo sastre inglés. Cuando se los enviaron listos por encomienda, olvidó dar la nueva dirección, y al llegar a su antigua casa matrimonial, la indignada los trozó de nuevo. Son cuentos que rondan entre sus numerosos amigos izquierdistas de acá, varios de los cuales aparecen mencionados y fotografiados en las páginas de su autobiografía “Amarres Perros”, que por estos días presentó en Santiago.

Castañeda, en su juventud, fue comunista. Pertenecía a esa izquierda burguesa, cercana a las cúpulas y a los circuitos de influencia mexicanos y de las revoluciones de América Latina. Su padre, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, fue canciller de México entre 1979 y 1982, durante el gobierno del priista José López Portillo, mismo cargo que él ejerció entre los años 2000 y 2003, bajo la presidencia del derechista (PAN) Vicente Fox. Aunque pertenecía a la generación siguiente, se codeó de cerca con varios de los autores del boom latinoamericano, por los que, salvo Vargas Llosa –de quien admira la capacidad de reinventarse, “que ahora se confirma incluso en los amores, lo que me resulta admirable”– no parece sentir una especial devoción. “Yo no sé si leída con los ojos de hoy, la literatura del boom nos parecería tan espectacular como entonces”, afirma. “Tenía su parte bonita, pero también su parte de ‘miren a los latinoamericanos como bailan en la selva’.”
Conoce como pocos el devenir de la izquierda en el continente durante las últimas décadas, sector al que dice continuar adscribiendo. Cuando habla de nuestra política nacional, lo hace con la soltura de un tribuno chileno. Descree de los cambios que se estarían produciendo en Cuba. Para él, “los EE.UU. optaron por darle aire, pero solo el suficiente para permitirles sobrevivir en ese estado de precariedad que soportan hoy”.

Su historia en “Amarres Perros” arranca en la década de los 60 y, con él como testigo, medio siglo de sueños y frustraciones, encuentros y distanciamientos. En opinión de su autor, un ciclo histórico de punta a cabo.

¿Qué pasó con México que de repente uno clava un chuzo y aparece un muerto?
–No fue tan de repente. Fue a partir del 2007, cuando Calderón declara la hecatombe.

Y lanza la “guerra contra el narcotráfico”…
–Es más que una guerra. Es como si hubiera decidido que al país le hacían falta muchos muertos. Y eso fue lo que provocó: son 100.000 muertos, incluyendo a los de Peña Nieto.
¿Por qué un presidente podría decidir eso, que al país le hacen falta muertos?
–Es una muy buena pregunta. Puede ser por idiota –porque jamás hay que subestimar la idiotez como factor de explicación política– o puede ser por error. Mi explicación real es que se trató de una necesidad política de Calderón, sumada en su caso a una gran ignorancia y a una persona muy acomplejada. Calderón llega al poder con el 35% de los votos, como Allende, pero cuestionadísimo por un Alessandri (López Obrador) que dice “no ganaste, hay fraude, yo gané”, y con Tomic apoyando a Alessandri. Y Calderón, en lugar de negociar un compromiso de garantías constitucionales, como hicieron acá Allende y la DC, decide empoderarse con una guerra que fue popular y que hasta la fecha sigue siéndolo. La comunidad mexicana tiene poca historia y conciencia de lo que son los derechos humanos, y tiene un umbral de tolerancia a la violencia muy elevado. Sobre todo porque los muertos no le tocan a la clase media, sino a los pobres. Los muertos están en la provincia.

¿Está clara la explicación de los muertos de Iguala?
–No, para nada. Yo sigo pensando que la versión del gobierno es esencialmente cierta, pero hay cada vez más huecos. El papel del chileno Francisco Cox en la comisión de expertos ha sido muy importante. Es cierto que los expertos no proporcionaron una versión alternativa, pero le hicieron boquetes a la versión oficial. Boquetes merecidos.

¿Hay en esa región, como han planteado algunos, un mundo de profesores de izquierda que permita explicar estos crímenes por razones políticas?
–Un mundo es mucho decir. Son dos o tres micro mundos en algunas escuelas rurales, en Hidalgo, en Guerrero, en Oaxaca, quizás en Chiapas, quizás en Michoacán, y se acabó. México es un país de 120 millones de habitantes, y estos no llegan a diez mil en todo el país.

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Entonces, ¿por qué mataron a estos jóvenes, según tú?
–No tengo una buena explicación. Obviamente tuvo que ver con el narco y no con la ideología o contextura política de los jóvenes. Pero por qué los mata el narco, no sé. ¿Por error? Los narcos también cometen errores. O puede haber ocurrido lo que pasó en la colonia Guerrero con el periodista que fue asesinado junto a otras cuatro personas, y donde todo parece indicar que una de las mujeres, la colombiana, les robó a los narcos la mercancía, la merca. Y los narcos se enojan cuando les roban la merca. Yo creo que la querían matar a ella y pues ahí estaban los otros. Bueno, es posible que lo mismo haya sucedido en Iguala. Eso sugieren los expertos como Cox. Que estos niños, al secuestrar los buses, pues hayan secuestrado uno cargado con heroína, sin tener idea de que se estaban llevando la heroína. Entonces los narcos se enojan. Y habrán considerado que debían hacer lo mismo que hacen siempre con quienes les roban la merca: los matamos. ¡Eso es lo que se hace, pues!

¿Cómo evalúas la vuelta del PRI al gobierno?
–Para bien, pero en un sentido muy preciso: hicieron una serie de reformas que nadie más hubiera podido hacer por la oposición del PRI. La única manera de eliminar la oposición del PRI a cualquier cambio en México, era que el PRI estuviera en el gobierno e hiciera las reformas a las que se había opuesto fuera del poder. En ese sentido ha sido positivo. El problema es que inevitablemente trajo consigo buena parte del lastre priista: la corrupción, la frivolidad, los excesos, los abusos… Y el ritualismo enfermizo mexicano, tan patético, de hablar y caminar todos de un mismo modo, “y vamos a pararnos todos así”… Esa cosa que les encanta a los del PRI. A mí me parece detestable.

LAS REFORMAS DE BACHELET

¿Cuál es tu opinión de Michelle Bachelet?
–A mí me gustó más su programa de ahora que el de la primera vez. Lo que pasa es que ahora le tocó el cobre con un precio de mierda. Eso es un hecho. Y eso a Bachelet, igual que a todos, le complica mucho la vida. Y en segundo lugar, le tocó el escándalo de corrupción, que aunque no es culpa de ella ni la involucra directamente, sí ha generado un malestar en torno suyo y de toda la clase política chilena, lo que dificulta enormemente la puesta en práctica de un programa tan ambicioso. Quizás uno podría preguntarse: ¿no hubiera sido mejor idea tratar de hacer todo esto en el primer mandato? Claro, es muy fácil hablar a toro pasado.

¿Te parece que las reformas planteadas por ella son necesarias, virtuosas…?
–Si son necesarias es difícil para mí decirlo. ¿Virtuosas? Sin duda. Por lo que conozco de la reforma educativa y de la fiscal, y del proyecto de cambio constitucional –aunque todavía está un poquito ambiguo–, pues sí, a mí me parecen reformas absolutamente virtuosas.

En tu autobiografía cuentas de tu interés por motivar una reforma educacional, enfatizando, entre otras cosas, la importancia de utilizar las nuevas tecnologías. ¿Cómo ves la reforma que se está llevando a cabo en Chile?
–Es obvio que un país como Chile, que tiene más o menos los mismos resultados que México en la Pisa, o un poco mejores pero igualmente lamentables, debiera tener una educación de mucho mejor calidad. Y para la clase media de hace 40 años, seguramente la tuvo. Pero era una clase media mucho más chiquita, por lo tanto era más fácil. La gente de ese grupo que iba a la escuela pública o la Universidad de Chile tenía una educación magnífica, de las mejores de América Latina después de la argentina. Luego acá se descompuso lo público, pero lo privado nunca ha estado a la altura. Es muy parecido a lo que ha sucedido con la educación en México, no en la básica ni en la secundaria, pero sí en la superior, donde casi el 40% de la matrícula es privada. No es tanto como en Chile, pero es un porcentaje elevado. Y son universidades, salvo dos o tres excepciones, patéticas. Las llamamos “universidades patito”. Respecto de lo tecnológico, sigo considerando que el uso de los tablets para niños es fundamental, pero con un proyecto educativo, no como un instrumento tecnológico. No es un hardware. Sin el hardware el software no existe, pero sin el software el hardware no sirve, y eso es lo que se hizo en México muy mal.

CUBA, LAS GUERRILLAS, LA REVOLUCIÓN

¿Fuiste espía cubano o no?
–Son muy chistosos…

¿Quiénes?
–En primer lugar, los cubanos. Después, los idiotas de la Federal de Seguridad (antigua agencia mexicana de inteligencia), y luego los corruptos de la prensa mexicana. Los tres inventaron una historia obviamente falsa, pero que tenía explicaciones lógicas y al mismo tiempo muy fáciles de desmontar si las quería uno desmontar. Los agentes cubanos en México justifican con esta historia sus gastos y mucho de su existencia en esos años, porque dicen que tienen una fuente fantástica, que es el hijo del ministro, y un hijo además muy influyente. Eso justifica viajes, cenas, es un magnífico invento, perfecto para esa corrupción con causa tan propia de ellos. Mientras que para los de la Federal de Seguridad, yo era la perniciosa influencia castro-comunista sobre mi padre, que era un izquierdista dentro del gobierno de López Portillo y enemigo de sus sectores más conservadores, entre ellos el ejército. Esto, en realidad, no tenía nada que ver conmigo, sino con mi padre, era una manera muy fácil de golpearlo. A mí me acusan con informes firmados por Miguel Nazar, quien la CIA revela después en un tribunal en San Diego que era agente de ellos. Nazar murió hace tres o cuatro años en Monterrey condenado por violación a los DD.HH., aunque sin cárcel, por su edad. Y por último, los corruptos de la prensa mexicana, de El Universal en particular, que hubieran podido preguntarme antes de publicar todo esto, como hace cualquier periodista serio. Cosa que no hicieron porque su interés era golpearme.

Pero sí tuviste relación con las guerrillas latinoamericanas.
–Más en Centroamérica, especialmente en El Salvador y Guatemala. Tuve relaciones muy menores con algunos colombianos del M19, y con Andrés Pascal Allende un poco después.

Ahora están las conversaciones de paz de las FARC y el restablecimiento de relaciones entre Cuba y EE.UU. Parecen ser los últimos capítulos de la historia de la Revolución latinoamericana.
–La verdad, yo creo que esa historia terminó hace ya bastante tiempo. Lo de las FARC es un último estertor, anacrónico, porque debieron desaparecer hace mucho. Yo sé que Santos y los cubanos difícilmente los reconocen ahora como guerrilla, porque si bien es cierto que hay guerrilleros entre ellos, la gran mayoría son narcotraficantes.

Yo he estado con Timochenko, con Pastor Alape y con Iván Márquez, los principales comandantes de las FARC, y todavía parecen hablar desde la convicción, ya apenas socialista, pero justiciera. Creen que esto se tiene que acabar, pero no con ellos como delincuentes.
–Sí, algunos son sinceros, de un anacronismo fantástico. Se nota que han vivido 40 años en la selva. Pero el modus operandi, lo que les permitió sobrevivir, no fue el apoyo campesino, no fue la desigualdad en Colombia, no fue nada de eso. Fue el narco. Por lo tanto, yo no considero que este sea el último capítulo. Esa historia terminó hace muchos años.

¿Hay algo de esa historia que te resulte entrañable?
–Muchísimo, porque tengo grandísimos amigos míos ahí. Algunos a los que todavía veo, otros que han fallecido… Gente con la que viví momentos muy importantes, tanto en México como en Nicaragua, en Cuba, en Francia, y los conservo como amigos, nos vemos con cierta frecuencia. Y en muchos de esos casos, yo sí creo que no tuvieron más alternativa que luchar como lucharon. Sobre todo en los casos de El Salvador y de Guatemala, o de quienes recurrieron a la vía armada en Chile. Yo siento que ahí no tenían más remedio. Siempre había el problema de por qué luchaban. Como no ganaron, no sabemos qué hubieran hecho. Porque el FMLN, cuando llega al poder en El Salvador por la vía electoral, ya es otro. Y qué bueno que sea otro, porque con todos los problemas que hay en Centroamérica, no han gobernado mal. Los sandinistas en Nicaragua sí llegaron al poder por la vía armada, y sí sabemos como gobernaron: está entre los gobiernos más corruptos de América Latina. El de Chávez, obviamente, lo fue más, pero estos, tratándose de un país tan pobre, han acumulado mucho dinero. Entonces, ¿hay algo por recuperar? Sí. La valentía, el heroísmo, la dedicación de muchísimos cuadros ante la situación sin salida en la que vivíamos.

¿Pero tú te sigues sintiendo de izquierda?
–Sí, absolutamente. No de esa izquierda, pero sí creo que este continente solo se puede gobernar para bien desde la izquierda.

Octavio Paz pensaba lo mismo.
–Solo que Paz no tuvo la oportunidad –porque murió antes– de ver a la izquierda o centroizquierda en el poder. Ni a Lagos, ni a Lula, ni al Frente Amplio en Uruguay. Porque Paz muere el 95.

Te estás refiriendo a una izquierda que no es la que se conoce como “la izquierda latinoamericana”.
–Los ultras, los locos, querrán llamarle izquierda a otra cosa, pero esta gente sensata no. A los Chávez, los Evo, los Correa, los sandinistas, yo los considero locos. El FMLN es una cosa híbrida, con varios locos, pero también límites claros que los llevan a la hora de actuar a parecerse más a un Lagos, aunque hablen como un Chávez.

¿Ves avanzando a esa izquierda que te gusta?
–La vi avanzando mucho, aunque ahora está pagando los costos de sus errores y de una coyuntura internacional que se volteó. Ellos mismos debieron preguntarse si acaso parte de su éxito no venía de esa coyuntura internacional favorable, y que por lo tanto, al terminar, iba a volver su éxito más relativo. No por culpa de ellos, pero ¿se hicieron la pregunta? Tiendo a pensar que no.

CHILE Y EL BARRIO

¿Te parece que Chile está muy desconectado del continente?
–En la izquierda chilena –Lagos me consta que era menos, porque lo conocí bien–, desde Bachelet a todos los demás, son muy nostálgicos, por lo que quisieran ser “parte de”, ser amigos de Evo, de Chávez cuando vivía, de Lula… Quieren pertenecer a eso que no pertenecen, porque son mucho más modernos. Esos otros son trogloditas. Entonces, por más que los chilenos traten de ser ecuatorianos, no les funciona.

Yo creo que esa es una izquierda muy minoritaria.
–El PS está en la misma. Recibían en la universidad toda la plata de Chávez.

¿En el Arcis? Ese era el PC.
–Bueno, pero es parte de la nueva alianza. Michelle Bachelet jamás abrió la boca en su primer mandato para hablar de los excesos de Chávez en materia de derechos humanos y de elecciones, y no lo va a hacer ahora con el enorme fraude que se prepara en Venezuela. Te apuesto lo que quieras que Bachelet no va a decir ni una palabra.

¿Y tú crees que se va a consumar un fraude?
–No tengo ni la menor duda. Ya se ha consumado el fraude, en primer lugar, teniendo a la mitad de los líderes de la oposición en la cárcel… Más de la mitad. Me hubiera gustado ver que para el NO, en 1988, la mitad de los líderes de la Concertación estuvieran en la cárcel. A ver qué tipo de referéndum es ese. Súmale todo lo que han hecho para meter y sacer gente del padrón, la inequidad bestial en el acceso a tiempos de televisión… El fraude ya se consumó. Ahora, si no basta, se va a seguir consumando el día de las elecciones, y si todavía no basta con eso, se va a consumar después de las elecciones. Y te apuesto que Bachelet no va a decir ni una palabra.

Pero en Chile, más que la nostalgia por pertenecer a la región, se ha pregonado la desgracia de vivir en un mal barrio. En las últimas décadas más bien nos hemos retirado de América Latina, bajo el supuesto de que era mejor relacionarnos directamente con Asia o Europa.
–Eso de la DC para la derecha. No del PS para la izquierda. Seguramente había una parte de arrogancia y de ubris en todo esto, que con los años hemos visto que no se justificaba del todo. Pero al mismo tiempo siento que hay un deseo de pertenencia respecto de otros con quienes la diferencia es demasiado grande. Algo parecido a lo que nos pasa en México: nosotros queremos ser parte de América Latina, pero no somos de ahí.

¿Y no sientes que Chile es rechazado por el resto del barrio?
–Un poco, sí, pero para bien. A mí me encantaría ser rechazado por los locos. Chile debiera llevar ese rechazo con mucha honra.

¿No le saldrá caro en su pelea con Evo?
–Sí, le va a salir caro inevitablemente, porque esta es una pelea que ellos, aunque la pierdan, van a seguirla utilizando, no van a acatar. De modo que no veo qué importancia tenga. Son derrotas propagandísticas y victorias propagandísticas. No importan mayormente.

Y tú, ahora, ¿a qué estás dedicado?
–Absolutamente a nada, lo que me tiene muy feliz. Doy clases en Nueva York un semestre al año, que son tres meses. El resto del tiempo estoy en México, escribiendo, dando conferencias, viajando por el país, pero en ya en el descanso permanente, y merecido.

Dado que llegaste al tiempo de las autobiografías, ¿hay algo de lo que te arrepientes?
–Realmente no. Bueno, me arrepiento de los errores que cometí.

¿El más grave de los confesables?
–Lo digo en el libro: no haber podido o sabido convencer a Fox de romper con el pasado, con el PRI, con todo el sistema. Tal vez no era convencible, pero siendo yo el principal proponente de una vía alternativa, la responsabilidad de no haber podido hacerlo es mía. ¿Cómo lo hubiera podido hacer? No sé.