VALPARAISO

Voy a almorzar adonde una amiga en un barrio levemente cuico de Viña. Cuando me retiro a una hora prudente, cruzamos un bello jardín no del todo bien cuidado, pero en el que hay un bello rosal; comento sobre el blanco maravilloso de las rosas y me regala una, por el interés que el objeto flor despierta en mí. Me despido no sin antes ofrecer mis servicios como jardinero, lo que es recibido por mi amiga como un chistecito divertido. Le explico que como escritor valgo callampa y necesito un dinerito extra, pero más se ríe y no me toma en serio. Sufro en silencio.

Camino hasta la parte baja de la ciudad, hasta el mar, con la rosa en la mano, me siento ridículo. Tomo una micro hasta Valpo, siempre con la rosa en la mano, porque no tengo donde ocultarla y no me atrevo a botarla, no me da el ánimo ni la entereza moral. En Valpo camino largas distancias con la flor de mierda en las manos, de una en otra, nervioso, y siento que me desperfilo, de hecho sé que hay gente que me ubica (y me desprecia, por lo tanto) que me ve en ese estado de estupidez y patetismo a que me somete la florcita aquella.

Logro llegar a mi casa y depositar la rosa en un soporte digno. Esto es en medio de mi mesa que es un carrete de cable eléctrico reciclado, o resemantizado. En la noche una amiga me cuenta por facebook que ella y otros me habían visto con la mentada rosa en la calle, y agrega irónica que me veía sonriente (lo que es falso), como si eso me hiciera feliz. Mi amiga lo encontró romántico, esa adjetivación perversa usó, la muy maldita. Le respondí que nada que ver, que portar un objeto como ese no necesariamente remitía a lo que ella decía, podía haber otras razones; simplemente es mi pega y ese objeto daba cuenta de una productividad, punto. Yo jamás me rebajaría a esa picantería de regalarle una rosa a alguien y menos usarla como mediación amorosa, qué bajeza. Simplemente quería reafirmar el derecho a portar una rosa objetual, sin soporte simbólico y menos afectivo.

Quizás son estas determinaciones mecánicas las que nos tienen como el hoyo; esos lugares comunes de lo real y de lo simbólico. Concretamente, los tópicos histericoides del amor y de la paz que se le asignan a esos pobres objetos, administrados –dichos tópicos– por ideologías y religiones criminales.

Necesitamos como nunca un refugio utópico, un lugar retórico que nos proteja y nos saque del fuego cruzado, literalmente. En Monroe, por ejemplo, un sujeto que camina con una rosa blanca en la mano tendría otro sentido que el occidental, uno muy simple y distinto; concretamente, que el que la porta es un hábil jardinero que decidió ese día transitar con una metáfora de su trabajo.
Monroe es el país imaginario de mi hijo, lugar no muy distante según el relato y que corrige, a veces levemente, el mundo de acá. Todo es ahí homologable, pero en situación de corrección. Lo que se corrige es la viabilidad de uso de los objetos circulantes, incluidos los sujetos, como objetos privilegiados de ese mundo otro, pero con claros límites funcionales. Los ejércitos de Monroe, por ejemplo, son comparables a los ejércitos de terracota, pero con alguna movilidad gestual, tal vez con una cierta ética del resguardo y con una estética de la quietud; en todo caso, para nada inofensivos. No podemos esperar de Monroe una flor en la boca de un fusil, como en algunas épicas democráticas olvidables; la esperanza es un fin del mundo, como un refugio para las víctimas de los sueños de la razón (modernidad) que producen monstruos; todo sustentado en imaginarios rediseños del paisaje. Monroe es, sobre todo, una disposición ficcional del ánimo que pretende ocupar el territorio, como retazos de una conciencia dispersa y heterogénea.