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La sección “Manifiesto” del cuerpo de Reportajes de La Tercera, esa suerte de confesionario, esta semana trae al abogado constitucionalista Fernando Atria.

Dentro de las revelaciones de Atria figuran su lado nerd, lo malo que era para la pelota en el colegio, y la casa en el árbol que construyó para sus hijos.

“Siempre fui perno, nunca fui rebelde.. Cuando joven era medio artesa, de esos que escuchaban a Santiago del Nuevo Extremo e Inti-Illimani. Mi único distintivo es que era como el intelectual del curso y malo para el fútbol. La idea de un carrete para mí no es ir a bailar, sino que ir a tomarse una cerveza y conversar con alguien inteligente. Eso, creo, me califica como nerd. Pero tampoco soy el prototipo nerd, por ejemplo, no soy cinéfilo. Además, veo mugres en la televisión. Ver tele con mis hijos me ha llevado a ver series que son un bodrio (la de ahora se llama Supernatural). Otra cosa es que si me ponen cumbia en una fiesta, no bailo. Nunca ha sido uno de mis fuertes. Cuando lo hago es por mi esposa, pero siempre me siento algo ridículo cuando hay que bailar”, admite.

Siguiendo con su pasado escolar, recuerda que “estudiar en el Verbo Divino no fue particularmente grato. Es algo que me pregunté mucho después y concluí que no calzaba con el tipo de estudiantes de ese colegio, por lo mismo se hizo un desagrado. Al final me fui al Notre Dame, porque calzaba mucho más con el tipo de persona que yo era. Ahí las hice todas: fui scout en el colegio y después fui bombero durante todo mi período universitario. Eso sí, no fui radical ni masón”.

Con relación a la casa en el árbol, cuenta que “les construí con mis propias manos una casa en un árbol a mis hijos. Así, como la canción de Jorge González. Ahora está un poco vieja, pero me sentí orgulloso cuando la terminé. Fue una experiencia chora, en la que ayudaron mi padre y mi hermano, porque no podía ser que no tuviesen una casa en un árbol. No fue muy utilizada, pero ahí está. Al final, terminó apropiándosela el perro”.

Atria también aborda su presente como profesor universitario.

“Estoy feliz como estoy ahora: un profesor de Derecho, que no tiene ninguna responsabilidad orgánica; no soy director de ningún programa, no tengo ninguna pretensión de ser director de departamento, ni decano, ni nada. Ahora, siempre he encontrado que hay algo objetable en dedicarse a decir cómo se deberían hacer las cosas, pero no estar dispuesto a arriesgarse a hacerlas, por eso asumiría una candidatura. Por ahora, en todo caso, estoy feliz como profesor”, asegura.

Sobre la relación con los estudiantes, es claro en sostener que “no me iría a tomar una chela con mis alumnos, pero tampoco soy de esos profesores que creen que son buenos por poner malas notas. No soy estricto ni mido la rigurosidad del curso por el número de reprobados ni nada parecido. Eso siempre lo he encontrado absurdo. Lo que no me gusta es esta pretendida suerte de horizontalidad entre los alumnos y el profesor. Además, dignifica al estudiante que haya cierta distancia”.